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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El Nuevo Orden del Punto G

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 1 de diciembre de 2009, 03:32 h (CET)
Por nuestro bien, siempre por nuestro bien, cada día nos levantamos con un nuevo control que somete más a vigilancia nuestra libertad, nuestra intimidad y nuestra vida, convirtiéndonos en bichos recluidos en zoológicos abiertos. Ayer, pusieron en funcionamiento un satélite que es capaz de escuchar y grabar nuestras conversaciones, determinar dónde estamos y, por la intensidad o presión con que pulsamos las teclas o los decibelios de nuestra entonación, saber en qué estado de ánimo; hoy, lo es la implantación masiva de cámaras en los semáforos para que nadie del rebaño se salte un semáforo; y desde las primeras reuniones del G8, G20, Trilateral, BM, FMI, cámaras por todas partes que nos controlan, siguen y condensan, capaces de reconocer por los determinantes faciales si estamos en Luján o en Toledo, y aún seguirnos a través del globo de una forma individualizada.

Todo esto, añadido a la existencia de la Gran Berta española, ese superordenador del El Escorial donde se concentran todos datos financieros, policiales, de Hacienda, la Seguridad Social o los que se generen en un simple trámite con cualquier Administración sobre cualquier individuo censado, nos convierte a todos y cada uno en un conjunto de bits que están bien archivaditos en la memoria de un disco duro... para lo que convenga cuando convenga. Una Gran Berta que, por instrucciones planificadas desde ese mismo Punto G, se comunica con La Bestia de Bruselas, donde se conceentran todos los datos de los ciudadanos de UE, y ésta, a su vez, con la 666 del Pentamorfo, donde se suman y aglutinan los datos de la especie, excepto de las criaturas del Punto G. Todos, así, somos nada más que una simple conjunción de ceros y unos bien controlados y armados que, vistos desde lo alto o lo profundo del Punto G, semejamos a ratoncitos que se mueven, van y vienen, se agitan y relacionan en un laberinto minúsculo donde no hay espacio ni para el menor acto íntimo y sólo para los actos libres que le convienen al Señor del Calabozo.

No es que lo hagan por nuestro mal, no señor, sino por nuestro bien y sólo por nuestro bien. Por ejemplo, si esto lo hiciera un Hitler cualquiera o un Franco o un Mussolini o un simple Stalin no se consentiría de ninguna manera, produciría reacciones virulentas y hasta violentas; pero llevándolo a efecto los adalides de la libertad, los demócratas-de-toda-la-vida, no queda otra que admitir que lo hacen por nuestra seguridad y bienestar, por perseguir al terrorismo y asegurarnos una regalada existencia de libertad… vigilada. En el Tratado de Iron Mountain lo nombraban los expertos que elaboraron el Plan como “esclavitud sin cadenas”. ¡Estos demócratas…! Junten esto con los créditos hipotecarios, la precariedad en el empleo y las maniobras de diversión de la clase política, proporcionándonos entretenimiento escatológico o festivo para desviar la atención de la implantación de las nuevas tecnologías de control, y comprenderán el pastel que nos están preparando.

Ahora, con todos estos datos que están a su alcance, no tienen más que acercarse a cualquier calle, banco, tienda o semáforo, o tratar de seguir dónde van las informaciones de su expediente médico o los movimientos de sus tarjetas de crédito, o aún que rastro va dejando su ordenador cada vez que se conecta a la red, piense, colija e infiera quién y para qué querría toda esa información, para qué les puede servir que alguien conozca todo sobre su vida, desde las fechas relevantes y sus debilidades (afectos) a las páginas de Internet que visita, en qué partes de la pantalla se detiene y por qué sistemas de inteligencia artificial muy avanzada, como Google, por ejemplo, son los programas más utilizados como buscadores, precisamente donde por esos principios de búsqueda que usted utiliza, puede elaborar instantáneamente un perfil psicológico-psiquiátrico de su naturaleza, el cual irá perfeccionando con cada nueva visita que usted haga al mundo virtual.

¿A que es emocionante?... Lo sorprendente es que sabiendo lo que saben y teniendo toda la información que tienen no sean capaces de atajar el mal, la delincuencia o el terrorismo, quién sabe si porque no es eso lo que persiguen o porque hasta sea posible que esas lacras estén orquestadas por ellos mismos, impulsando a los antisociales a lanzarse al desastre para impulsar su Política del Miedo. Una Política que les permitirá seguir poniendo cámaras, instrumentalizando la tecnología para estrechar el círculo contra nuestra libertad e implantar el Nuevo Orden en todo el globo antes de que suceda lo que tiene que suceder.

La libertad hoy, tiene rejas y está vigilada, no importa qué haga, dónde lo haga y cómo lo haga. ¿Se preguntó alguna vez, verbigracia, por qué el dinero tiene una banda magnética?... ¿o tal vez se cuestionó si se emplea de forma masiva la tecnología subliminal en anuncios o logos que parecen inocuos y sin otro propósito que vender inocentes productos o informar de progresos o eventos lúdicos?... Fíjese en las marcas y emblemas, trate de relacionarlos entre sí, y tal vez sea capaz de entrever que nada, absolutamente nada, es casual, y que el fin último de cuanto sucede no tiene nada de aleatorio, ya sea un tsunami en el extremo oriente o un accidente de tráfico en el centro de Madrid.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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