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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La desagradecida fiesta de Acción de Gracias de Obama

E. J. Dionne
E. J. Dionne
martes, 1 de diciembre de 2009, 03:31 h (CET)
WASHINGTON – Ya es oficial: tan en boga están los ataques al presidente Obama que incluso su proclama llamando a la nación a un día de Acción de Gracias se ha convertido en objeto de críticas.

El mensaje presidencial de Acción de Gracias es el ejemplo rutinario de la prosa del ejecutivo que con más disposición ignora la ciudadanía en este momento de reconocimiento nacional. Pero los ánimos alarmistas que ahora impregnan las declaraciones de Obama no iban a dejar que este documento de 435 palabras se fuera de rositas sin muestras de desaprobación.

La página web Gawker lo consideró “un inspirador primer esfuerzo de nuestro presidente más literario” y manifestaba su esperanza en que dedicase “un poco más de tiempo a ello el año que viene”. El Politico lo condenaba con un análisis cogido con alfileres – era “básico” y “breve” y “ligeramente cauto” para evitar la polémica.

En su mayor parte, el mensaje reiteraba los asuntos costumbristas en Obama de la diversidad, la comunidad y el desinterés. La oración de apertura se refería a Acción de Gracias como “una celebración agrícola entre colonos europeos y comunidades indígenas”, y Obama llamaba la atención sobre “la contribución de los nativos americanos, que ayudaron a los primeros colonos a sobrevivir a su primer duro invierno y siguen reforzando nuestra nación”.

La fiesta también era “un momento para renovar nuestros vínculos comunes, y podemos cumplir ese compromiso atendiendo a nuestras comunidades y al país durante todo el año".

Tal vez se me sorprenda, pero me juego el cuello a que cualquier demente radiofónico de derechas empezará a anunciar enseguida la referencia a “las comunidades indígenas” como “antiamericana”, y considerará el voluntariado como otra referencia encubierta más al “socialismo”. También oirá que el documento no utiliza la palabra “oración”, y que su único guiño a Dios está en una cita de George Washington (a menos que cuente su mención a “las casas de oración”, y “el año de Nuestro Señor” en la fecha).

Sí, me temo que las cosas se han puesto tan delicadas para Obama que la propia Acción de Gracias se ha vuelto una fiesta ingrata. Como suele ocurrir el anuncio es revelador, pero no necesariamente en la forma en que sus críticos puedan sugerir.

Se preguntará si Obama va a utilizar este breve respiro de la reflexión para reflexionar cómo se ha transformado, en cuestión de un año, de un hombre que antes parecía capaz de separar los mares en el objeto de un terrible odio en la derecha y de una decepción correcta entre sus aliados. Sus detractores están en pie de guerra, sus amigos en retirada.

Obama podría reparar con justicia en el pensamiento reconfortante de que heredó una combinación inigualable de desastres en la economía y la política exterior, y que dio lugar a una oleada de esperanza tal que se esperaba, de manera irreal, que a estas alturas lo tuviera todo solucionado.

Con el tiempo marcará un gran tanto en la sanidad. Ayudó al país a evitar la catástrofe financiera. Y dadas las aflicciones del desempleo y las demás formas de debacle económica, ¿no le está yendo bastante bien en las encuestas?

Esta forma de pensar anima a la Casa Blanca. Los ayudantes de Obama afirman que refleja una faceta de él que muchos han encontrado atractiva: una confianza fría e independiente a largo plazo que se niega a ser perturbada por las críticas y las polémicas puntuales.

Sin embargo, hay una lección para el presidente en el rasgo mecánico de su discurso de Acción de Gracias que sólo es significativo porque revela el problema subyacente de Obama: lo que brillaba por su ausencia en el discurso era cualquier muestra de espíritu de lucha, cualquier finalidad elevada, cualquier jugada tendida a sus enemigos.

Compárese con el mensaje de Acción de Gracias que Franklin D. Roosevelt ofreció en 1934 en el que no tuvo problemas en afirmar sus objetivos políticos. “Nuestro sentido de la justicia social se ha consolidado”, insistía Roosevelt. “Se nos ha dado la misión de crear nuevas disposiciones para el bienestar humano y la felicidad, y en un espíritu de colaboración mutua hemos cooperado para hacer realidad la visión... Verdaderamente podemos decir, 'Qué provecho obtiene la nación si gana el mundo y pierde su propia alma’”.

Un año después, Roosevelt volvía a la carga. “Podemos estar agradecidos”, escribía, “de que el objetivo egoísta del beneficio personal, a expensas de nuestro vecino, se manifieste con menos firmeza”.

Roosevelt no fue menos pragmático que Obama. También él fue atacado de manera demagógica como “socialista”, y fue rechazado de igual forma por sus adversarios.

Pero Roosevelt fue “el guerrero feliz”, una fórmula que él utilizaba para referirse a Al Smith y que realmente le describía a él. Disfrutaba llevando la lucha al terreno de sus enemigos, presumiendo una vez: “Me congratulo de su odio”.

Obama tendrá más motivos para estar agradecido el próximo Acción de Gracias si acepta que sus enemigos pretenden combatirle durante los próximos tres años. Tiene que descubrir la diversión de Roosevelt al responder, hasta en los discursos oficiales que normalmente pasan desapercibidos.

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