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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Haidar y la memoria africana de los españoles

Mario López
Mario López
martes, 1 de diciembre de 2009, 03:26 h (CET)
Parece que el periplo canario de la activista saharaui Aminetu Haidar ha reverdecido el sentimiento africanista de cierto sector de la población española. Se habla de la indigna salida de nuestras tropas del Sahara en octubre de 1975 y la pusilanimidad del Gobierno de España con respecto al sultán Mohamed VI. Una de dos, o efectivamente la enseñanza en nuestras escuelas es manifiestamente mejorable o el español es un humano que carece de memoria.

El orgullo menoscabado del ejército español en el Desastre de 1898 se quiso resarcir con la colonización del Rif que devino en una de las mayores sangrías humanas que ha padecido el pueblo español en toda su historia, teniendo su punto más sangriento en 1921, en el Desastre de Annual. Decenas de miles de muchachos pertenecientes íntegramente al campesinado, a la clase trabajadora y a la clase media, dejaron sus vidas, desatendidos pos sus jefes militares, en una guerra que tan sólo beneficiaba a las empresas mineras de Melilla (CEMR, CNA, SETOLÁZAR, ALICANTINA, MONTES DE AFRA y MÜLLER). Prácticamente las únicas empresas cotizadas en Bolsa por aquellos años y cuyos accionariados los constituyeron los cien capitales más importantes de España, la alta aristocracia con Romanones al frente y el rey Alfonso XIII de Borbón. Ninguno de los hijos de estos privilegiados, dueños de los intereses que estaban defendiendo los hijos de los humildes en Melilla, tuvieron que ir a la guerra. La guerra del Rif fue la tragedia que politizó en pocos meses al pueblo español que encontró en los discursos anarquista y socialista el camino para revelarse contra los tiranos que estaban masacrando a sus hijos. En 1910, por primera vez en la historia de España un socialista, Pablo Iglesias, consigue el acta de diputado. Dos años después de la Semana Trágica y la Batalla del Barranco del Lobo. La revolución popular que se produjo a consecuencia de la guerra del Rif y la reacción que contra ella se produce por parte de la oligarquía y los generales africanistas culmina en la Guerra Civil, tras pasar por cinco turbulentos años de gobiernos republicanos (dos de ellos de corte absolutamente fascista). En 1956 Marruecos obtiene su independencia. Entre octubre de 1957 y abril de 1958 se desarrolló la Guerra del Ifni, debido al intento de Marruecos de controlar el territorio de Ifni y Tarfaya. Cientos de españoles murieron en aquella guerra. España mantuvo la posesión de Ifni hasta 1969, por la resolución 2072 de las Naciones Unidas en la que insta a la descolonización de Ifni y el Sahara. En octubre de 1975, con Franco agonizando, con un gobierno dirigido por el nefasto Arias Navarro y la oposición en la clandestinidad, volcada necesaria y exclusivamente en recuperar la democracia, se firman los Acuerdos de Madrid entre España, Maruecos y Mauritania, en virtud de los cuales España es designada Potencia Administradora del Territorio. Paralelamente, el Frente Polisario declara la independencia, la República Independiente Árabe Saharaui Democrática, que en lugar de resolver el problema contribuye a perpetuar el conflicto que todavía está por resolverse. Cientos de marineros españoles han sido secuestrados por el Frente Polisario (sin que ahora nos acordemos de ellos) mientras faenaban en los caladeros cercanos a la costa saharaui. Somos muchos los que llevamos más de treinta años esperando a que se convoque el referéndum de autodeterminación del Pueblo Saharaui. Pero cualquier planteamiento que pase por un enfrentamiento armado con Marruecos es un disparate grandioso que no podemos consentir bajo ningún concepto. Ni tampoco el chantaje de ningún líder saharaui, máxime cuando el Gobierno español le ha ofrecido todas las fórmulas posibles para solucionar sus problemas, como es el caso de Haidar. Si perdemos nuestra memoria africana estamos condenados a repetir una de las mayores sangrías humanas que hemos padecido los habitantes de este país.

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