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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La cabeza de turco equivocada

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 30 de noviembre de 2009, 06:00 h (CET)
WASHINGTON – Desde el mismo momento de su creación en el año 1913, la Reserva Federal ha lidiado con una desalentadora contradicción política. La Reserva Federal se encarga de evitar el colapso de los sistemas bancario y financiero, cuya salud es esencial para la “economía real” de la producción y el empleo. Pero los rescates financieros tienen lugar generalmente cuando los errores garrafales o las fechorías de los banqueros y los profesionales de la inversión les convierten en parias ante la opinión pública. Para desarrollar su labor, pues, la Reserva protege - o parece proteger – a un colectivo impopular, desacreditado y de escasos méritos. Ahora estamos siendo testigos de esta contradicción en todo su esplendor.

La Reserva se ha convertido en la cabeza de turco del Congreso por las diversas frustraciones económicas: 10,2% de desempleo; caros rescates de frágiles instituciones financieras (AIG, Bear Stearns, Citigroup); injustificadas bonificaciones en el sector financiero; y la propia crisis. Las denuncias van más allá de los arrebatos retóricos. El Comité de Servicios Financieros de la Cámara votaba recientemente a favor de obligar a la Oficina de Gestión Pública (GAO) a “auditar” la política monetaria de la Reserva – sus esfuerzos por influenciar los tipos de interés y las condiciones del mercado crediticio. En el Senado, Christopher Dodd, secretario del Comité de Banca, ha propuesto privar a la Reserva de todas las competencias para regular las instituciones financieras – sus acciones de vigilancia de las prácticas de préstamo y gestión. Estas competencias pasarían a una agencia nueva.

La reacción contra la Reserva es bipartidista. El Representante Ron Paul, Republicano y libertario, era quien proponía la auditoría de la Oficina de Gestión Pública, que concibe como el primer paso hacia la abolición de la Reserva ("Acabar con la Reserva" es su libro más reciente). Paul es partidario de recuperar el patrón oro y combinarlo con fondos privados; Wal-Mart podría poner divisa en circulación. Sus opiniones son veteranas y objetivas – y totalmente inaplicables. Dodd, por supuesto, es Demócrata. Tal ensañamiento con la Reserva plasma simplemente la entrega por parte del Congreso a su impulso por culpar a otros de cualquier cosa desagradable.

Perdida dentro de este clima político cargado está la realidad de que más que cualquier otra agencia pública, la Reserva probablemente impidió que el episodio de pánico financiero del pasado otoño se convirtiera en una depresión global. La Reserva inyectó más de un billón de dólares en crédito nuevo creando programas especiales de préstamo para apuntalar los vacilantes eslabones de los mercados de crédito (pagarés comerciales, fondos monetarios) y rescatar a instituciones financieras, en particular AIG, cuya quiebra podría haber provocado una reacción de quiebras encadenadas. Fueron decisiones imposibles de someter a la planificación anticipada, adoptadas en medio de la crisis y de una incertidumbre generalizada. Nunca sabremos lo que habría sucedido sin ellas. La estimación se hace ahora que hay menos miedo y más información.

Lo que también se pasa por alto voluntariamente es que la Reserva no es la agencia opaca libre de responsabilidades de su estereotipo político. Durante el ejercicio 2009, funcionarios de la Reserva que van desde su Presidente Ben Bernanke para abajo han prestado testimonio ante instancias del Congreso en 32 ocasiones. La Reserva prepara informes detallados de sus políticas. Después de cada reunión del Comité Federal de Supervisión de Tipos (FOMC), que es la entidad que tiene la última palabra en la política monetaria, difunde una circular en la que explica el motivo de que haya cambiado – o no – sus tipos de interés a medio plazo. Hasta 1994, no había ningún anuncio tras las reuniones del Comité. Los economistas y los inversores tenían que hacer estimaciones.

En contra de la opinión generalizada, las actividades de la Reserva ya son generalizadamente auditadas. Deloitte & Touche examina las cuentas de la Reserva, que son públicas. La Oficina de Gestión Pública tiene competencias para auditar muchas de las actividades de la Reserva, incluyendo sus prácticas de regulación bancaria y la supervisión del sistema de extinción de deudas. Lo que no tiene competencias para auditar es la implantación de la política monetaria, incluyendo las relaciones con entidades bancarias extranjeras como el Banco Central Europeo.

El Congreso ha mantenido sensatamente esto fuera de la discusión hasta la fecha. “Auditar” tiene un significado diferente en el contexto de la Oficina de Gestión Pública al que cobra en su uso cotidiano. Significa (BEG ITAL)examinar, investigar, evaluar(END ITAL) y con frecuencia (BEG ITAL)criticar(END ITAL). No se trata sólo de que los números cuadren. La Oficina de Gestión normalmente realiza estudios a petición de alguien del Congreso. Esto sugiere que la entidad podría ser utilizada para influenciar o intimidar a la Reserva a través de la promulgación de investigaciones selectivas, las cuales implicarían el acceso a documentación interna de la Reserva y a la realización de entrevistas con los legisladores. La Reserva podría recibir presiones para financiar el déficit público o adoptar una “atención injustificada cortoplacista", decía el vicepresidente Donald Kohn en testimonio ante el Congreso. Históricamente, presiones similares han obligado a otras entidades bancarias centrales a poner en circulación cantidades inflacionarias de divisa, decía Kohn.

Esto no es inevitable, pero hasta la mínima insinuación de que la “independencia” de la Reserva Federal está comprometida podría socavar perversamente la confianza en el dólar, conduciendo a tipos de interés más altos en el mercado o al desplome rápido del cambio del dólar estadounidense. El déficit presupuestario público mastodóntico proyectado agrava el daño psicológico.

Pegas similares se pueden poner a la propuesta de Dodd de anular las competencias de la Reserva para examinar y regular las instituciones financieras. Si la presente crisis indica algo por encima de todo, es que la Reserva tiene que saber más – no menos – de las instituciones financieras grandes.

La Reserva no es infalible. Sus errores contribuyeron a la crisis. Su actual política de tipos de interés bajos corre el riesgo de despertar la inflación o de crear “nuevas burbujas de bienes”. Pero el ensañamiento del Congreso con la Reserva plantea riesgos mayores. Irónicamente, los remedios destructivos que se difunden sin que nadie los haya pedido forman parte de la legislación “de reforma del sector financiero”. Si esto es la “reforma”, estaremos mejor sin ella.

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