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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Jesulín, una muerte consagrada a la muerte ajena

Julio Ortega Fraile
Redacción
sábado, 28 de noviembre de 2009, 17:11 h (CET)
Ya comienzan las comparecencias de los “abogados” de la defensa del Señor Jesulín de Ubrique tras la denuncia que contra él interpuso el PACMA por practicar la caza con hurón, una modalidad cinegética (así expresado parece algo seductor y todo, tal vez sería más justo denominarlo “variante de exterminio”) prohibida excepto en circunstancias muy puntuales.

Pero estos peculiares letrados del torero cazador (es que el hombre no se priva de nada) no son contratados por él, ni tampoco nombrados de oficio, prestan sus servicios de forma altruista; no visten toga, sino que se lanzan a esas prendas de catálogo y camuflaje que tanto excitan la testosterona de los Rambos de domingo (a muchos los entierran el lunes por culpa de "accidentes"); y no sujetan en su mano el Código Penal, pues la tienen ocupada con un arma de fuego. Son, cómo no, cazadores, defendiendo por corporativismo a un personaje con pasiones compartidas y de paso, justificándose a si mismos.

Lo que sigue, copiado de uno de sus foros, es un ejemplo de su postura ante este este asunto: “aún en el supuesto de que este tio caze con huron con permiso, la tele, dirigida por pseudoecologistas, anti-toros, caza, boxeo, etc,etc hace enseguida carnaza del tema... Por tanto creo que jesulin no nos hace daño a los cazadores pero es la escusa para que 4 ignorantes nos pongan a parir a todos .¡¡No caer en el engaño!!! “ (texto transcrito literalmente). Por favor, quédense con esta frase: “Jesulín no nos hace daño a los cazadores...”. Para reflexionar, ¿no es así?, a “ellos” no les causa perjuicio, pues entonces al resto... que les den.

Las afirmaciones anteriores resumen de modo muy gráfico y preciso la mentalidad de la mayoría de los escopeteros, unos individuos obsesionados con satisfacer la faceta de su personalidad que encuentra gusto en matar, sin preocuparles por lo tanto lo más mínimo las consecuencias (fatales) de sus actos para terceros. El único factor que valoran es si, individualmente o como colectivo, se ven ellos perjudicados de algún modo, algo nada sorprendente en quien empuña un rifle y lo utiliza situándose siempre por el lado de la culata, y es que para tener el cuajo de exterminar vidas por pasatiempo hay que estar sobrado de egoísmo y carente de escrúpulos.

La Justicia dictaminará si Jesulín es legalmente culpable de emplear técnicas de caza prohibidas; moralmente por cierto que lo es, no por la licitud o no de sus actos, sino por hechos consumados de los que es responsable y que consisten básicamente en entretenerse acabando con la existencia de otros. En divertirse y en hacer fortuna de idéntico modo, lo que demuestra que es una persona incapaz de sentir piedad por el sufrimiento de unos seres a los que considera inferiores, y asume que están ahí sólo para satisfacer sus despiadados instintos y engordar su billetera.

Este sujeto aparece en reportajes con esa sonrisa de bonachón mil veces ensayada mientras acaricia con ternura a sus caballos. Quiere trasladarnos la imagen de hombre sensible, en paz consigo mismo y con la naturaleza, pródigo en atenciones y cariño a otras criaturas. Pero después contemplamos atónitos el salón de su casa transformado en un macabro museo, y esa siniestra y estremecedora colección de trofeos de la que tan orgulloso está, todas esas cabezas decapitadas, robadas a sus auténticos dueños con el único fin de servir de adorno, son las que con su silencio eterno nos están gritando lo que realmente esconde el corazón de ese hombre: un placer acáso enfermizo por matar y por exhibir a sus víctimas. En ese instante, sabemos que su gesto afable es realmente un rictus perverso que lo mismo le sirve para posar ante las cámaras, que para reventar a un venado o atravesar a un toro. Todo en él, es una inmunda mascarada y no sólo es un ser destructivo, sino que se recrea y se enorgullece de su infame conducta.

Estos cazadores que ya están defendiendo al matador, haya transgredido o no la ley, me gustaría ver con qué cara son ahora capaces de repetir su discurso de siempre, el de presentarse como los mayores ecologistas y conservacionistas - ¿la protección de especies pasa por colgar su craneo rebanado en las paredes? - el de que ellos quieren y respetan a los animales más que nadie. Pocos se dejarán engañar por tanta y tan mal disimulada hipocresía y aún esos, lo harán por indiferencia o interés y no porque se crean sus embustes, pues dudo que ni el más avezado cazador sienta realmente amor por aquel al que apunta, dispara y mata, que líbrenos el destino de amantes cuyo beso es letal, sea la víctima un zorro, un corzo o una novia que les dejó.

Para buena parte de los ciudadanos, estos hechos sumados a la proliferación del furtivismo, a la de heridos y fallecidos por culpa de la actividad cinegética, a la de perros maltratados y asesinados por cazadores, al tráfico de trofeos y a las competiciones deportivas en las que se mata por ganar, o sea, por matar, son muy ilustrativos y les permiten conocer las razones últimas de tales depredadores federados y con licencia de armas cuando sitúan a un animal en su mira, aprietan el gatillo, le introducen uno o varios proyectiles en el cuerpo y a menudo, acaban por rematarlo a mano valiéndose de un cuchillo, en otras ocasiones el animal huye malherido y experimenta una prolongada agonía hasta que muere desangrado. Lo hacen porque se lo pasan bien así y todo lo demás, es literatura digna de Carlo Collodi.

Jesulín es sólo un nombre más en la inmensa lista de anónimos y conocidos que torturan y matan animales, unas veces bajo el amparo de la ley y otras, saltándosela con menor o mayor disimulo. Pero el límite para determinar cuando algo es crimen o no, siendo el resultado idéntico en ambos casos, no debería de estar en una norma escrita concebida como la actual, sino en la naturaleza del acto, pues de lo contrario se cae en el agravio comparativo y en la justificación circunstancial de la violencia, además de marcar el camino por el que habrán de internarse los verdaderos abogados – y torpes no serán si se pagan con sueldo de torero - con el propósito de que su representado salga absuelto de cualquier imputación, como es fácil que ocurra con este peligroso zote venido a más en la dudosa escala de valores social por un camino plagado de vísceras, tanto reales como mediáticas, un Señor tan adinerado y presuntuoso como egocéntrico y nocivo. Pero sea cual sea el veredicto, su historial de cadáveres, no se lo quita nadie.

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