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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Divorcio

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 28 de noviembre de 2009, 06:58 h (CET)
A quienes ya hemos pasado por el trago del divorcio no nos duele de la misma manera que a quienes emprenden ese paseo por el infierno por primera vez. Un paseo en el que hay que atravesar descalzo las ascuas del infierno y cuyo tránsito dura exactamente un año, el mismo tiempo que el sol en retornar al punto del que partiera. Hoy, hay muchos, muchas más divorcios que nunca, y uno no puede sino preguntarse por qué las personas nos juramos amor eterno, si hasta el mismo universo tiene un fin. El amor entre hombre y mujer nace con fecha de caducidad, según intensidades o cabezonerías. Tal vez el “te quiero” que se pronuncia susurrando y en lo íntimo sea un requisito indispensable para poder asaltar la carne del otro, o un protocolo necesario para no sentirnos culpables por experimentar un deseo animal (de sexo o compañía), o nada más que un atavismo de la especie que en determinadas circunstancias nos empuja a pronunciar esas engañosas palabras…

No lo sé; tal vez sea cualquiera de esas causas o un revoltijo en proporciones desiguales de las tres, o hasta quizás nada más que la consecuencia de las carambolas que juega la vida juntando a éste con ésta con el fin de ver qué pasa. No; no lo sé. Me he divorciado tres veces, tres, y, cuando digo y sostengo que el amor entre hombre y mujer no existe (como pareja), que es sólo un juego bioquímico o quizás nada más que químico, me miran como si fuera un bicho raro. Sin embargo, los sucesos sociales, el número de desamores que se firma y rubrica en los juzgados no deja de darme la razón, y aún de corroborarlo el odio que los antes amantes a esa hora tenebrosa y en las futuras se profesan y se dedicarán. Quienes se amaron, llegados a esa tesitura, usarán lo que sea para hacer daño a aquél o aquélla por quien suspiraron, e incluso no tendrán el menor reparo en usar hijos, parientes, amigos, si es que al otro con ello se le daña: no habrá más placer en cada uno que el sufrimiento del otro. Así es la cosa.

Seré un bicho raro, pero creo que la relación basada en el respeto es más perdurable y sincera que la basada en el efímero amor de película ñoña. A quienes son románticos –eufemismo por el que se conoce vulgarmente a los pastosos y cursis amigos de darse el pico… mientras la carne tira-, les invito a que me diferencien entre afecto, cariño, deseo, apego y amor. Son cosas distintas, completamente antitéticas en algunos casos, pero pocos son quienes pueden poder cada emoción en su sitio. Y, claro, si la confusión de emociones cuaja en una pareja por uno de aquellos sucesos casuales de la vida, sólo es cuestión de que el tirano del tiempo venga a poner las cosas en su sitio, y no a romper o gastar el amor, como algunos creen. Nunca lo hubo, jamás, sino otras emociones enmascaradas de música angélica. Poco importa que el objeto de los desvelos, ése o ésa por quien el corazón del supuesto enamorado se lanzaba a brioso galope, sea la persona más bella del mundo: es cuestión de tiempo que incluso esa hermosura harte, canse, aburra. Ni siquiera el jamón de Jabugo se puede comer mucho tiempo seguido sin que harte; de hacerlo, más pronto que tarde apetecerá la humilde mortadela. Y, entonces, ciclotímicamente se amará y se odiará, se lamentará la ruptura y se alegrará cada quién de que se haya verificado, en un tumulto de emociones de subirán y bajarán como las mareas, mezclándose sentimiento de propiedad, orgullo herido, celos, dolor por la alegría del otro...

Soy de los que piensan (con la cabeza y el corazón) que estamos en el punto acápite de nuestra andadura social y que este sistema que nos ha deslavazado expira, por suerte. Nunca fui partidario de la monogamia, ni lo soy todavía, pero estoy convencido de que este tropel de divorcios que supera ya a los bodorrios con o sin juez o cura de por medio, no es consecuencia del caos social, sino el ajuste necesario que el Cielo ofrece a quienes pronto pedirá cuantas, antes de que amanezca el nuevo día y una nueva forma de entender la vida se asiente entre nosotros.

No; no creo en el amor entre hombre y mujer, o digamos que creo excepcionalmente aunque yo no lo haya conocido ni por asomo. Todo en este amor que me refiero es egoísmo, propiedad, disputa por el espacio y el dominio, y sea con la fuerza o la dictadura de la vagina, con los gritos o la tortura psicológica. No conozco matrimonio o pareja que no tenga su buena salsorra adobándolo y mucho más que esconder que enseñar. Algo tan común que por eso todos callan…, hasta que un día se abren las puertas del infierno, y uno o los dos hablan. Ahí aparecen, entonces, todos los demonios que dormían, ahora atizando el ánimo con sus tridentes, mostrando el libro ése que todos guardan y que sólo tiene dos columnas: Debe y Debe, porque en el llamado amor ni hay perdón, ni hay olvido. Todo queda para cuando la hora negra llegue..., y llega si no sorprende antes la muerte.

Pero sería mentira si dijera que no creo en el amor en absoluto, porque sí que creo, aunque no sea en el amor convencional de música ñoña y labios húmedos y carnosos. Creo en el amor de los hijos, de los padres, de los amigos de veras, del humano por el humano, ése que, como decía San Pablo, no espera, es paciente, no exige, no envidia, no impone, no presume ni se envanece, siempre disculpa, siempre perdona, siempre soporta. Un amor, en fin, que sólo se da entre algunos –pocos- humanos.

Mentiría si dijera que no creo en el amor, sí, porque verdaderamente amo, incluso a la mayoría de los seres que no conozco. Tal vez por eso me importa el sufrimiento de los débiles, el dolor de los enfermos, la inocencia vulnerada de los niños, las lágrimas del triste y el desconsuelo del afligido, la justicia entre los hombres y la emoción entre los amigos. Con ellos –tal vez con todos ellos- me siento casado, en matrimonio perfecto, pero tan perfecto, que en él no cabe la carne.

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