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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El principio de la inquisición abortista

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 28 de noviembre de 2009, 06:52 h (CET)
Señores, hoy, en el Parlamento de la nación, en aquel mismo en el que aprobó la Constitución de 1978, se han echado las bases para cometer el mayor genocidio de la historia en nuestro país; superior, con toda seguridad, a las muertes causadas por nuestra cruenta guerra civil y con más doblez, por parte de quienes han apoyado la ley del aborto (que se presentaba para ser sometida a discusión en la Cámara), que aquella con la que algunos de los políticos que nos gobiernan, prometieron o juraron salvaguardar la Constitución y defender sus principios.

Hoy es un día triste para la católica España, un día de luto para aquellos que defendemos la vida desde su concepción hasta la fatal llegada de la muerte y un día en el que, algunos que se llaman a sí mismos católicos, han abjurado a sus creencias, han vendido sus conciencias, como hizo Judas Iscariote, por un puñado de monedas, las treinta monedas de la vergüenza, de la desfachatez, de la insensibilidad ante la vida y de la carencia de escrúpulos ante un acto criminal ignominioso. Hoy, en España, se ha puesto la primera piedra para que, el progresismo relativista y de izquierdas, pueda sajar con el bisturí del egoísmo, de los falsos derechos, de la aberración contra natura y de la veleidad femenina elevada a la más monstruosa insensibilidad y desprecio por el ser que lleva en sus entrañas; se clave inmisericorde en el cuerpo indefenso del embrión, cigoto o feto para, ya cadáver, ser separado del útero materno para ser lanzado al cesto de la basura; como basura criminal es la conciencia de una madre que ha antepuesto su seguridad, su pretendida libertad, su incontinencia sexual y su amoralidad despiadada, a sus deberes como madre, a sus escrúpulos de conciencia y a su suprema función como mujer: el engendrar un ser, un hijo, formado de su propia sangre y carne.

Pero, si quieren que les de mi particular opinión, lo que resulta más infamante, lo que produce más dolor y aquello que clama contra del cielo es que, personajes políticos que se han declarado católicos, que han mantenido relaciones estrechas con el clero de la Iglesia y que acuden a la misa y comulgan con el cuerpo del Señor; estos mismos, estos señores que presumen de cultos e inteligentes, no han sido capaces de reconocer que, en cuanto a cumplir con el precepto que estableció Jesucristo cuando dijo: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, existe una discrepancia grave entre la doctrina de la vida, señalada por el Maestro, y la de la muerte, fruto de la obsesión de un feminismo recalcitrante –de unas mujeres que han preferido renegar de su función biológica y que han optado, de entre las distinta posibilidades que se les ofrecían
( gestar y dar en adopción o gestar y obtener ayudas para poder sobrevivir y criar a su hijo o gestar y entregar su hijo a una institución de caridad, para que se hagan caro de él) por la más radical y expedita, consistente en acudir a una clínica abortista para sacrificar al fruto que llevan en su vientre –; por lo que la elección no tiene otra alternativa que decantarse por los preceptos de la conciencia que, sin duda, coinciden plenamente con las enseñanzas que recibieron de los colegios o comunidades religiosas en las que se formaron si, como dicen, son fieles de la religión católica.

Hoy mismo, hemos podido comprobar como, en las votaciones de las enmiendas a la ley, muchos de estos políticos que jalean su catolicismo, han preferido decantarse del lado de su partido, de la pretensión de sus féminas de instaurar una nueva matanza de los inocentes; antes que oponerse frontalmente a tales insensateces y votar, valientemente, contra aquello que, el sentido común, declara como una clara violación del Derecho Natural que, en definitiva es el que rige la vida en este planeta en el que nos ha tocado habitar. Que no se engañen los señores Bono o el inefable Pepe Blanco, que no pretendan darle la vuelta a la doctrina del Papa que proviene de Jesucristo, que no intenten adulterar la verdad con sofismas de baja estofa, que se olviden de su condición de católicos y renuncien a ella o bien, arrepiéntanse de sus actos y rectifique su postura ante tan execrable crimen. Parece mentira que un hombre culto, como es el señor Bono, pretenda todavía dudar del hecho incontrovertible de que un embrión o un cigoto de mujer no son sea humano como el de un gato es gatuno; la mente más torpe es capaz de ver la diferencia que existe entre ambas razas. Pero, donde ha rizado el rizo y su argumentación roza la zafiedad, es cuando ha pretendido salir del paso hablando de que la ley del aborto se debiera haber denominado como “Ley para la reducción de abortos en España”. Pero, señores, si con los tres supuestos de despenalización actuales ya se contabilizan más de 100.000 abortos al año, ¿cómo es posible que pueda pensar que, al despenalizarse el aborto, los casos van a disminuir? Y que no nos salgan con el tema de que: si queremos que las mujeres abortistas vayan a la cárcel o no. Este sofisma de la Bibiana Aído, no tiene por donde cogerse, bastan dos simples argumentos: primero, en la actualidad, con los tres supuestos y a pesar del evidente coladero que supone el que hace referencia a la enfermedad física o psíquica de la madre; lo cierto es que no hay ninguna mujer en la cárcel –y hoy es todavía un delito –, por haber abusado o utilizado dicho supuesto exculpatorio sin que existiese enfermedad alguna; y, en segundo lugar, ¿ si uno comete un delito al que se le atribuye una determinada pena de privación de libertad deja de cumplirse por ser del sexo femenino?, por supuesto que no; luego si el aborto está penado ¿ por qué motivo deberían librarse las infractoras de cumplir su condena correspondiente?

Lo que sucede, y parece que nadie se da cuenta de ello, es que con el argumento de una presunta debilidad de las mujeres, bajo la tapadera de la discriminación y valiéndose del eterno argumento de que los hombres siempre hacen lo que quieren y las mujeres no; resulta que, en el caso del aborto – no olvidemos que para engendrar es preciso la colaboración de los dos géneros – el causante de la fecundación no tiene nada que decir, ni se le piden cuentas ni asume responsabilidad alguna en el hecho. ¿Qué pasaría si el padre de la criatura quisiera que naciera?, ¿podría la mujer embarazada interrumpir igualmente su preñez, prescindiendo de la voluntad de su marido? Parece que sí y que lo que piense el varón al respeto no importa a nadie. ¿Existe aquí una discriminación por razón de género o no? Sería conveniente ver lo que opina el TC y lo que emana de la Constitución, cuando habla en su artículo 14 de la igualdad ante la Ley y en su artículo 15 del derecho a la vida. Pero estas mujeres descastadas que pretenden saltarse la Constitución, poniéndosela por montera, y esta ministras que presumen de progresistas y que sólo sirven para crear problemas, hacernos gastar dinero y sacar ideas descabelladas de sus magines inmaduros y sectarios; son fruto evidente de lo desquiciada que hoy en día está una parte de nuestra sociedad y, si a ello no se le pone remedio, es evidente que nuestro país ha entrado en una espiral que, sin duda, nos va a conducir a la pérdida de los valores éticos y a la más absoluta denigración social Y si no me creen, ¡al tiempo!

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