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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

E.L.A.

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 27 de noviembre de 2009, 05:48 h (CET)
Apenas hace unos días escribí un artículo contra el incoherente brujuleo del Gobierno utilizando como herramienta el sarcasmo, ya saben ese ardid del que se dice que es la forma más baja de humor y la más alta de ingenio. El artículo en cuestión se llamaba “Cuestión de hormonas”, y, si bien el objetivo del artículo se mantuvo en la adecuada línea de contestación-despropósito que pretendía, ha herido, con toda razón, algunas sensibilidades. No; no me refiero a las de los políticos –ésos la sensibilidad en la cuenta corriente y en el acaparamiento de notoriedad, y sus almas están tan sanforizadas como ungidos de hormigón sus rostros-, sino a los enfermos de Esclerosis Lateral Amiotrófica, una de las enfermedades más desconocidas y crueles de nuestra modernidad, por más que personajes como Stephen Hawking.

Yolanda, hija de una mujer que perdió su vida por causa de este terrible mal, con memorable dignidad me dirigió una sentida carta llena en la que me afeaba el usar, siquiera fuera como artificio, el diablo de esta enfermedad para cuestiones pueriles. Y, ciertamente, comparada con esta enfermedad, los horrores de nuestro Gobierno son menudencias, miserias que no merecen siquiera ser mencionadas. Me disculpé con Yolanda, claro está, pero todo ello me sabe a poco, porque una vez estudiada esta para mí desconocida enfermedad, convengo con mi detractora que la sociedad en general, comenzando por mí mismo, se ocupa demasiado de los que viven demasiado bien y olvida a sus criaturas más castigadas y sufrientes: los débiles y los enfermos.

Como supongo que la voz de Yolanda eran muchas voces que no me alcanzaron sino a su través, a todos cuantos he ofendido con mi ignorancia, que es la enfermedad más terrible de los sanos, les suplico con la mayor humildad un perdón que quizás no merezca. Aún con la mejor voluntad se han cometido en la Historia los mayores crímenes, y mi artículo ha adolecido de la delicadeza y el respeto que merecen quienes sufren calladamente, quienes ni siquiera se pueden defender por sí mismos, porque un mal atroz les tiene prisioneros en un lecho o en una silla de ruedas, incapaces de valerse por sí mismos pero con todas sus facultades mentales en perfecto estado de funcionamiento. ¿Se puede imaginar algo más cruel, una sentencia más seviciosa?...

Para mí ha sido la experiencia más dolorosa de los últimos años, y son muchas y feas las cosas que pasan en cualquier vida en un periodo semejante. Siempre quise instituirme en voz de los sin voz, en látigo de los débiles, en brazo de los mancos y en rebelde de todos aquellos que no pueden mostrar rebeldía, poniendo a su servicio y el de mi sociedad todos los recursos y el talento con los que el Cielo me distinguió desde que fui alumbrado. Ayer, lamentablemente, Yolanda me hizo abandonar mi paseo por las nubes y pisar el suelo, y me hizo ver con una delicadeza que le honra que había traicionado a los míos utilizando festivamente su dolor para atacar a quienes de nada sirve atacarles porque están inmunizados contra la vergüenza y el dolor de todos.

Poco a poco, lentamente, el mundo fue presidiando a la madre de Yolanda, recluyéndola en la inacción y el silencio. Sólo sus ojos pudieron hablar, mostrando a través de esas ventanas sombrías la agonía de un alma condenada a no recibir más que aquello que le regalaban o a expresar lo que el agua dulce o salada de sus lacrimales difundía. Un día no pudo mover un brazo, otro fue un pie, más tarde el cuerpo y, por fin, perdió también la palabra. Su cerebro funcionaba, sentía, quería amar, abrazar, decir “Te quiero, hija”, pero no pudo sino mirar y esperar ser comprendida. Así murió, sin duda querida, pero recluida en su prisión definitiva de silencio e inmovilidad. Y yo, torpemente, con mi artículo desperté todo ese dolor y provoqué una justa respuesta. Respuesta que agradezco, porque me hace despertar de otro tipo de sueño, y, acaso, me rescata de una enfermedad peor.

Mala cosa es la soberbia; mala, muy mala. A veces, el que no nos suceda nada terrible nos hace porfiar en el error y, tal vez, considerar que estamos en la posesión de la verdad absoluta. Entonces, paso a paso, lentamente, nos vamos alejando de aquello que ansiamos ser, para dar en criaturas arrogantes, patéticas y estúpidas que pretenden sojuzgar a los demás o que pretenden alcanzar sus propósitos sin reparar en los medios que utilizan. Lázaro, por suerte, esta vez estuvo atento a la voz, se despertó al escucharla, se incorporó de su pudrigorio, salió a la luz y vivió, centrándose de ahí en más únicamente en sus novelas. Por lo lento de su construcción, Lázaro supo que con ello tendría más oportunidades de ser lo que quería ser, sin dañar a ninguno de sus semejantes.

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