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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La tercera vía afgana de Obama

E. J. Dionne
E. J. Dionne
jueves, 26 de noviembre de 2009, 05:33 h (CET)
WASHINGTON -- Cuando no hay una buena solución a un problema, cualquier presidente tiene tres opciones. Una es evitar el problema. La segunda consiste en elegir la opción menos mala de las disponibles. La tercera es maridar las soluciones propuestas y minimizar el daño a largo plazo provocado por cualquier decisión.

Afganistán ha planteado al Presidente Obama exactamente esta situación, y es probable que dentro de poco se conforme con alguna variante próxima al tercer enfoque. Esto no va a satisfacer a nadie. Pero podría ser la opción menos peligrosa.

Si quisiéramos tener éxito en Afganistán, no elegiríamos empezar donde nos encontramos hoy. No habríamos mantenido esta guerra en segundo plano durante tanto tiempo, y habríamos tenido que abordar mucho antes las debilitantes deficiencias del ejecutivo del Presidente Hamid Karzai.

Obama no puede alterar nada de esto. Y al contrario que los incondicionales de una estrategia de contrainsurgencia integral, Obama sabe que tiene que tomar una decisión sostenible a largo plazo, lo que significa tener en cuenta la realidad política y económica nacional.

Una de esas realidades es el cansancio por una verdad que Andrew Bacevich, el perspicaz analista de la política exterior, expresaba más claramente que la mayoría: "que la guerra permanente se ha convertido en la política oficiosa de los Estados Unidos."

Los estadounidenses siempre han estado dispuestos a combatir a los terroristas. Con lo que no contaban -- y no fueron inducidos a esperar cuando la administración Bush destacó tropas primero en Afganistán y después en Irak -- es con dos ocupaciones largas, violentas e indefinidas que costaron miles de vidas y cientos de miles de millones de dólares.

Los defensores de una gran estrategia de contrainsurgencia se ofenden siempre que cualquiera plantea el coste financiero de nuestros compromisos. Los más molestos por cualquier conversación acerca de los enormes gastos de estas guerras son típicamente los mismos conservadores que se quejan de la situación fiscal de Estados Unidos y los peligros del déficit a largo plazo - pero que no pusieron reparos a iniciar dos guerras y bajar los impuestos a la vez.

Los costes están preocupando definitivamente a Obama y obligándole a ponerse en la piel de los Demócratas del Congreso hartos de los ataques a sus credenciales fiscales. Ese es el motivo de que un grupo significativo de Demócratas de la Cámara encabezados por el Representante David Obey, D-Wis., eligiera presentar la semana pasada, con vistas a la decisión del presidente, un proyecto de ley que obliga al presidente a fijar un impuesto para financiar los costes de la guerra de Afganistán.

"Mientras nos esforzamos por aprobar la reforma sanitaria, nos han dicho que tenemos que buscar la forma de financiar el proyecto," decían los Demócratas en una declaración. "Al margen de si se es partidario o detractor de la guerra, si se va a librar tendría que tener forma de financiarse."

El proyecto podría no aprobarse nunca, pero traslada un mensaje claro: Cualquier incremento de efectivos que Obama proponga será extraordinariamente impopular entre un enorme porcentaje de aquellos que han sido sus partidarios más fieles -- y más popular entre aquellos con cuyo apoyo no puede contar en cualquier otro terreno.

Obama sabe que la paciencia con la guerra permanente se está acabando. Por ese motivo insiste en que no está destinando tropas nuevas de manera indefinida.

Un alto funcionario de la administración, haciendo énfasis en que no se han tomado decisiones definitivas, describía la política que es probable que Obama anuncie a principios de diciembre de esta forma: "no será permanente, será limitada en el tiempo, y pondrá el acento en la estrategia, no en la cifra de efectivos." "Es probable que la cifra de efectivos que envíe sea inferior a los 40.000 propuestos por el General Stanley McChrystal.

El presidente ha decidido que Afganistán no es ni Irak ni Vietnam. Ésta es una opinión que le enfrenta tanto a los militaristas, que utilizan constantemente en la metáfora del incremento en Irak de 2007, como con los pacifistas, que constantemente mentan Vietnam como cuento con moraleja.

Obama insiste en que un incremento en Afganistán no puede funcionar de la misma forma que funcionó en Irak a causa de que las condiciones sobre el terreno son muy distintas Pero a consecuencia del 11 de Septiembre, interpreta que Estados Unidos tiene intereses vitales en Afganistán que no estaban presentes en Vietnam: la necesidad de derrotar a los terroristas tanto en Afganistán como en Pakistán, y ser cautos con el impacto de nuestras decisiones sobre el futuro de Pakistán.

Ningún asunto ha planteado una prueba más difícil para el pragmatismo no ideológico de Obama que Afganistán. Aquellos que corren más riesgo político en el debate rechazan el término medio y dudan de que el presidente pueda dar solución al dilema de los extremos. Pero éste es exactamente el tipo de pensamiento que Obama prometió el año pasado, y tiene motivos para intentar que funcione.

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