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Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 25 de noviembre de 2009, 05:26 h (CET)
Ahora que los profesores son autoridades, ya me gustaría saber qué autoridades controlan a las autoridades. Buena parte de los maestros lo son porque no pudieron ser otra cosa, bien porque no les daba la nota para más cuando llegaron a la universidad, o bien porque Magisterio es una María académica. Lo cierto y comprobado es que pocos –si es que hay alguno- están dotados para la enseñanza, saben qué cosa es la pedagogía o como mucho han escuchado campanas de lo que es un niño. Y si a todo esto le sumamos que la práctica totalidad de los superdotados españoles fracasan en el colegio –ni siquiera en el instituto-, pues ya tenemos los elementos necesarios como para poder mapear la Educación en España. Una gloria, oiga usted.

Hay profesores que de las asignaturas que enseñan, francamente, saben poquito. Los de Lengua, por ejemplo, ya me gustaría saber qué exámenes aprobarían sin el libro de texto de delante. No he conocido ninguno que tenga mucha idea de lo que es y cómo se escribe o habla nuestra propia lengua, pero son ellos, estos incapaces infradotados, los que puntúan a los niños, y no sólo eso, sino también los que los etiquetan ante el claustro de profesores, los que los humillan ante sus compañeros y los que siembran en las impolutas almas de los infantes el odio más profundo a un sistema injusto gobernado por necios y dirigido por asnos.

Así como hay profesores técnicos en una materia (no en los colegios, claro), los hay que, en un alarde de dedicación, se toman el tiempo necesario para especializarse en crueldad y destruir sistemáticamente la vida de alguno de esos alumnos a los que les han tomado una muy especial filia. La tortura no es física –ésa sólo se reserva para los menores ingresados en Instituciones de Protección de Menores, como comprobamos con harta frecuencia-, sino psicológica. Lo negado que es el profesor o profesora para su materia, suele paliarlo la naturaleza dotando a ese dómine con inusitadas y desmedidas dosis de sadismo, las cuales usa para vejar al alumno, hundirlo psicológicamente sabiendo que lo hace, y procurándole tanto daño como su retorcida alma es capaz, tal vez porque en su íntimo onanismo sadomasoquista, así se crea las imágenes necesarias para alcanzar el nirvana sexual. Digo yo que ha de ser esto, porque otra cosa no entiendo en qué puede beneficiarle a una señora hecha y derecha o a un señor que ha completado su desarrollo, el dolor que experimenta un niño, hasta el extremo de que ese niño ruega y suplica a sus padres que le saquen del colegio, que no lo soporta más, que es un infierno para él, a pesar de que sus compañeros son sus compañeros desde que el niño en cuestión tenía dos años. Nueve enormes y larguísimos años de torturas, en los cuales, ese niño con cualidades intelectuales muy especiales, ha visto cómo sus notas se precipitaban desde el sobresaliente al suspenso y desde el amor al colegio al espanto. Incluso esos profesores han tenido la habilidad de día a día y pasito a paso, ir poniendo a todos los compañeros contra el niño en cuestión, etiquetándolo de tal modo que al infante sólo le han dejado el recurso del odio y la huida.

No; no estoy hablando de Eritrea o de un país del Tercer Mundo, sino de España y de Alcalá de Henares, de hoy y ahora, y de mi propio hijo. Y me consta que no es un caso aislado, raro o excepcional. Con evidente mala fe y usando los trucos más arteros, los poderes han desplegado una campaña de desprestigio de los alumnos, empuñando casos excepcionales de maltrato de alumnos a profesores como si fuera algo habitual. Jamás, ni en mi propia vida académica ni en las de mis demás hijos, hoy todos titulados superiores, he conocido ni por oídas un solo caso de ese tipo, y como que me da en la nariz que los que han salido en televisión, o son inventos norteamericanos de algún reality show, o simplemente son mentira, a no ser, claro, que un solo caso acaecido haya sido tan traído y llevado que parezca que es algo que sucede a cada instante y en cada centro. Niego, pues, la mayor.

La cuestión es qué autoridad asienta su mano en esos torturadores que son los profesores incompetentes, que tengo por cierto que son mayoría. La tortura y el maltrato no es sólo físico, sino que es incluso más peligroso el psicológico, porque los efectos del primero remiten con el tiempo y los del segundo permanecen durante toda la vida. Las autoridades ministeriales de Educación, a lo que se ve, son indolentes que, como los maestros, tienen los puestos que tienen por la pasta, por el suelo estupendo que perciben y porque con la plaza en propiedad no tienen que dar un palo al agua, o de otro modo no se entiende que cada dos por tres no divulguen los medios, entre vítores y aplausos generalizados, que uno de esos torturadores ha sido metido entre rejas, que es donde deberían estar y no formando (mejor sería decir deformando) niños.

Y lo peor del caso, lo verdaderamente grave, es que ni siquiera tengo por seguro que esos crueles personajes vayan contra el niño por el niño, sino contra el padre, por antagonismo ideológico, y le agredan de la única manera que pueden: a través de su hijo. En cualquier caso, sería muy deseable que las autoridades ministeriales de Educación que están sobre esas falsas autoridades de los maestros, tomaran cartas en el asunto, investigaran el caso y aplicaran la ley con los mismos miramientos con que cobran por no hacer nada: ninguno. Tal vez así, la etiqueta de incompetentes y desidiosos, podrían comenzar a quitársela de una buena vez, y todos saldríamos ganando.

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