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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Una "reforma" sanitaria que lastra a nuestros jóvenes

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
miércoles, 25 de noviembre de 2009, 05:24 h (CET)
Una de nuestras noticias políticas de mayor calado es el asalto económico a los jóvenes por parte de los ancianos. Nos hemos convertido en una sociedad que invierte en su pasado y desprecia el futuro. Esto no tiene ningún sentido para la nación, pero como política tiene todo el sentido del mundo. Los ancianos y los mayores están mejor organizados, se centran obsesivamente en sus prestaciones sociales y parecen merecedores. Los abuelitos y las abuelitas despiertan simpatía.

Todo el mundo sabe que los “derechos sociales" resultantes dominan el gasto público y asfixian los presupuestos de la educación, la investigación, la defensa y casi todo lo demás. Durante el año fiscal 2008 - el último ejercicio “normal” antes de estallar la crisis económica – el gasto en Seguridad Social, Medicare y Medicaid (programas dedicados totalmente o sobre todo a los ancianos) ascendió a 1,3 billones de dólares, un 43 por ciento del gasto federal y más del doble del presupuesto militar. Dado que los trabajadores, no los jubilados, son los principales contribuyentes, este gasto implica enormes transferencias de riqueza a la tercera edad.

Ahora llega el proyecto “de reforma” sanitaria que superando el trámite en la Cámara, sorprendentemente, restará más subvenciones a los jóvenes. Se promulga que las pólizas sanitarias destinadas a los estadounidenses mayores no superen el doble del nivel de las destinadas a los estadounidenses más jóvenes. Eso está muy por debajo de la diferencia real en el gasto sanitario entre jóvenes y ancianos. El gasto destinado a aquellos entre 60 y 64 años de edad es de cuatro a cinco veces superior al destinado a los de entre 18 a 24. De manera que los jóvenes van a pagar demasiado por un seguro que -- bajo el proyecto de la Cámara -- la gente tiene la obligación de contratar: los estadounidenses de 20 años en adelante van a subsidiar las pólizas de los de 50 y 60 y tantos. (Aquellos de 65 años en adelante están afiliados a Medicare.)

Como era de esperar, los 40 millones de miembros del AARP, el principal grupo de presión de los estadounidenses de más de 50 años, fue un gran argumento impulsor de esta legislación. El cinismo del colectivo es sobrecogedor. Por una parte, patrocina una campaña moralista titulada "Divididos perdemos" y contrata anuncios sentimentaloides en televisión que presentan niños que piden un mañana mejor. "Únase a nosotros en la defensa de su futuro y el futuro de todas las generaciones," finaliza uno de los anuncios.

Mientras tanto, los lobistas del AARP pelean con uñas y dientes por desplazar los gastos en que incurren sus afiliados a las generaciones más jóvenes. Por ejemplo, la legislación sanitaria de la Cámara amplía la prestación a las recetas de Medicare. Eso será de ayuda para la mitad de los miembros del colectivo con más de 65 años de edad. La otra mitad, los de edades comprendidas entre los 50 y los 64 años, se podrá beneficiar de la rebaja de las primas del seguro.

Aunque los cambios en las pólizas se aplicarán sobre todo a la gente que acceda a los "mercados" de seguros supervisados por el gobierno, las diferencias eran importantes. Un único asegurado de entre 55 y 64 años podría ahorrarse 3.490 dólares, según estima un estudio del Urban Institute. En contraste, los solteros de veintitantos y 30 y pocos tendrán que pagar entre 600 y 1.100 dólares más. Para los jóvenes, el gasto extra podría ser mayor, según explica la economista del Hudson Institute Diana Furchtgott-Roth, porque el proyecto de la Cámara les obliga a contratar planes de seguro bastante generosos en lugar de la cobertura dispersa más barata que podría adaptarse mejor a sus necesidades.

Cualquiera que sea la carga añadida, agravará las esperanzas económicas ya pobres de los jóvenes. El paro entre los de 16 a 24 años ronda el 19%. Peter Orszag, director de la Oficina de Gestión y Presupuesto, observa en su blog que la elevada tasa de desempleo deprime el salario de los trabajadores jóvenes y que el efecto adverso -- aunque cada vez más reducido -- "sigue siendo estadísticamente significativo 15 años después." La descompensación salarial a 20 años podría rondar en total los 100.000 dólares. Orszag no menciona que la "reforma" sanitaria podría rematar las pérdidas.

El AARP justifica el desplazamiento del gasto como elemento de prevención de la discriminación por edad. Las pólizas basadas en la edad del asegurado no deberían ser más aceptables que las pólizas de gasto médico que recojan como factores la raza, el sexo o las enfermedades anteriores a la firma de la póliza, explica. La legislación de la Cámara prohíbe aquéllas, de manera que también debe prohibir la cotización en función de la edad. El AARP no está satisfecho ni siquiera con el límite de 2 a 1. Piensa que las pólizas de alguien de 22 años y de alguien de 62 deben ser idénticas. (En la jerga de los seguros, se conocería como "prorrateo colectivo integral.")

Esto no convence. Todo seguro pretende proteger contra riesgos -- pero dentro de grupos que se enfrentan a riesgos parecidos. Dicho de otra forma, la mayor parte de los seguros se ajustan a los riesgos. El importe de las pólizas de protección de accidentes de conducción oscilan en función de la edad; los conductores jóvenes pagan más porque tienen más accidentes. Las pólizas del hogar cuestan más en los barrios de elevada delincuencia para el mismo tipo de casa. Esto no es "discriminación"; es el reflejo de la diferencia entre riesgo y coste. Las aseguradoras que ignoren estas diferencias pasarán a mejor vida enseguida porque sufrirán fuertes pérdidas y perderán clientes.

En el terreno de la sanidad, podemos elegir prescindir de ciertos ajustes (digamos, las enfermedades previas a la contratación) por motivos de legislación pública. Pero la defensa de convertir la edad en una de esas excepciones no se sostiene. Los estadounidenses en edad laboral -- los jóvenes y los de mediana edad -- ya financian una parte importante del gasto sanitario de los ancianos a través de Medicare y Medicaid. Estos gastos crecerán con una población que envejece y un gasto sanitario que se dispara. O los impuestos suben o los demás servicios públicos se agotan. Ahora mismo, todos los gobiernos gastan 2,4 veces más per cápita en los ancianos que en los menores, informa Julia Isaacs, de la Brookings Institution. ¿Por qué agravar el desfase?

Es cierto que las pólizas de los ancianos serán más caras. Pero esto podría acarrear una ventaja: al tener que hacer frente a su verdadero gasto sanitario, los estadounidenses mayores se volverán más dispuestos a controlar el gasto.

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