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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Los sacamantecas y la cosmética

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 25 de noviembre de 2009, 05:19 h (CET)
No es probable que las nuevas generaciones recuerden a criminales famosos como fueron el célebre Dr.Petiot, que asesinó a 63 personas antes de ser detenido por la policía o, el no menos popular, Henri D. Landrú, que dio palabra de matrimonio a 283 mujeres y asesinó a diez de ellas, sin olvidarnos de uno de nuestros famosos asesinos, Juan Diaz Garayo, nacido en Álava, al que se le conoció como El Sacamantecas, que fue acusado de varias violaciones y de haber asesinado a seis de las violadas. Lo curioso de este caso es que, el apodo de Sacamantecas, se conservó en los siglos XIX y comienzos del XX, y se utilizaba para asustar a los niños, a los que se les decía que el sombrío sujeto asesinaba a las criaturas para sacarles el sebo (grasa corporal) para fabricar un ungüento al que se le atribuían poderes para sanar la temida tuberculosis. En todo caso, no podemos considerar estos ejemplos de delincuencia como algo del pasado o viejos cuentos de abuelos sentados al calor de la chimenea, porque si, en los casos apuntados, las fechorías eran atribuibles a personajes esquizofrénicos, impulsados por oscuras manías y obsesiones, a las que no eran ajenos intereses materiales, especialmente pecuniarios; en la actualidad, en pleno Siglo XXI, aquellas hazañas que a muchos nos parecían insuperables, han resurgido como ave Fénix, sólo que, de acorde con el progreso y la globalización, lo han hecho mucho más perfeccionadas, con fines específicamente mercantilistas y formando parte de una cadena de horrores digna de figurar en los anales de la más sofisticada, malévola, despreciable y oscura trama criminal.

En efecto, estos días pasados hemos podido leer una crónica en la que se informa de una banda, localizada en tierras peruanas, cuya especialización consistía en asesinar sin piedad a personas para descuartizarlas y sacarles el sebo que, convenientemente embotellado, era expedido a través de una red organizada hacia laboratorios de cosmética que, al parecer, como los antiguos sacamantecas, utilizaban esta grasa humana para la fabricación de productos de belleza. El método para conseguir esta valiosa grasa es digno de las más tenebrosas historias medievales, aquellas en que venales sepultureros excavaban las tumbas de los fallecidos, para llevarse los cuerpos a las clínicas en las que se utilizaban para hacer prácticas de anatomía diseccionándolos y conservando muchos de sus órganos en frascos llenos de formol. Los Pishtacos, que así son conocidos los miembros de esta banda de criminales perunanos, mataban a sus víctimas, les cortaban la cabeza y los colgaban de unos ganchos para concluir poniéndoles velas debajo al efecto de que las llamas hicieran gotear la grasa humana que se recogía en sendos recipientes. ¡Algo verdaderamente espeluznante!, si es que tenemos en cuenta que, estas atrocidades, están produciéndose en tiempos actuales y, al parecer, con el conocimiento de personas que se tienen por civilizadas y que es probable que sean padres amorosos y tiernos con sus hijos cuando, en su doble vida, no tienen escrúpulos en trabajar con grasas de personas asesinadas, para fabricar rentables productos de belleza para las mujeres.¡Cuántas de estas señoras de alcurnia, cuántas actrices, modelos, deportistas y artistas de prestigio habrán usado, sin saberlo, productos fabricados con los restos de unas víctimas anónimas, sacrificadas como si fueran corderos para obtener la materia prima precisa para que se les quiten las arrugas, se les limpie la epidermis o les desaparezcan las ojeras.

Y lo curioso del caso es que, no hace falta que nos traslademos al Perú para encontrarnos con ejemplos de esta moderna criminalidad, a la que se la ha desposeído del hálito romántico de lo que fueron los grandes delitos pasionales ( Hotelo) de la Historia, en los que el móvil es siempre inmediato y debido a un momento de pasión que nubla, transitoriamente, la mente del asesino. Sus causas: los celos, los desamores o los desengaños entre las parejas; que suelen excluir la premeditación o el cálculo económico. Pero, hete aquí, que no hace falta buscar fuera de nuestras fronteras, en nuestros país y, aún más, en nuestras principales capitales, debido al poco control de las autoridades; a la permisividad de nuestros estamentos judiciales y a la nueva ética y moral imperantes, basadas en el egoísmo antropológico y en el libertinaje imperante, fruto del desprecio por todo lo espiritual y metafísico; los propios partidos políticos hacen ver que no se dan cuenta o, sin más, lo fomentan, como expresión de la máxima libertad exigida, por el feminismo en expansión, para las mujeres; convirtiendo el deber de la maternidad y el derecho del feto a nacer, en un inhumano derecho absoluto de la madre a sacrificar la criatura que lleva en su vientre, sin más que proponérselo. Lo peor, si es que algo pueda ser peor que el asesinato del nasciturus, es que, de este acto al que, sin la menor reserva calificaría de sacrílego, salen beneficiados los propios ejecutores del aborto (como puedan ser médicos abortistas, clínicas que los practican), intermediarios y empresas que se valen de esta horrible “primera materia” para lo que se denomina “contrabando de órganos”, donde, tanto los fetos, como el resto de elementos derivados del parto ( placentas y cordones umbilicales) son enviados a clínicas, centros de estudios o laboratorios biológicos, donde son utilizados para experimentos, perfectamente legítimos en el caso de placentas y cordones umbilicales, pero que entrañan complicidad en el crimen contra el ser humano en gestación, ocultación de pruebas y sacar provecho del acto criminal y, en consecuencia, ser delitos perseguibles de oficio por la fiscalía. Pero lo más abominable es que, como sucede en el caso de los Pishtacos peruanos, los restos humanos de los fetos sacrificados se convierten en materia prima para determinados usos entre los cuales no se pueden descartar la fabricación de cosméticos o la utilización para otros menesteres médicos que utilizan, de encargo en muchos casos, la muerte de un ser inocente, niño o adulto, para intentar reparar o sanar a alguien que no ha tenido reparo en pagar para, a costa de la muerte o mutilación de la víctima propiciatoria, poder salir beneficiado con un órgano que le pueda ser trasplantado. Estos son los horrores ocultos que suceden bajos nuestras propias narices y que, no obstante, no trascienden de las propias mafias creadas a costa de tan execrables crímenes.

No estaría de más que a estos progresistas, con la señora Bibiana Aído a la cabeza, se les obligara a presenciar todo el proceso y se les dieran a conocer, por la policía, lo que, bajo el aspecto de centros sanitarios y clínicas de apariencia honorable, está sucediendo con este repugnante negocio de los fetos y el contrabando de órganos humanos para ser vendidos al mejor postor. Es probable que las ideas se les aclararan y dejaran de pensar en el aborto como un simple derecho de la mujer, para preocuparse más por la sórdida y lucrativa cadena que, bajo la apariencia de legalidad, transcurre por las alcantarillas de esta sociedad a la que estamos tan orgullosos de pertenecer.

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