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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Elegir las batallas es una tradición republicana

David S. Broder
David S. Broder
sábado, 21 de noviembre de 2009, 13:48 h (CET)
WASHINGTON -- Viniendo de Sarah Palin, con su personalidad y sus antecedentes, decir a Rush Limbaugh que los Republicanos deberían celebrar las primarias dentro de sus propias filas no resulta sorprendente en absoluto.

Tan doloroso como pueda ser para sus críticos, ella también tiene muchas tablas de su parte.

Muchos Republicanos, utilizando como argumento el reciente batacazo del distrito norte de Nueva York, argumentan que el apoyo de Palin y sus colegas del debate radiofónico conservador a un derechista inflexible representando al Partido Conservador costó un escaño a los Republicanos de la Cámara que había estado en sus manos más de un siglo. Están preocupados porque "rebeldes" populistas anti-dirección como Palin puedan tumbar las esperanzas del Partido Republicano de un retorno en las elecciones legislativas de 2010 por respaldar a ideólogos en muchas otras primarias y asustar a los independientes y los Republicanos moderados.

Están gastando saliva con Palin, que llegó a la gobernación de Alaska derrotando al Gobernador titular Frank Murkowski en las primarias Republicanas de 2006. Cuando decía a Limbaugh, "Lo que más me gusta del Partido Republicano es que celebramos primarias agresivas, reñidas y sentidas," tenía ese enfrentamiento en mente.

Al contrario que Palin, la mayoría de los directores de campaña y compromisarios del partido odian las primarias. Odian ver gastarse el dinero en luchar contra gente del mismo equipo, y temen las rencillas que puedan quedar sin saldarse.

Pero Palin tiene mucha razón, en especial cuando el partido en cuestión tiene tantos asuntos sin cerrar como los Republicanos tienen en la actualidad. En una situación así, las primarias son la mejor forma de poner a prueba a líderes e ideas. El Partido Republicano moderno apenas empezó a recuperarse de las muchas derrotas del New Deal en 1952, cuando Dwight Eisenhower, héroe de guerra, derrotó a Adlai Stevenson. Pero antes de que Ike pudiera ganar las generales, tuvo que enfrentarse a Robert A. Taft, el líder del ala Republicana del Congreso y encarnación del conservadurismo. Su enfrentamiento arrancó en las primarias de New Hampshire y se prolongó durante las amargas votaciones de convención y finalmente superó a la dirección.

Otro enfrentamiento así se producía en 1980, después de que el desastre del Watergate hubiera devuelto a los Demócratas a la Casa Blanca. Ronald Reagan y George H. W. Bush se vieron las caras, ganando Bush la primera vuelta en Iowa y siendo Reagan obligado a defender sus posiciones en New Hampshire y en las primarias posteriores. Sin esas pruebas, Reagan no habría sido el candidato en derrotar a Jimmy Carter.

Y tan apenas en el 2000, George W. Bush tuvo que soportar una paliza propinada por John McCain en las primarias de New Hampshire antes de ser capaz de zafarse de su superioridad en Carolina del Sur y desarrollar las duras tácticas que utilizó para arrebatar su ajustada y cuestionada victoria a Al Gore.

Frente a esos ejemplos de enfrentamientos difíciles en primarias que precedieron y prepararon a los ganadores, tenemos el caso de la lucha de 1976 en la que Reagan desafió por la nominación al Presidente Jerry Ford. Ford se fue a la tumba seguro de que Reagan le había debilitado tanto que Carter podía derrotarle. Decía que si Reagan hubiera cedido antes y hubiera hecho campaña con más ahínco por la lista Ford-Bob Dole, los Republicanos podían haber ganado. Pero en la práctica, la amnistía de Ford a Richard Nixon y el debate sobre Polonia en su apogeo tuvieron mucho más que ver con su derrota.

El patrón general ha sido idéntico en las primarias Republicanas a la gobernación y el Senado. El número de casos en los que el ganador potencial se ha visto saboteado por las heridas causadas por un aspirante de las primarias es notablemente escaso.

El miedo entre algunos políticos Republicanos es que el electorado del Partido Republicano se haya reducido y se haya vuelto monolíticamente conservador, reemplazando la pureza ideológica al atractivo generalizado entre los electores como criterio para triunfar en las primarias. La respuesta a eso es atraer a más gente a las urnas, como hicieron tanto Eisenhower como Reagan.

La forma de tratar con Palin no es censurarla, sino igualar su atractivo y su esfuerzo.

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