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Negociado con tierras, de Constantino y Silvestre a Fernando Lugo y López Perito

Luís Agüero Wagner
Redacción
jueves, 19 de noviembre de 2009, 04:48 h (CET)
El político y escritor colombiano Alberto Lleras Camargo, quien llegó a presidente de su país, dijo alguna vez que un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir. No puede afirmarse con certeza que tal carencia aqueje al Paraguay, donde la tradición de corrupción se respeta con tanta fidelidad que se puede anticipar fácilmente el futuro del país en tal aspecto.

Lo que todos sabíamos desde mucho tiempo atrás se acaba de confirmar: La gestión de Fernando Lugo ha hecho que Paraguay empeore su situación en el ranking de la corrupción, según Transparencia Internacional.

Paraguay ha quedado en el lugar 154 junto a Papúa-Nueva Guinea y Costa de Marfil, y entre los tres más corruptos de Latinoamérica, empeorando su anterior calificación, aunque esta vez en manos de un gobierno que proclamaba cambiaría la imagen del país.

La situación no es extraña, considerando la seguidilla de escándalos por corrupción que sacuden al gobierno del obispo, quien se empecina en mantener en sus puestos a personajes como Miguel López Perito, involucrado en varios hechos ilícitos.

Tampoco puede decirse que se trata de una sorpresa, considerando que Fernando Lugo no es más que un subproducto de la larga historia de fraudes y engaños con que el catolicismo agredió a los pueblos de todas las latitudes desde sus mismos inicios.

LA TRADICIÓN DEL FRAUDE
El engaño no es, ciertamente, una tradición desconocida para los falsos profetas amparados por la sotana dentro de la iglesia de Roma. Desde el principio del cristianismo como lo conocemos, en el siglo III, las llamadas reliquias fueron parte del gran engaño urdido para servir de herramienta de dominación para los poderosos. Con nada sólido con que comenzar un nuevo culto, los flamantes lideres y/o creadores del cristianismo político se lanzaron a buscar pruebas físicas como para poder convencer a los paganos. Como ejemplo basta el caso de la vera cruz, cuya madera llegó a ser tan abundante que podría sospecharse que en realidad se trató de todo un bosque desforestado al efecto.

Otro gran fraude católico legalizó la unión entre iglesia y estado, un proceso que comenzó en el siglo IV, de esta era, bajo el Emperador Constantino, lo cual permitió a los sumos sacerdotes de Roma enriquecerse ininterrumpidamente por más de mil años.

La denuncia de que el INDERT, instituto abocado a la reforma agraria, iba a pagar tres veces el valor por un inmueble al brasileño Ulises Rodríguez Texeira unos 31 millones de dólares- desnudó en Paraguay un intento de fraude al estado en el que se involucra a Dionisio Borda, Miguel López Perito y el mismo Fernando Lugo.

En lo que a personajes surgidos del seno de la iglesia se refiere, el negociado con tierras no puede decirse que sea precisamente una novedad, o su revelación un cable de último momento.

Cuenta la historia que en el año 756 E.C., los Estados papales italianos (gran parte de la ciudad de Roma y las principales áreas de la Italia occidental) fueron oficialmente adquiridos por la Iglesia Católica. Esta transferencia de tierras fue legitimada sobre la base de un documento supuestamente escrito por el Emperador romano Constantino I, en el año 337 E.C., el cual concedía todas estas regiones al Papa Silvestre I (Papa desde 315-335 E.C.) y a sus sucesores.

Se supone hoy que el documento fue escrito durante la segunda mitad del siglo VIII, como ayuda al Papa Esteban II en sus negociaciones con el Mayor del Palacio de los Francos, Pepin el Petiso. El Papa cruzó los Alpes para ungirlo como Rey en el año 754 E.C. , permitiéndole a la familia Carolingia, a la cual Pepin pertenecía, suplantar a la antigua Dinastía Real de los Merovingios que se encontraba en decadencia y sin poder. Aparentemente Pepin, en un inicuo contubernio, le había prometido al Papa otorgarle las tierras que los Lombardos habían tomado de los Bizantinos en Italia.

La promesa fue cumplida en el año 756. La supuesta donación de Constantino le facilitaba a Pepin dar las tierras en forma de restauración, otorgando así, derechos políticos económicos y sociales, los cuales la iglesia no poseía.

Durante varios siglos, la autenticidad de la supuesta donación de Constantino no fue cuestionada. Sin embargo, en 1440, Lorenzo Valla publicó su Declamitio de falso credita et ementia donatione Constantini (Discurso sobre la Falsificación de la Supuesta Donación de Constantino). En sus escritos, Valla explicó que la donación jamás existió, y que todo era un gran fraude.

Descubrió no sólo que no hubo ningún documento indicando que el Papa Silvestre I poseía tal dote, sino que el texto de la donación contenía una serie de anacronismos históricos. Por ejemplo, se hacía referencia a Bizancio como una provincia cuando en el siglo cuarto solo era una ciudad. Se refería a los templos en Roma cuando aun no existían; y finalmente, se hacía referencia a “Judea”, la cual tampoco existía todavía.

El problema que creó Valla es que la Donación constituía el pilar principal sobre el cual residía la legitimidad de los Estados Papales, debido a esto, sus escritos fueron prohibidos inquisitorialmente. Recién en el año 1517 pudieron aparecer sus denuncias. Aunque las pruebas de Valla eran contundentes, pasaron varios siglos antes que la iglesia reconociera el fraude.

Hoy en día se sabe que la donación de Constantino fue realmente labrada alrededor del año 750 E.C., poco antes de que la Iglesia Católica adquiriera los Estados Papales (y muchos siglos después de la muerte de Constantino), y que se trata de un documento apócrifo.

Un caso parecido acaeció en Paraguay con las tierras que Fernando Lugo alegaba compraría para destinarlas a la reforma agraria: quien decía ser dueño no lo era pues se encontraban hipotecadas, por si fuera poco estaban sobrevaluadas en la transacción y un documento secreto con la firma del mismo cura Fernando Lugo anticipaba anacrónicamente el negociado desde casi un año atrás.

Dicen que el dinero solo trae problemas, tal vez por eso el obispo y sus secuaces decidieron aliviar a las arcas del estado paraguayo de tal contrariedad. A pesar de sus buenas intenciones, el epílogo podría ser el enjuiciamiento y destitución del clérigo-presidente.

Es que como bien lo dice un proverbio, una mentira sólo hace daño cuando es descubierta.

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