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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Cuando hay esperanza…

Piedad Sánchez de la Fuente
Redacción
miércoles, 18 de noviembre de 2009, 04:05 h (CET)
Para mí la más bella de las estaciones y con mucho es el otoño, la naturaleza va perdiendo la fuerza y el vigor del verano que después cuando pase el invierno irá recobrando en la primavera. Cada estación tiene su encanto y cada mes es algo especial, noviembre por ejemplo es como el Dios sano, tiene dos caras hay quién lo ve triste y hay quién lo ve con esperanza y donde hay esperanza no puede haber tristeza.

Noviembre se ve triste por el recuerdo tan presente que hay en el ambiente, en los actos litúrgicos de la Iglesia, en las oraciones, pero eso mismo cuando hay fe se puede transformar en un sentimiento de alegría porque sabemos que la “vida no se pierde se transforma”.

Hoy, la muerte se esconde y en los ambientes no es fácil hablar de este tema, es algo de mal gusto y algo desagradable que viene a truncar los planes que hemos hecho para vivirlos a lo largo de nuestra vida pensando que no va a llegar nunca. Esto ocurre porque no se tiene sentido cristiano ni de la vida ni de la muerte que es una realidad inevitable y que siempre llega. En lugar de verla como la puerta que hay que pasar para llegar a la felicidad sin fin se la ve como algo que trunca lo que tanto ha costado conseguir a lo largo de nuestra vida y que no podemos llevarnos al más allá. Es humano sentir algo de miedo y angustia pero eso hay que superarlo porque no es la realidad. Si somos cristianos hemos de desear que nuestra vida sea larga para poder subir ante Dios con las manos muy llenas de pequeños o grandes actos de amor, de perdón, de ayuda a los que la necesitan, de pensar y actuar en bien de todos sin escudarnos en un egoísmo que nunca da la felicidad.

Y cuando lleguemos arriba, a la presencia de Nuestro Padre Dios, con nuestro amor en las manos podremos repetir un pequeño poema que explica lo que es abandonar esta vida que es el preludio de la misma vida pero ya eterna.

“Dejó mi amor la orilla
y en la corriente canta.
No volvió a la ribera
que su amor era el agua”. (B.Llorens, Secreta fuente).

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