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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El tamaño sí que importa

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 18 de noviembre de 2009, 03:54 h (CET)
Casi todos, sin excepción, vamos por la vida preocupados. Quien no está con el agua al cuello y no sabe en qué en va a dar su vida o cómo va a terminar el mes, está angustiado porque el Sistema se derrumba o tal vez porque los zapatos no le hacen juego con la pamela. En fin, que todos, por unas u otras cosas, tenemos más incertidumbres que certezas. Incluso no faltan quiénes andan todo el día hocicando para ver cómo llenan más la saca, siendo que no pocos de los cuales son ya lo bastante ricos como para vivir varias vidas sin dar ni un palo al agua. En fin, que lo que se dice contentos, contentos, los hay menos que los dedos de mi mano.

En éstas estaba yo pensando, en las preocupaciones de mis prójimos, cuando levanté los ojos del tedioso informe que estaba leyendo y puse la antena a lo que decían quienes me rodeaban en la cafetería en que me encontraba. Éstos, estaban alegres porque se había resuelto felizmente la cosa del Alakrana ése (pagando), aunque aquéllos maldecían por el mismo asunto, arguyendo que para tener un Ejército de adorno, como que nos quedábamos mejor sin él y podríamos ir por la vida de ONG; los de más allá, estaban que arañaban con la sinvergonzonería de Gallardón y su cohorte de chupópteros; los de acuquí, con el atraco que supone acudir a una gasolinera a llenar el depósito; los de acullá, indignados porque no hay un juez que husmee en el Gürtel del ayuntamiento local, que también tiene lo suyo; y, en fin, el que no cantaba, trinaba de ira. Bueno, no todos. No; no todos, porque dos señoras muy peripuestas estaban encantadas con lo bien que había salido la boda de la nena, celebrada por todo lo alto en Cancún, que es un sitio muy chic para ese tipo de cosas.

Miré el denso informe que tenía aún entre las manos, y me pregunté que tenía yo en común con mis semejantes. No me gusta el fútbol, detesto los toros, no ansío casas ni coches ni tarjetas de plástico, paso de la televisión, me da lo mismo si éste hace gorgoritos y vende muchos discos o si ése es pobre de solemnidad, no estoy enterado de la realidad rosa (salvo por las salpicaduras inevitables de vivir en sociedad) y trabajo de por libre, no creo en el Gobierno salvo para mal, no creo en ninguna religión ni profeso ninguna clase de dogmatismo, no tengo un duro (de los de antes) y tampoco ganas de tenerlo, y, para colmo, me gusta comprender el mundo en el que vivo y no vegetar como si la vida la regalaran y estuviéramos aquí de adorno. ¡Ni siquiera creo en el amor!... Y, sin embargo, todos esos de antes, todos mis prójimos, son mis compañeros de viaje y tenemos un destino parecido y unas etapas vitales muy semejantes. No comprendo aún por qué, pero ellos y yo viajamos en el mismo barco. Será porque no tengo recursos para ir en avión o porque nadando a brazo partido no se llega demasiado más allá del simple ahogamiento, pero la cosa es como es: esté enterado o no, me guste o me displazca, vamos todos juntitos al mismo destino.

El caso es que el destino ése no tiene nada de halagüeño, o, al menos, eso es lo que dice el memorial que ha caído en mis manos, entre cuyas densas páginas figura un informe (no sé en qué grado de confidencialidad real) del Centro Estratégico de la Defensa Norteamericano, otro de la NASA y varios más de distintas organizaciones supranacionales. Según parece, o hacemos algo ya, o vamos a pasar las de Caín, si bien algunas páginas de estos sesudos y eruditos escritos, que están rubricadas por insignes hombres de ciencia, aseguran que se haga lo que se haga no valdría de nada, porque esto no hay ya quién lo pare. Ahí, justito, convengo con los autores de esos informes, y no porque yo sea un hombre de ciencia ni mucho menos, ¡que el Cielo me libre!, sino porque visto lo que me rodea, mis prójimos, estamos como para hacer algo. ¡Como no sea mirar la tele, arreglar el mundo hablando o despotricar contra quien sea…!

El asunto es que nos pongamos como nos pongamos, con Río o sin risa, con Copenhague o sin él, estamos fritos, y nunca mejor dicho. Es ya un caso prioritario en la Defensa Nacional de las grandes potencias. Puede ser que el deterioro del medioambiente y el calentamiento global lo haya producido el hombre o no, que sea un ciclo natural o no, o que sea ambas cosas juntas y reunidas; pero de lo que no cabe ninguna duda es de que esto no tiene marcha atrás, y todo nuevo informe es siempre más alarmante que el anterior. Ya no es el Apocalipsis para cuando todos los que estamos aquí y ahora estemos clavos, sino para dentro de cinco o diez años como mucho, y probablemente antes. Los hielos se funden, las aguas suben y, al mismo tiempo, las sequías nos dejarán como la mojama, sumergiéndonos en el hambre, la sed y las nuevas pandemias, como ésas que aparecen últimamente como si las criaran. ¿El sol?... Sí, el sol, y la luna, y la Tierra, como en las canciones. Ya no es algo que verán probablemente nuestros nietos, ni podemos poner nuestra confianza en una solución milagrosa de última hora que nos permita burlar los cuernos del toro final a esas terribles cinco en punto de la tarde, sino que ya tenemos la certeza absoluta de que esa fiera de hórrido semblante tendremos que arrostrarla mañana, pasado como mucho.

¿Mis semejantes?... No sé si hacen bien escondiéndose entre las jaras de la puerilidad de esta realidad tan ciertamente espantosa e inevitable, pero desde luego preocuparse por lo inevitable a estas alturas más parece un lujo de masoquistas que una opción razonable. El ángel de la muerte espera en la realidad, justo a la salida de la casa: ¿quién será el primero en abandonarla?... Por eso, los unos hablan de pesqueros secuestrados, los otros de un presente que tiene ciertas ansias de futuro y los demás de que les quiten lo bailado. A los que sigo sin entender demasiado es a los ahorradores, a ésos que gastan su vida en acumular lo que mañana por la mañana, por mucho que tengan, no llegará ni para pagar un simple vaso de agua. Cuando llegue la sed, el dinero será sólo papel secante, y no habrá servido para comprar ningún futuro, sino que habrá sido la recompensa por haber malgastado el pasado.

Cada cual tiene su afán, en fin, pero el tamaño de esos afanas importan, y mucho. “Sueña el rico en su riqueza, / que más cuidados le ofrece; / sueña el pobre que padece / su miseria y su pobreza; / sueña el que a medrar empieza, / sueña el que afana y pretende, / sueña el que agravia y ofende, / y en el mundo, en conclusión, /todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende.” Ahí tienen una vida bien aprovechada: Calderón de la Barca comprendió lo que por nosotros mismos no hemos podido, y, con única la herramienta de su mente, fue capaz de, desde su mesa en un mezquino cuartucho, llegar a contemplar la mente de Dios… y su divina tragedia.

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