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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¿Quién prefiere una revuelta?

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
miércoles, 18 de noviembre de 2009, 03:53 h (CET)
Seguramente sería una revuelta de salón. La reacción popular catalana contra una sentencia que recorte o anule, por inconstitucionales, algunos artículos del nuevo Estatut, a parte de hacer mucho ruido y crispar el ambiente, sobre todo político-mediático, no llegaría muy lejos. Principalmente, por tres motivos:

Primero. En estos momentos, en que hay otras prioridades para los ciudadanos y hay que salvar los muebles de la crisis económica, no es muy realista temer una revuelta popular masiva por un texto legal –discutido y discutible- que nació sin muchos apoyos, sobre el que hay profundas discrepancias, y se considera más bien “cosa de políticos”. Puede levantar pasiones en notables ambientes minoritarios –con cierta capacidad de arrastre- y en zonas de escasa demografía. Las grandes urbes, las decisivas, se mantienen bastante al margen.

Segundo. Entre los sectores – más politizados y sensibilizados- que llaman a la protesta, a la desobediencia, a la revuelta- hay opiniones diversas y aún totalmente enfrentadas. Desde quienes abogan por el respeto al texto del Estatut tal como está (después de los distintos y sucesivos recortes, tanto en sedes parlamentarias, como en cómplices pactos nocturnos en La Moncloa), hasta los que (como Heribert Barrera, y otros) preferirían que el Tribunal Constitucional se lo cargue totalmente, ya que ello radicalizaría la protesta y alentaría el independentismo, que en el fondo es de lo que se trata. Algo así como un “alzamiento nacional” catalán contra la legalidad.

Tercero. Cuando los tres presidentes (Zapatero, Montilla y el honorífico Jordi Pujol) aseguran que “se respetará” la sentencia, en todo caso, más allá de las matizaciones y las formas de protesta que proponen los dos últimos, poco margen queda para los soñadores de “revueltas”. Si en las cumbres políticas no se quiere y en las amplias bases populares no hay entusiasmos revolucionarios, todo puede quedar en un rio de gente y pancartas en la Via Layetana y unos encendidos discursos soberanistas lejos de los emblemáticos Palacios de La Música de la burguesia catalanista de los Millet.

Con estos y otros condicionantes, ¿quién prefiere hoy la revuelta a resignarse a la legalidad?

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