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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Necesitamos una instrucción civil

E. J. Dionne
E. J. Dionne
miércoles, 18 de noviembre de 2009, 03:52 h (CET)
WASHINGTON -- Imagine un tiempo en que la labor del gobierno era emocionante, ampliamente admirada y solicitada.

Parece una idea descabellada en un momento en que no se puede encender la televisión sin oír hablar del gobierno como una criatura casi alienígena. Es proyectado como algo alejado de la vida cotidiana de los estadounidenses y más dado a destruir los logros de los ciudadanos que a lograr algo que valga la pena.

Es cierto que nuestras opiniones anti-gubernamentales no se aplican al menos a un grupo de estadounidenses en la nómina del gobierno: nuestros hombres y mujeres del ejército. Todas las encuestas muestran que son, merecidamente, tenidos en alta estima. Pero los funcionarios que realizan las labores cotidianas del gobierno son más dados a ser descritos como "burócratas," "tecnócratas," y diversos adjetivos no reproducibles diferentes a funcionarios públicos.

Éste no ha sido siempre el estilo americano. Hubo importantes momentos de nuestra historia en los que grandes cantidades de ciudadanos se veían atraídos a trabajar en el gobierno con sentido de misión y entusiasmo. El New Deal fue seguramente uno de esos momentos y también los tiempos del New Frontier y el (injustamente atacado hoy) Great Society.

Llegaron en parte porque -- tome nota, Presidente Obama -- fueron inspirados por líderes que expusieron argumentos válidos y los implantaron en el gobierno. Caroline Kennedy ha dicho que cuando era más pequeña, "casi no pasaba un día en el que alguien no viniera a vernos y nos dijera: 'Tu padre cambió mi vida. Me metí en la administración porque él me lo pidió."

Pero la inspiración no basta. El ejército, después de todo, no depende únicamente de sensaciones patrióticas para amasar sus efectivos, y tampoco deberían depender las ramas civiles de nuestro gobierno. Uno de los incentivos más contundentes que tiene el ejército es el Cuerpo de Oficiales en la Reserva, que ofrece asistencia a aquellos que aspiran a una educación superior. Es hora de que haya un Cuerpo civil.

Esa es la idea de un grupo bipartidista de Senadores y miembros de la Cámara que proponen crear el programa Roosevelt Scholars, bautizado en honor a Teddy Roosevelt. Los Representantes David Price, D-N.C., y Mike Castle, R-Del., han presentado un proyecto en la Cámara, y se espera una legislación parecida en el Senado esta semana auspiciada por los Senadores Kirsten Gillibrand, D-N.Y., y George Voinovich, R-Ohio.

Aunque hay posibilidades de incluir a personas de educación intermedia en el programa, el proyecto de la Cámara está orientado a los estudiantes de educación superior porque el gobierno Federal tiene una demanda especial de trabajadores de alta cualificación que de lo contrario se ven atraídos (y muy reclutados) por el sector privado. A cambio de generosas becas en terrenos tales como la ingeniería, las tecnologías de la información, los idiomas extranjeros o la salud pública, los estudiantes firman para trabajar de tres a cinco años en una agencia o instancia del gobierno federal.

"Con la jubilación de la generación de los 60 y aquellos que respondieron al llamamiento al servicio público de Kennedy, necesitamos abastecer la plantilla del gobierno," explica Max Stier, presidente y consejero delegado de Partnership for Public Service.

Stier, predicador del funcionariado en el desierto, observa que el gobierno tiene que ocupar 273.000 cargos "críticos" durante los tres próximos años. Esto exigirá enormes mejoras en la forma en que el gobierno recluta y un nuevo voluntarismo que invertir en su plantilla.

El ejército, dice, obtiene el 40% de sus oficiales a través del programa. Tiene sentido a emprender una inversión comparable es un servicio público.

En el pequeño y apreciado mundo de los que se preocupan apasionadamente de mejorar los resultados y el prestigio del gobierno, hay visiones enfrentadas de cómo lograr esto. Un grupo de activistas y legisladores vienen presionando para crear una Academia de Funcionarios, copiando el modelo militar, para preparar a una generación de líderes del gobierno.

Es una buena idea y enviará otra poderosa señal de que la labor del gobierno puede y debe ser valorada. Pero con los extraordinarios límites al presupuesto federal, las esperanzas de la gran inversión que sería necesaria para construir una institución nueva no son exactamente de color de rosa. Un programa civil sería un buen primer paso. El programa Roosevelt tiene el beneficio de atraer toda la capacidad del sistema de educación superior de producir especialistas.

El programa Roosevelt también podría ser el antídoto a dos debilitadoras tendencias de nuestra política. Paliaría la tendencia de los políticos a criticar al gobierno (una vieja costumbre, dado que los políticos están inmersos propiamente en el gobierno). Y despejaría el camino al avance bipartidista en un momento en que tales empresas no abundan.

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