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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Racismo

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 18 de noviembre de 2009, 03:46 h (CET)
Un estudio efectuado por el Instituto de Criminología de la Baja Sajonia muestra unos datos preocupantes por lo que hace a la juventud que han ‘espantado’ al ministro de Interior. Un 14% se declaran muy racistas, un 4,9% manifiesta pertenecer a un grupo neonazi o anti inmigrantes, un 29,7% creen que hay demasiados extranjeros en Alemania. Esta actitud es un caldo de cultivo de violencia porque de los pensamientos se pasa a los hechos. Desconozco si entre nosotros se ha hecho una encuesta similar. Lo que sí se detecta en el ambiente es que existe un buen número de personas que creen que entre nosotros hay excesivos inmigrantes y que ven de mal ojo al extranjero. Los sentimientos son engañosos. Por tanto no son un buen modelo de buena conducta. Si se desean tomar decisiones correctas, en el caso concreto de la inmigración, hemos de ir a la Biblia porque en ella se encontrará la luz necesaria para no equivocarse. Como la emigración y la inmigración han sido muy frecuentes en todas las épocas y son fuentes de conflictos, la Biblia dice mucho de ellas y da pautas de conducta para evitarlos.

“Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Éxodo,22:21). Este texto denuncia la explotación laboral de los sin papeles y la explotación de las mujeres por las mafias y empresarios desaprensivos.

En un mundo como el nuestro manchado por el pecado es inevitable que hayan pobres. Este colectivo tiene que comer. Les ofrecemos alimentos a cambio de fomentar la ociosidad, que es madre de muchos males. Las instrucciones divinas dadas a Israel preservaban la dignidad de los pobres fomentando el esfuerzo productivo: “Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña, para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo el Señor vuestro Dios” (Levítico,19:10). Con esta ley se permitía que los pobres pudiesen alimentarse con su esfuerzo, lo cual mantenía íntegra su dignidad.

El hombre, debido a su pecado que le roba el amor tiene miedo a lo que es diferente. Los sentimientos no ayudan a actuar con justicia. Los sentimientos erróneos debemos podarlos con la tijeras de las instrucciones de Dios: “Cuando el extranjero habite con vosotros en vuestra tierra, no lo oprimas. Como a uno de vosotros tendréis al extranjero que vive entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en Egipto. Yo el Señor el vuestro Dios” (Levítico,19:33,34).

De la administración de justicia la Biblia tiene también algo que decirnos: “Y entonces mandé a vuestros jueces diciendo: Oíd entre vuestros hermanos y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero” (Deuteronomio,1:16). La justicia no tenía que hacer distinciones entre el nativo y el extranjero. Tenían que ser todos iguales ante ella.

La integración del inmigrante en el país de acogida es básica para la buena convivencia. Este aspecto la Escritura también lo recoge. El Dios de Israel exigía que se diese un trato justo al inmigrante, éste, a su vez se debía identificar plenamente con el pueblo que le acogía y con el Dios que velaba por su bienestar: “Y te alegrarás delante del Señor tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habita en tus ciudades, y el extranjero, y el huérfano, y la viuda que están en medio de ti, en el lugar que el señor tu Dios haya escogido para poner allí su nombre2 (Deuteronomio,16:11).

Justo hubo atravesado Israel el Jordán para empezar a poseer la Tierra Prometida, seis tribus debían concentrarse en la montaña de Gerizim para pronunciar las bendiciones a favor del pueblo. Las seis restantes en el monte Ebal para pronunciar maldiciones, entre ellas: “Maldito el que pervierta el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y dirá todo el pueblo: Amén”. (Deuteronomio, 27:19).

Un maestro de la ley quería justificar su comportamiento preguntando a Jesús. “¿Quién es el prójimo que tengo que amar?” Jesús le responde con la parábola del Buen Samaritano, en la que expone que un samaritano, persona odiada por los judíos se preocupa de alguien que se supone judío, tendido en el suelo malherido por unos salteadores de caminos. Nosotros, los españoles, según la Biblia tenemos unas obligaciones para con los inmigrantes indeseados. A la vez, éstos también tienen unas obligaciones para con nosotros que les damos acogida. Con la ayuda de Jesús se pueden derribar los muros de separación y crear unos vínculos de buena convivencia.

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