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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La baza que debería jugar Obama

David S. Broder
David S. Broder
martes, 17 de noviembre de 2009, 05:25 h (CET)
WASHINGTON – Contra más sopesa el Presidente Obama nuestras opciones en Afganistán, menos le gusta la elección que contempla. Pero, como dice el refrán, gobernar es elegir – y ha prolongado el debate interno hasta el punto en que no da más de sí.

A juzgar por la duración de este proceso de deliberación y la profusión de filtraciones que han salido de Kabul y Washington, es evidente que no existe una vía de acción perfecta. Teniendo presente esa realidad, lo más apremiante es tomar la decisión – tanto si resulta acertada como si no.

El coste de la indecisión se eleva con cada día que pasa. Los Estados Unidos y su pueblo, los aliados que han aportado sus propias tropas a la lucha contra Al Qaeda y los talibanes, los afganos y su gobierno, todos aguardan con impaciencia mientras el problema se agrava.

Cuando Obama se convirtió en el jefe del ejecutivo, su rumbo de acción parecía claro. Estaba decidido por una retirada anticipada de Irak y un incremento de los recursos y el énfasis en la victoria en Afganistán -- el conflicto al que se refirió repetidamente como "una guerra de necesidad."

Envió 21.000 efectivos adicionales para mantener la seguridad de las elecciones afganas y designó a dos Generales nuevos, Stanley McChrystal para la guerra y Karl Eikenberry para la administración política y la reconstrucción desde la residencia del embajador en Kabul.

McChrystal propuso un nuevo plan de batalla que pone el acento en la protección de los centros de población y que exige hasta 40.000 soldados más. Eikenberry, sabemos ya, puso pegas dando rienda suelta al temor generalizado a que Hamid Karzai, ganador por defecto de las elecciones que el embajador ayudó a convocar, sea demasiado débil y corrupto para gobernar con eficacia el país, hasta con una presencia norteamericana ampliada manteniendo el orden.

Su discrepancia era manifestada y reproducida por toda la administración Obama. Los secretarios de Defensa y Estado se pusieron de parte de McChrystal; el vicepresidente y muchos del gabinete político de la Casa Blanca respaldaron a Eikenberry.

El presidente, retórica y acciones anteriores al margen, ha vacilado en la resolución del asunto. Obama tiene que recordar lo que decía Clark Clifford acerca del presidente de cuya administración formó parte, Harry Truman. Clifford, uno de los asesores más cercanos a Truman, decía que el presidente "estaba seguro de que hasta una decisión errónea era mejor que no tomar ninguna."

Mientras Obama delibera, su partido en el Congreso manifiesta una reticencia cada vez mayor a un compromiso incondicional con el esfuerzo bélico. Los presidentes de dos importantes comités del Senado, Relaciones Exteriores y Fuerzas Armadas, están defendiendo la reconversión de los soldados afganos -- si es que se puede encontrar alguno -- y depositar en ellos una parte mayor de la lucha.

Mientras tanto, los acontecimientos en Afganistán confirman la predicción de McChrystal de que el retraso en la ampliación del compromiso estadounidense de efectivos conducirá casi por descontado a avances de los Talibanes y mayores riesgos para los efectivos estadounidenses y las tropas aliadas.

Entre toda esta vacilación, es fácil olvidar los puntos fundamentales. ¿Por qué estamos en Afganistán? No por su propio interés para nosotros sino porque los dictadores Talibanes protegieron a los estrategas de al-Qaeda que ingeniaron la destrucción del 11 de Septiembre. Los Talibanes también oprimían a su propio pueblo, a las mujeres en especial, pero nosotros enviamos tropas porque Afganistán era el escondrijo de los terroristas que atacaron nuestro país.

Sabíamos que gobernar Afganistán no iba a ser fácil. Desde la noche de los tiempos se había resistido a las fuerzas extranjeras, y su orografía, su estructura tribal, su ausencia de tradición democrática y su pobreza, todo apuntaba a que una vez que llegásemos, sería difícil marcharse.

Pero George W. Bush dijo -- y Obama parece convenir -- que la retirada no era y no es una opción.

Ese imperativo se ve reforzado por la presencia de Afganistán, una agitada potencia nuclear al otro lado de la porosa frontera montañosa. Si los Talibanes vuelven a gobernar Afganistán, las células de al-Qaeda que ya están dentro de Pakistán van a operar con mayor libertad -- y las cabezas nucleares podrían caer en las manos más peligrosas.

Teniendo presente todo esto, no concibo que Obama se pueda negar a respaldar con hechos al mando militar que él eligió a dedo y la estrategia que le está recomendando. Podría no funcionar si el país es realmente ingobernable. Pero creo que tenemos que apostar a que la seguridad traerá el progreso político -- como ha sucedido en Irak.

Obama no pensaba que pudiera suceder ahí. Pero teniendo en cuenta lo que hereda, y teniendo en cuenta lo que hasta el momento ha hecho por su cuenta, creo que no le queda otra que jugar esa baza. Si no nos podemos permitir perder, entonces hay que jugar a ganar.

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