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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Abundando en las palabras de Mons. Martínez Camino

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 16 de noviembre de 2009, 04:54 h (CET)
El quinto: no matarás. No parece que, entre en los duros meollos de algunos laicistas, el hecho de que, efectivamente, existe una separación entre la Iglesia católica y nuestro Estado aconfesional, que no laico –como algunos ignorantes del contenido de nuestra Constitución se empeñan en afirmar –, sea algo a tener en cuenta. El hecho innegable es que, el Estado puede legislar y, de hecho, esta es la función del Parlamento de la nación; si bien, como todo lo basado en los hechos humanos, puede legislar justamente y pued hacerlo injustamente; lo que no quiere decir que, por el mero hecho de que las leyes emanadas de la Cámara Legislativa sean injustas, exista el derecho a no sujetarse a ellas. Ahora bien, el mero hecho de que nuestra Constitución declare, al Estado, aconfesional, no puede dar a entender que no se reconozca que, en España, existen una serie de congregaciones religiosas que se ocupan de aquellos feligreses que, por encima de lo meramente terrenal o físico, anteponen lo que, para ellos, es mucho más importante y que se concreta en la trascendencia, en la esperanza en que, después de esta vida plagada de injusticias, enfermedades, guerras, desigualdades, hecatombes, tiranías, maldades y demás adversidades e infortunios; exista otro tipo de espacio o dimensión en el que se iguale a todos y se compense a aquellos que supieron vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo, para los cristianos o las de otros tipos de credos, igualmente orientados a la trascendencia de la vida humana después de la muerte. Este convencimiento de que no todo se limita a esta vida, sino que pueda haber otro tipo de realidades, dimensiones o espacios desconocidos, en los que se puedan compensar o castigar los comportamientos humanos, después del hecho indubitable de la muerte; siempre ha sido algo consustancial a la naturaleza humana y, por tanto, a través de las múltiples civilizaciones que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad en nuestro planeta, siempre han coexistido, en un plano distinto, el poder material y el poder espiritual, representados por los gobiernos encargados de dirigir a los ciudadanos como miembros de una colectividad civil, en sus relaciones entre sí y con los otras comunidades similares y, por otra parte, los pastores y directores espirituales de aquellos acólitos que han decidido enfocar su vida espiritual hacia la consecución de unas aspiraciones que trascienden del espacio vital de cada uno de ellos.

Sin entender esta diferencia, esta separación en la forma de entender la vida, que pueda existir entre la ciudadanía de un mismo país y que forma parte de la cultura de cada nación; es imposible entender que, ante un mismo planteamiento, puedan existir dos enfoques que se diferencian, o se pueden separar, diametralmente. Como ciudadano, uno está obligado a acatar las leyes –siempre que se ajusten al orden constitucional –, emanadas de los órganos legislativos de la nación; no obstante, como persona libre, como sujeto de derechos y obligaciones, existe una parcela en cada persona en la que existe la libertad de enfocar sus voliciones, atemperar su conducta y encauzar su espíritu, como efecto del ejercicio de su propia inmanencia, el libre albedrío, hacia metas intemporales, en su búsqueda legítima de aquellos espacios de trascendencia a los que aspira. Son aquellas actuaciones que, en el caso de los católicos, le fueron señaladas, a través de los Evangelios, que le conducen por el camino más corto hacia la meta anhelada, que consiste en su salvación eterna.

Es obvio que este razonamiento no puede ser asimilado por quien abjura de lo espiritual y, ha decidido quedarse anclado en la materialidad de una etapa más o menos larga que concluye en la muerte y que, por tanto, todas sus aspiraciones consisten en sacarle, como los epicúreos, el mayor placer a cada minuto de su vida. Una actitud respetable pero, no más que la que sostienen los que discrepan de esta concepción materialista de la existencia. Por ello, resulta chocante que, los políticos, estos que han decidido, al parecer, que el provocar un aborto en lugar de constituir un parricidio, un delito indudablemente de gran gravedad; sea ahora considerado como un derecho de la mujer y que, por tanto, debe ser despenalizado; se rasguen las vestiduras cuando los Obispos españoles, ante la inminencia de que, la nueva Ley del Aborto, sea votada en el Parlamento de la nación, hayan hecho una advertencia, a todos los políticos católicos ¡Atención, sólo a los que profesan la fe católica!, para recordarles que no es compatible con nuestra religión, que constituye un pecado capital y que, por tanto, es imposible que, sin recibir la correspondiente absolución ( contrición y atrición), puedan comulgar para evitar cometer sacrilegio. Ni más ni menos. Tal y como le ocurre a cualquier ciudadano, que no consiente que alguien de fuera le diga lo que debe o no debe hacer en su casa; los católicos, bajo las indicaciones de los Pastores de nuestra Iglesia, debemos atenernos, si es que aspiramos a conseguir el premio que nos prometió Jesucristo, a las normas de vida que el nos dejó señaladas.

Sólo la mala fe, la ignorancia y el sectarismo de aquellos que se la tienen jurada a la Iglesia Católica, pueden ver, en las recomendaciones de monseñor Martínez Camino, otra intención que la de hacer saber, a todos los parlamentarios y políticos católicos que, en materia de la vida humana, las normas que nos fijó Jesucristo y que mantuvo dejándose crucificar, son claras y expeditas: no se puede matar y, el sacrificar a una criatura inocente, que se siente segura en el vientre de su madre y espera tener la misma oportunidad de vivir que tuvo ella, es un crimen vergonzoso, un acto contra natura y la más viva expresión de una deriva, en la actual sociedad, por la que todos los valores generosos de la solidaridad, la fraternidad y la caridad, existentes con anterioridad en la sociedad española, se han diluido a favor del relativismo más inhumano, egoísta e insensible, más propio de la crueldad de las antiguas civilizaciones bárbaras que de una ciudadanía que se precia de civilizada, que goza de un bienestar nunca conocido y que se declara abrumada por los miles de niños que fallecen a causa de las hambrunas; que se estremece cuando ve las fotografías de niños desnutridos por falta de atención pero, curiosa paradoja, se quedan completamente indiferentes ante las cifras estremecedoras que se conocen respecto a la incidencia de la práctica del aborto en Europa, 10.000.000 de niños sacrificados desde el 2002 y, en España, la ¡católica España!, la España que se levanta para protestar cuando se produce una violencia de género; se manifiesta cuando se cree que no se le ha aplicado una condena contundente a un asesino convicto o que no consentiría que a un niño de pocos años se le hiciera daño; se muestra insensible y comprensiva ante un hecho tan abominable como es que, cada año, desde hace ya mucho tiempo, a pesar de que aún el aborto está penado y sólo existen tres supuestos que permitan abortar, señores pásmense, cada año, se producen más de 100.000 abortos provocados; eso sí, aconsejados y practicados por “profesionales” que, seguramente, hicieron el juramento Hipocrático, pero que han sido incapaces de seguirlo, arrastrados por la ambición, la falta de escrúpulos y el mercantilismo. Cuando el señor Urkullu dice que se debería tener en cuenta la “realidad social” me gustaría preguntarle si, de verdad, esta realidad a la que se refiere también es la de la corrupción, los asesinatos de ETA, los más de 4.000.000 de parados y la de la falta de seguridad, el libertinaje y las estafas. Porque si, de verdad, es eso lo que le atrae, más vale que se calle porque ya sabemos de otros vascos, algunos también religiosos, que no han dudado en hacer la vista gorda con los crímenes de la banda sin que ello, por lo visto, les impida darse golpes de pecho.

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