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Pecados de pensamiento, palabra y obra del PP

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
domingo, 15 de noviembre de 2009, 06:27 h (CET)
Como se decía antes, se puede pecar de pensamiento, palabra, obra...y omisión. Ahora se dice menos, pero también. Esta Convención en Barcelona, habrá sido una buena oportunidad para que el Partido Popular haya podido hacer su examen de conciencia.

No solo ideológico o de pensamiento, que también, sino en los otros aspectos, para llegar a “conectar”, como proponía Soraya de Santamaría, con la sociedad emergente, y especialmente con la catalana, ya que la Convención se celebra intencionadamente en Cataluña.

Ideológico. Porque un partido con diez millones de votos, objetivamente es una alternativa de Gobierno, pero debe serlo en la mente subjetiva de los electores y ciudadanos. Estos deben perder miedo a algunas de sus telarañas y prejuicios mentales.Con una concepción demasiado tradicional e integrista de la vida, de la política y de las cosas, es ya imposible conectar con las generaciones de futuro y con los pueblos diversos que integran el país. Un concepto rayano, a veces, al fundamentalismo de la persona, y al unitarismo nacional-estatalista de una España que es plural, está fuera de la realidad. Negar la pluralidad es alentar el independentismo. No es conectar.

De palabra. Si la palabra, como la cara, es el espejo del alma, la dureza de las expresiones, la rotundidad en lo que es relativo, la condena en lo opinable, el “no” simplemente para oponerse (aunque se sea oposición), el no presentar la parte positiva en lugar de la negativa de las cosas, imposibilitan el diálogo y la mutua comprensión. No se suma, se resta. Con el riesgo de caer por la pendiente de la marginación. Lo negativo no convence ni entusiasma. No conecta más que con los siempre desconectados. Legalmente se puede, y quizás se deba, impugnar una norma, pero no por sí misma o los aspectos positivos que conlleve para unos ciudadanos o pueblos, sino por los inconvenientes generales de bien común y particulares que les puedan suponer a unos y otros. Resaltar solo lo que se cree malo, no conecta, aburre y fastidia a la opinión.

De obra. Si se quiere conectar, hay que escuchar de verdad, dialogar con los distintos y los adversarios, y actuar sin prejuicios ni posiciones doctrinales o dogmáticas, porque la vida es compleja y dinámica y las soluciones han de corresponder a problemáticas personalizadas y de culturas diversas. Una Constitución, por ejemplo, es la norma suprema que hay que cumplir, pero es interpretable por las instancias legales a que corresponda, y no es algo inmodificable. Un Estatut que una autonomía considera necesario, aunque pueda no ser el mejor ni caber ahora en el marco constitucional, con lo que se crearía una ilegalidad y una inseguridad jurídica, en el fondo no deja de expresar deseos y ambiciones legítimas de un colectivo que hay que tener en cuenta. Recurrirlo también es legítimo y puede que sea legalmente conveniente, pero ignorar su espíritu y rechazarlo de plano pueda ser causa de una profunda incomprensión. Recurrir no ha de significar condenar. En política no hay Tablas de Moisés.

¿Los pecados de omisión? Están en todas las conciencias: de la derecha, de la izquierda y de los nacionalismos, como los otros....Pero, en esto, casi nadie hace acto de contrición ni tiene propósito de enmienda.

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