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2012, el día del Juicio Final

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 15 de noviembre de 2009, 06:27 h (CET)
Ayer tuve ocasión de ver esa mediática película de 2012, lanzada a bombo y platillo. Tenía interés ella, ciertamente, por si había en una novela que tengo por ahí concursando alguna coincidencia sorprendente, de ésas que da la impresión de uno ha sacado la trama del inconsciente colectivo, por más que mi novela estuviera terminada mucho antes del estreno de esa película y aún de que se estuviera rodando. Nada que ver, por suerte, tal vez porque por español no demasiado conocido huyo del espectáculo y me centro en la literatura, procurando dar a mis obras distintos niveles de profundidad argumental y cierta exquisitez plástica.

En fin, que no. La película norteamericana es extremadamente pródiga en efectos especiales, obsesionándose tanto en esto el director que la trama argumental (inexistente) sólo se interpreta a sí misma una vez y otra, recreándose en la destrucción como meollo de la cinta, pero desatendiendo por completo el magnifico drama humano de miles de millones de personas. Algo en lo que cae el guionista o el director cuando ya está prácticamente fuera de tiempo (dura más de dos horas y media la proyección), y trata de remediarlo en un pispás con un recurrente buenismo del presidente norteamericano y aún de las poquísimas ratas que se salvan del holocausto humano a golpe de talonario y asesinato.

El autor o el director, o ambos, pasan sobre los crímenes injustficablemente necesarios y la mezquindad extrema de quienes se salvan, entretanto se recrea en la destrucción de todos y cada uno de nosotros: le gusta más ver cómo se precipitan los humanos sobre los abismos, que el dolor que eso implica. Una destrucción, por otra parte, muy celebrada por los espectadores, sin duda porque cada uno de los cuales se consideraba incluso entre los que salvaban mientras el resto de la especie perecía. Hay, por el fondo de ese inconsciente colectivo que antes mencionaba, cierto morbo hacia la destrucción, hacia el holocausto o el exterminio de la especie, cual si se percibiera que es el único fruto que se puede cosechar a tenor de nuestros actos…, o como si fuera un juego de anticipación del futuro que los filamentos del alma de la especie, cada individuo, percibe que de alguna manera como que está al caer, ahí al lado, a la vuelta de la esquina.

Karl Joung, el célebre psiquiatra suizo, estaba muy sorprendido de que antes de la II Guerra Mundial tuviera tantos pacientes que soñaban con Thor, Wotam u otros dioses guerreros, y fue precisamente el estudio de esta anómala concentración de pruebas sutiles lo que le llevó a definir por primera vez el inconsciente colectivo, el alma de la especie. Hoy, son muchos quienes piensan así, e incluso hay actualmente en marcha distintos proyectos que usan simples máquinas para captar los incidentes reseñables de ese inconsciente colectivo… ¡y funcionanan! Tal vez no sepamos muy bien cómo lo hacen, ni cuál es la causa que lo mueve o el mecanismo por el que se acciona, a no ser teorías más o menos inconsistentes que sugieren que tiene algo que ver con la suma y resultado de todas las acciones humanas, cual si el mismo inconsciente fuera una especie de juez que determina, pero al mismo tiempo avisa por medios muy sutiles del correctivo que piensa aplicar.

A los norteamericanos ha de reconocérseles que son buenos comunicadores inematográficos, pero ha de negárseles que sepan resolver las situaciones, tal vez porque se centran con excesivo ahínco en el espectáculo, incluso quizás sean los responsables de que vivamos todos en la sociedad del espectáculo. Con desvaríos como este 2012 nos apartan a todos de los fines y las consecuencias de nuestras acciones, un poco a modo de maniobra de diversión para que no veamos lo que verdaderamente hay y estamos haciendo, empujándonos a recrearnos con el dolor y la muerte de otros, e indultando a las ratas que se salvan del holocausto sacrificando a los más capaces.

Una película, en fin, que aúna y resume lo más abyecto de la condición humana, concentrándolo en dos horas y medias de muerte, dolor y sangre para miles de millones de personas, mientras que para el director y los pocos que se salvan las vidas, anhelos y esperanzas de estos miles de millones de seres sólo son el decorado de cartón piedra. Mal hicieron en aplaudir los espectadores que en algunos momentos de la proyección batieron sus palmas empujados por una euforia que les hacía verse donde jamás estarían; muy por el contrario, se encontrarían entre quienes ven cómo la muerte les avasalla, cómo morirían los suyos y cómo sus dirigentes les habían estado ocultando la verdad, engañándoles con falsas verdades y asesinatos mientras se aseguraban a sí mismos un asiento de privilegio en la superviviencia. El director y el guionista de la película les perdonan, e incluso les ofrecen un continente de nuevas tierras donde comenzar la aventura humana. Yo no, jamás les perdonaría. Tal vez por eso escribí mi novela. La trama de mi obra es otra que no tiene nada que ver esto, claro; pero sobre todo es radicalmente divergente en el final, en el resumen y en la fórmula de la apocatástasis.

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