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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

“La vida al final es un crucigrama que queda medio resuelto”

Luis Landero, escritor
Redacción
sábado, 14 de noviembre de 2009, 18:59 h (CET)
Empecé a creer en esta entrevista a medida que escribía las preguntas. A mi lado, ‘Retrato de un hombre inmaduro’, la última obra de Luis Landero (Alburquerque, 1948), la colección de reflexiones de un sujeto que está al borde de la muerte y repasa su vida postrado en la cama de un hospital. De vez en cuando hojeaba la novela y tomaba alguna nota. Jamás hubiera podido suponer que los entrevistadores tenían dudas sobre lo que querían saber. Imaginaba que su obligación, la de los entrevistadores, digo, era suscitar la duda en el entrevistado para buscar respuestas al menos originales. Novedosas, tal vez por repetidas, sería más difícil. Empezaba a sucederme como al protagonista de la novela, quien en la página 182 afirma "Ya he vuelto a perder el hilo de la historia". Y eso me ocurría a mí: que perdía el hilo de lo que quería preguntar. Sin embargo, después de desbrozar la jungla de ideas confusas que me asaltaban, de mirar una fotografía del propio escritor, de repasar alguna de sus obras anteriores, conseguí entrar en materia. Veinticuatro horas después, a la hora de la verdad, el guión se fue a paseo en algunos momentos, porque la cosa vino acelerada, fuera de hora, casi en tiempo de descuento. Y tuve que recurrir de nuevo al protagonista terminal y adaptarme igual que él "a las circunstancias como las nubes al viento". O sea, que de lo previsto poco, aunque quizá fuera mejor así, porque la conversación con Luis Landero el pasado martes en La Casa del Libro de Valencia, sonó y brotó más espontánea de lo que yo intentaba programar. En fin, que uno nunca puede estar seguro de nada.




Luis Landero.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

En ‘Juegos de la edad tardía’, uno de los personajes estudiaba las palabras del diccionario y en ‘Retrato de un hombre inmaduro’ al protagonista le gusta "jugar con las palabras y los argumentos", ¿cuándo descubrió Luis Landero las palabras como herramienta de trabajo?

Creo que de niño cuando me contaban cuentos. La música verbal me llegó con los cuentos orales y esa música es muy importante porque ahí está todo: la sintaxis, el tono de la voz, los altibajos... Luego, en mi adolescencia, apareció la poesía, aquellos trocitos de los manuales de literatura que memoricé y todavía recuerdo, con su ritmo, ese ritmo que hacía que las palabras pareciesen vestidas de fiesta, distintas. Así comencé a enamorarme de las palabras.

Y frente a las palabras está el silencio. "Ya lo ve. Enseguida me olvido de las virtudes del silencio. ¿Qué me habrá hecho a mí el lenguaje para que siempre ande a la greña con él?", dice también el protagonista. Los escritores ¿son parlanchines o callados?

No necesariamente han de ser una cosa u otra. Yo puedo ser muy charlatán, si me encuentro rodeado de gente agradable y a gusto, pero también me gusta el silencio. Cuando hablo mucho luego necesito purificarme y permanecer en silencio, que es como escribo, sin música, sin nada. Con el ruido de las calles madrileñas ya tengo suficiente.

Sus libros anteriores han ido apareciendo cada cuatro o cinco años. Sin embargo, desde su anterior novela, ‘Hoy, Júpiter’ y este ‘Retrato de un hombre inmaduro’ apenas han transcurrido dos, ¿le entró la prisa a Luis Landero?

No, no, lo que ha ocurrido es que, además de ser más breve, ha salido con mayor facilidad que otros. Quizá fue porque encontré enseguida la voz del narrador, empecé a tirar de ella y comenzó a fluir la escritura. Me identifiqué rápidamente con el personaje y, en realidad, ha sido él quien ha escrito la novela. Yo le he permitido hablar y me he limitado a prestarle mi mano.

¿Es cierto que es la primera vez que escribe sin guión?

Es verdad que me he dejado llevar, pero hasta cierto punto. Tenía un esquema previo, aunque muy vago y con mucho margen de maniobra. Me siento feliz porque la novela salió de un tirón y me ha resultado fácil escribirla, hasta donde puede resultar fácil escribir, claro.

El protagonista de ‘Retrato de un hombre inmaduro’ parece un tipo corriente y moliente, ¿por qué lo de "inmaduro"?

Es inmaduro por su conducta, es un hombre errático, tan pronto se siente atraído por el bien como por el mal, carece de referentes claros, anda un poco desorientado y no sabe muy bien por qué. Creo que a todo eso se le puede llamar inmadurez o tal vez de otra manera. A lo mejor es que, salvo excepciones, todos tenemos algo de inmaduros cuando no hay creencias que nos anclen a la realidad y que nos proporcionen una cierta solidez.

¿Qué tiene este "hombre inmaduro" de Luis Landero?

No lo sé, imagino que algunas cosas, porque siempre se dejan huellas por donde uno pasa y también en la escritura, pero en general es un hombre autónomo. No soy yo ni mucho menos, aunque seguro que le he prestado algunas ideas, algunos sentimientos.

‘Retrato de un hombre inmaduro’ también es una novela de personajes, tipos corrientes, que existen, que están por la calle: Tur, el viajante sedentario: Máximo Pérez, el hombre impepinable; Gisbert o Dr. Linch, el escritor por encargo; Sampedro, el perseguidor impenitente...

El protagonista es un hombre al que le gusta tanto vivir como contemplar el espectáculo del mundo, mirar. Es como el que está en una terraza tomando algo y fijándose en los que pasan. No siempre uno ha de ser el protagonista de la película, también puede ser el espectador. Y a este hombre le gusta más hablar de lo que ha visto que de si mismo, porque tampoco indaga mucho ni habla de su identidad, de su yo, le gusta sentarse en el patio de butacas y abandonar la realidad.

Su novela tiene mezcla aspectos trágicos y cómicos, por ejemplo el manifestante minusválido no tiene desperdicio, ¿está basado en un tipo real?

[Risas] No, no es real, lo que ocurre es que recuerdo que fui a todas las manifestaciones contra la Guerra de Irak y un día se me ocurrió. Entró en juego mi imaginación y le di la vuelta a la historia [nuevas risas].

Dice su novela que la vida es como una hoja de periódico...

Sí, es como esas hojas que llevan de todo: anuncios, necrológicas y crucigramas. La vida también es un crucigrama a medio resolver. Se hace a saltos y unas veces lo resuelves y otras no. Creo que la vida, al final, es un crucigrama que queda medio resuelto, con casillas que uno no termina de rellenar.

Seguimos con la vida ¿qué tal lleva su condición de jubilado?

Mi nueva vida la llevo muy bien, como la he llevado siempre. Quiero decir que la docencia no me ha quitado tiempo para escribir. No escribo más que antes, aunque sí leo y me concentro más, lo cual es importante. Y también tengo tiempo libre, tiempo libre hasta para derrochar.

Supongo que, una vez ultimada, habrá leído la novela, ¿si tuviera que volver escribirla, partiendo de cero, seguiría el mismo camino?

Ahora sí, porque todavía es un poco pronto. Como todavía está reciente, puedo leer algunos fragmentos, pero con el paso del tiempo romperé con ella y ya no me leeré. ¿Cómo me voy a leer a mí mismo, si ya no me puedo sorprender? No, uno no puede leerse a sí mismo.

Para terminar, ¿en lo próximo que escriba se dejará llevar o volverá al guión preconcebido?

Probablemente, me voy a dejar llevar, pero todavía no sé lo que voy a escribir. Depende de cómo sea la historia, porque si es una novela policiaca ahí hay una estructura que no te puedes saltar. He escrito cinco novelas, una pentalogía y, como escritor, siento que he de comenzar una nueva etapa.

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