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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

In hoc signo vinces

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
sábado, 14 de noviembre de 2009, 18:28 h (CET)
La cruz, desde tiempos inmemoriales, fue el instrumento de ignominia y humillación en la que los romanos daban muerte cruel a los enemigos del Imperio. Tras la muerte en ella de Jesús, se convirtió en signo de salvación, paz y reconciliación para todos los hombres.

La conversión al cristianismo de Constantino I el Grande, hijo de Sta Elena, se debió a la victoria que el año 313 logró frente a su poderoso enemigo Majencio en el puente Milvio. Mandó pintar, por inspiración divina, en todos los escudos de su tropa, una cruz que había visto reflejada en el cielo con esta frase: In hoc signo vinces. Con esta señal vencerás. Desde entonces el signo de la cruz, con o sin el crucificado, pasó a ser la señal cristiana por excelencia. Los cruzados tomaron de ella su nombre al ir a conquistar Tierra Santa. Toda la historia de Europa está impregnada del signo de la cruz y del crucifijo. Con la Revolución francesa, los humanismos ateos, el marxismo y la masonería, comenzó la lucha por desarraigar de los pueblos europeos todo signo cristiano, cuyas últimas consecuencias vemos en el comunismo y el laicismo que hoy propugna la izquierda radical. Las leyes laicistas e incluso algún tribunal, como el de Estrasburgo, podrán quitar de las paredes la cruz y el crucifijo, pero jamás podrán borrarlos del alma y corazón de los cristianos, pues son señal de la victoria definitiva sobre el mal y poderes de este mundo.

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