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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Corrupción

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
sábado, 14 de noviembre de 2009, 18:21 h (CET)
Palabra que habría que desterrar del diccionario. Su sólo nombre es molesto. No digamos sus sinónimos que evocan el vómito: putrefacción, descomposición, pus, podredumbre etc. Nadie sería capaz de convivir mucho tiempo con un cadáver.

No obstante nos hemos acostumbrado a vivir con la corrupción dentro y fuera de nosotros, como si nada. La corrupción moral, igual que la física, nos debería resultar a todos insoportable, intolerable. Por desgracia, a todo se acostumbra el ser humano.

El panorama que ofrece nuestra sociedad y clase política en general, con ejemplares excepciones, es más bien desolador. ¡Cuánta razón le asistía al primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez cuando escribía :”Los políticos tenemos que vivir entre la mierda; pero no hay que confundirse con ella”.(Rev.SRD). En toda corrupción está presente lo que Papini, en frase genial, llamó “el estiércol del Diablo”, refiriéndose al vil metal, el dinero.

Por él comienza toda clase de corrupción. Por dinero se roba, se mata, se miente, se calumnia, se viola, se cometen perjurios, se prostituye, se llevan a cabo toda clase de vilezas e indignidades, asesinatos y genocidios. Llegado el caso, hasta se vende el alma al diablo, se blasfema y se reniega de Dios. Para acabar con tanta corrupción que, cual marea negra o chapapote, salpica a la generalidad de los mortales, no bastan todas las penas y leyes del mundo. Sólo se precisan los 10 Mandamientos de la Ley de Dios.

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