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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La pregunta que ni hemos planteado aún

Jim Hoagland
Jim Hoagland
sábado, 14 de noviembre de 2009, 04:59 h (CET)
WASHINGTON -- Los vastos espacios abiertos de América motivan tal inquietud e incertidumbre a la población del país que en ocasiones los nervios les desbordan, echan mano de una omnipresente arma de fuego y se ponen a disparar indiscriminadamente contra sus conciudadanos. Esta versión de los hechos procede de un amigo europeo y pretende explicar la masacre de Fort Hood, así como la de aquellas que la precedieron y la de aquellas que aún están por producirse.

Las explicaciones generalizadoras proliferan igual que setas durante este morboso período interino en el que sabemos lo sucedido pero no conocemos con precisión el motivo ni la sucesión de hechos. Reconstruyendo lo sucedido, volcamos nuestros temores, resentimientos y expectativas más profundas en un patrón que de pronto queda sorprendentemente claro. Por supuesto, exclamamos, mientras leemos los comentarios hilvanados por los periodistas de antiguos vecinos, socios y primos lejanos que aportan el dato clave que lo explica todo, incluso si esa información no era hasta el presente momento lo bastante relevante para ser transmitida a sus superiores, sus mujeres o sus compañeros de golf.

Nuestra desea con desesperación que "ello" no hubiera tenido lugar. Así que primero nos centramos en el cómo se podría haber evitado el asesinato múltiple. ¿Por qué el FBI no siguió sus pasos, interrogó y por lo demás hostigó al principal sospechoso basándose en la (muy escasa) información que ahora resulta cegadoramente relevante?

A renglón seguido añadimos que aquellos que recuerdan al sospechoso en su etnia o religión deben ser fichados o marcados con nuevos odios o represalias como el seguimiento del FBI. Tenemos que limitar el significado de esta tragedia a este único caso, como dicta la ley y las normas de convivencia. Repetimos reflexivamente que la religión de nadie tiene algo que ver.

Lo cual es una de las formas en que prensa y ciudadanía por igual pasan por alto lo evidente -- evitar decir en voz alta que las muertes por arma de fuego de un total de 13 soldados estadounidenses en activo y en la reserva en Fort Hood constituyen actos terroristas que, de manera indirecta por lo menos, generan dudas importantes en torno al islam y las guerras estadounidenses en el extranjero hoy.

Los terroristas pretenden castigar, intimidar u obligar a la sociedad a cambiar, ya operen como redes de múltiples terroristas suicida (la atrocidad predilecta en Oriente Medio y el sur de Asia) o como homicidas armados que actúan en solitario (BEG ITAL)a la Americaine(END ITAL), como fue el caso). Sus objetivos y agravios son mucho más generales de sus objetivos facilitados. El grado de cálculo y coordinación -- las supuestas medidas tanto del terrorismo como de la cordura del asesino -- no es tan importante como el impacto de los actos.

Y con incomodidad obviamos la pregunta planteada al parecer por el Mayor Nidal M. Hasán, el principal sospechoso de los asesinatos de Fort Hood, acerca de la relación de las guerras estadounidenses en Afganistán e Irak con la religión de él, el islam. Hasán explicó a sus superiores que el ejército debía darse cuenta de que un buen musulmán no va a matar a otros musulmanes por los objetivos estadounidenses. Exigía reflexión, explicaciones y un permiso que le eximiera de ser enviado a Afganistán. No obtuvo ninguna de las tres cosas.

Pero la guerra de Afganistán está inseparablemente ligada a la lucha en el seno del islam por la dirección de esa religión. La versión radical de al-Qaeda, los Talibanes y sus socios en la yihad -- y probablemente en algún extremo, la versión de Hasán -- predica que es el deber del buen musulmán asesinar a los infieles y a los musulmanes que se alejen del camino fundamentalista. Ese es el motivo de que (BEG ITAL)ellos(END ITAL) se encuentren en Afganistán.

Para ellos, Afganistán no tiene nada que ver con la construcción de una identidad nacional, la contrainsurgencia, los niveles de efectivos o cualquiera de los demás asuntos que han dominado las 20 horas de penitencia mediante examen que el Presidente Obama se ha colgado a sus espaldas y las de sus ayudantes en su debate interno cada vez más amargo a cuenta de los objetivos y los métodos estadounidenses.

Una idea que ha echado raíces durante el examen es que las fuerzas de los talibanes pueden ser "politizadas" a través de amnistías y treguas locales oficiosas, y de esa forma ser arrancadas de al-Qaeda y su ideología yihadista. Pero esto pasa por alto de manera interesada o bien da por descontada la similaridad idéntica entre las doctrinas religiosas de los dos grupos a propósito de lo que constituye un buen musulmán y lo que hace.

Como la administración George W. Bush, esta Casa Blanca se encuentra incómoda describiendo o planificando la guerra en términos religiosos. Por motivos morales y prácticos, los líderes políticos y militares estadounidenses se resisten incluso a contemplar esa noción. De manera que el ejército no tenía ninguna respuesta preparada al desafío inicial de Hasán motivado por su religión y sus ataques hostiles posteriores a la presencia militar estadounidense en naciones islámicas.

La responsabilidad de los actos de Hasán recae únicamente en él mismo y en nadie más. Pero inicialmente, él estaba planteando la pregunta correcta. Estaba pidiendo a la cúpula militar que mirase esta guerra desde el punto de vista de los musulmanes que son a la vez sus principales protagonistas y sus principales víctimas. Hasta que esto suceda, las vamos a pasar canutas a la hora de imaginar el motivo de que nosotros estemos en Afganistán y la forma de marcharnos.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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