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Debilidad

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 11 de noviembre de 2009, 01:36 h (CET)
Todo cuanto nos afecta o rodea está gobernado por la Geometría de Fractales, todo es un punto de una ecuación progresiva y todo es una homotecia de algo menor que también tiene su expresión en algo mayor. Nada nuevo bajo el sol, en fin, y, por más que nos empeñemos en considerar cada suceso como algo novedoso, no deja de ser una reiteración de algo muy antiguo que tiene su réplica desde lo doméstico a lo macronacional y aún a lo universal. Al padre no le gusta castigar a su hijo, pero debe hacerlo cuando el vástago se desvía, si es que desea lo mejor para él; e incluso cuando el muchachuelo se enfrenta a sus primeros problemas fuera de casa, sea en el colegio o en la calle, el padre ha de permanecer distante no por deseo ni mucho menos por deilidad o crueldad, sino porque el chico debe aprender que todos sus actos tienen consecuencias y que debe ser capaz de asumir sus propias responsabilidades.

Así en lo pequeño, aunque no en lo grande, al menos en España. Mala cosa sería que el padre interviniera siempre que el jovenzuelo tiene un problema en el instituto o en la calle con sus amigos o con desconocidos, y tanto peor que interviniera no para solucionar el problema, sino para agravarlo, librando al jovenzuelo de esa dificultad transitoria y poniendo en riesgo con sus actos al mismo joven y aun a sus hermanos. Bien, pues esto, exactamente, es lo que está haciendo España con lo del pesquero Alakrana, que amén de no servir de mucho cuanto está haciendo el Gobierno a tenor de los resultados, nos está poniendo en peligro a todos los nacionales cuando salgamos de casa.

Llevo algo más veinticinco años viajando por el mundo, a menudo pasando más tiempo por esos mundos de Dios que en mi casa, y jamás pedí que me pudieran un escolta como seguridad –hubiera sido inútil-, a pesar de que no viajo precisamente por los países más idílicos. Soy mi propio responsable, procuro cuidarme y no meterme allá de donde no puedo salir –con ninguna excusa- y, en todo caso, asumo mis riesgos si es que oso vulnerar los principios de autoprotección que me puedo proporcionar. El Gobierno de España, con esto, me pone en peligro, porque por muchos de esos países por los que viajo, el secuestro es una moneda de cambio corriente y suelen los secuestradores mandar pedacitos de la víctima para invitar al pago, cosa que el Gobierno de España, por lo que se ve, está dispuesto a asumir, haciendo un efecto llamada a todos los delincuentes profesionales del planeta. ¿Será que no han servido de nada las erráticas y desquiciadas políticas de inmigración y los resultados que han procurado?...

No tenía por qué el Alakrana dedicarse a la pesca en aguas decididamente peligrosas por causa de la piratería, midió sus riesgos y se aventuró a ello, pero ahora clama. Un barco, por otra parte, que ni siquiera faenaba con bandera española, que se salió de la zona absurdamente protegida por gigantes contra enanos y se adentró allá donde era una presa más fácil. El joven se ha metido en un lío enorme, y el padre –del que a menudo el chico y sus próximos reniegan con cajas destempladas y tono ofensivo-, se ve obligado por meras cuestiones políticas a tratar de sacarle del lío, sabiendo como sabe que nos pone al resto de la familia en un severo riesgo de convertirnos también en víctimas venideras de estos u otros piratas. Y, para colmo, con la mayor pericia se pone a negociar con el gobierno de un país que no existe, a través de unos comisionistas británicos -¡si sabrán ellos de piratería!- y en beneficio de una pujante industria de los señores de la guerra somalíes que, muy humanos ellos, llevan toda una vida sangrando a su propio país. Un pan como unas hostias, en fin.

Que la preocupación de las familias de los secuestrados es lógica se calla por sabido, pero no es tan comprensible su indignación con un Estado del que reniegan, al menos considerando que no faenaban sino con la ikurriña. Tal vez ahora comprendan la necesidad y conveniencia de un Estado fuerte y unido, y que sus presiones sólo están contribuyendo a elevar el precio del rescate, el cual finalmente abonaremos los españoles de los que abjuran. Con toda la tragedia que esto significa, y comprendiendo que la primera patria del hombre es su familia, se puede disculpar la deplorable conducta de los parientes, pero no tanto la del Estado, quien debería tener un Gobierno para otra cosa que para satisfacer encuestas. Ellos se metieron en la boca del lobo solitos, y, ya que estamos ahí con un ejército –que la Ministra pretende que sea el de Gila-, lo que procede es mostrar que España tiene dientes de acero y llevar a cabo una acción severa de castigo. Nada de pagar rescates, nada de negociar con piratas: eso ya nos costó un Imperio. Sangre y fuego: para eso se tienen los ejércitos. Ni se le pidió al Alakrana que fuera como oveja entre lobos, ni debe el Estado ponernos en riesgo a todos. No debería haber estado ahí ni el pesquero ni el Ejército, pero ya que sucedió, que la debilidad y la falta de determinación de España no sean las fortalezas de los piratas.

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Josefa Romo Galito
 
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