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Disminución de jornada, ¿qué locura es esta?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 11 de noviembre de 2009, 01:34 h (CET)
Dos noticias relevantes que entrañan una conexión entre sí. Dos apuntes más que nos revelan la situación de nuestra economía y la sinrazón de que, el Gobierno, deba supeditarse, para evitar que se le plantee una huelga general, las conveniencias del país al chantaje al que lo están sometiendo los sindicatos CC.OO y UGT, aquellos a los que no les basta con recibir ayudas millonarias del Erario público ( a cargo de nuestros impuestos, por supuesto), sino que han conseguido erigirse en los mentores de las actuaciones gubernamentales, respecto al enfoque que se le tiene que dar a las medidas convenientes para intentar paliar la precariedad económica en la que está implicada nuestra nación. Si todos sabemos que, la señora Elena Salgado, fue elegida para sustituir al señor Solbes, para que se sometiese sin oposición a los dislates que, en materia económica, caracterizan al señor Rodríguez Zapatero; ahora sabemos que quien manda, en realidad, en nuestra depauperada nación, son los señores Méndez y Fernández Toxo, que saben que, lo que más le espanta al Ejecutivo, es que esta gran masa de desempleados, que cada día crece más, sin que parezca que ninguna de las medidas adoptadas por el Gobierno consiga contener esta peligrosa deriva; se lance a la calle en una magna protesta que ponga de evidencia la incapacidad del Gobierno para gobernar.

Por todo ello, no nos debe de causar extrañeza el que se produzcan fenómenos, como hoy se relatan en la prensa, consistentes en un aumento desmesurado de la economía sumergida, que, para aquellos que conocemos algo el fenómeno laboral, no son motivo de escándalo ya que, de siempre, muchas de las abundantes bajas laborales causantes del elevado absentismo empresarial, en realidad, no correspondían a enfermedad alguna, sino que era un medio de algunos desaprensivos de procurarse un sobresueldo a costa de la empresa en la que desempeñaban sus servicios. Se dice que un 82% de los autónomos parados recurre, para sobrevivir, a la economía sumergida, algo que no nos debe llamar la atención debido a que no cuentan ni con el subsidio de desempleo ni mucho menos con los 420 euros de las ayudas establecidas por el Gobierno. Es evidente que nadie está en condición de denominar este trabajo “complementario” de estafa ni de fraude, ya que a nadie se le puede condenar a morirse de inanición. No obstante, existe el peligro de que estos autónomos, como otros muchos adscritos al régimen general que no buscan trabajo ni aceptan los que se les ofrecen porque (además de recibir el correspondiente subsidio o los 420 euros) se dedican a las “chapuzas” con las que consiguen sabrosos sobresueldos y, por añadidura, sin necesidad de trabajar a jornada completa. Vean ustedes, en Catalunya, si sale por las carreteras, la cantidad insólita de ciclistas que deambulan por ellas, aprovechando su “tiempo libre” para fortalecer su musculatura.

Esta sangría que supone que, en España, haya más de cuatro millones de parados, con el peligro de llegar a cinco; no lo olviden ustedes, pesa sobre las espaldas de todos los españoles que trabajan y de los pensionistas que, en su día, trabajaron para tener derecho a las correspondientes prestaciones. El hecho de que haya desempleados que prefieran seguir en el desempleo en lugar de aceptar los empleos que se les ofrecen, es obligar a los que trabajan a un esfuerzo supletorio, que se manifiesta en la necesidad de hacerse cargo de las cargas de la Seguridad Social, traducidas a un aumento de los impuestos, para que se les continúe pagando el subsidio a una pandilla de “vividores” que no dudan en sacar provecho de su situación de parados. Pero, por si esa trampa no fuera bastante, hete aquí que la señora ministra, doña Elena Salgado, fiel seguidora del mandato de los Sindicatos, se ha salido con una novedad digna de la mente más obtusa y ajena a la realidad de las empresas y de sus dificultades para sobrevivir. Nuestra vicepresidenta se ha hecho eco de una de las más antiguas reivindicaciones de los Sindicatos españoles. En mis tiempos de actividad profesional, tuve ocasión de observar como era una propuesta habitual, en los convenios colectivos, el solicitar una reducción de la jornada laboral. El argumento siempre era el mismo: buscar más ocio para los trabajadores, lo que obligaría a la empresa a ocupar más gente para cubrir las horas de trabajo que dejarían de cubrir los beneficiados por el acotamiento de la jornada. Naturalmente, nunca se habló de reducir los salarios, antes al contrario, siempre se solicitaban nuevos aumentos salariales y, no crean ustedes que a cambio de ofertas de aumentos de productividad, no señores, cualquier intento de un estudio de productividad o rendimientos, siempre se rechazaba con el manido latiguillo, falso siempre, de que los obreros siempre trabajaban al máximo de sus posibilidades.

Pues bien, por si a las industrias no les bastaran; los problemas económicos que padecen no les agobiaran bastante; por si no tuvieran la dificultad de adecuar su plantilla al tamaño que precisan para adaptarse a la rebaja de pedidos; por si los trabajadores, aún en periodo de deflación no pidieran nuevos aumentos de salarios o la imposibilidad de conseguir créditos de los bancos no las tuvieran contra las cuerdas; viene la Salgado con una propuesta de reducir la jornada, como si esta fuera la mejor ocasión para implantar una medida que, sin duda, puede representar la puntilla para aquellas pocas empresas que, todavía, pese a las dificultades, han conseguido sobrevivir. Ante su incapacidad para aplicar medidas que han surtido efecto en todo el resto de naciones europeas, que ya están empezando a recoger los frutos de una planificación adecuada, nuestra vicepresidenta, la señora Salgado, sabedora de que ni Zapatero ni los Sindicatos consentirían una bajada de impuestos que permitiera a los empresarios respirar y tomar fuerzas; decide continuar con medidas que sabe que serán del agrado de los trabajadores pero que, igualmente, conoce que son inviables por el sobre coste que ello supondría para toda la nación española.

El truco de la oferta es ofrecer que, el Estado, se haga cargo de la parte teórica que dejaría de percibir el trabajador a consecuencia de las horas que dejara de trabajar. ¡La señora Salgado ha encontrado la cuadratura del círculo! Diciendo que el Estado paga y lo tiene todo dicho, salvo ¡atención!, que el Estado somos todos, vaya, todos los que pagamos impuestos y a los que ya se nos ha anunciado un sustancioso aumento de los mismos para el próximo año y esto ¡sin hablar de reducción de jornada! Piensen ustedes en que una nación endeudada hasta la coronilla, que precisa de más de 22.000 millones de euros sólo para pagar los intereses de la deuda y que, en su déficit público se demuestra que, el Estado, gasta el doble de lo que recauda. ¿De dónde van a conseguir sacar más dinero para cubrir la ingente cantidad que supondría una reducción de jornada laboral? ¿Se imaginan ustedes la cantidad de personas, funcionarios que precisaría el Gobierno para atender una medida tan complicada? ¿Quién vigilaría para evitar fraudes? La señora Salgado no sabe que hay empresas, que trabajan a tres turnos continuos, que precisan de unas rotaciones complicadas para que todos puedan disfrutar de sus descansos reglamentarios ¿Sabría ella solucionarlo? ¿Cómo establecería ella los relevos de los relevos? ¡Señores, no tiene ni idea, se lo aseguro! No sabe en el berenjenal en el que se mete. Los empresarios sí, y a ellos les tocará apechugar con los caprichos de la señora Salgado. Lo dicho: un cupo de ministras infumable. ¡Dios se apiade de nosotros!

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