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Opinión
Etiquetas:   Opiniones de un paisano  

Del crucifijo y las aulas o, lo que es lo mismo, de la formación y el adoctrinamiento

Mario López
Mario López
miércoles, 11 de noviembre de 2009, 01:32 h (CET)
Yo soy poco partidario de prohibir, principalmente porque sospecho que, de la misma manera que a mí me podría apetecer poner coto a ciertas expresiones de mi vecino, a mi vecino también le podría apetecer que se me impidiera realizar actos que son basa y fundamento de mi propia existencia, el más profundo trazo de mi cosmovisión.

Si decidimos abrazar la cultura de la prohibición posiblemente acabemos con todas nuestras disputas, pero no tendremos en qué ocupar nuestro tiempo. Y estoy dispuesto a morir de cualquier cosa menos de aburrimiento. Pero, dicho esto, tengo que añadir que a veces confundimos las prohibiciones con otras cosas que no tienen nada que ver. Eruditos opinantes que se proclaman exegetas, adalides y encarnaciones vivas del librepensamiento y la verdad más prístina, nos alertan del brutal desafuero que supone la prohibición de los crucifijos en las aulas. Aducen todo tipo de argumentos, desde la etimología a la tradición, pasando por Platón. Es cierto que etimológicamente la tradición significa entrega; que el compendio del saber y la experiencia de nuestra civilización suponen la práctica totalidad de nuestra cultura que ha de transmitirse de generación en generación. Pero, como ya está dicho, en su significado etimológico. Lo que estos concienzudos intelectuales no alcanzan a distinguir es el significado actual de las palabras. La actualidad es a la palabra lo que la salud al hombre. Prohibir un crucifijo no denota desafecto a las libertades ni a las tradiciones ni a las culturas. Prohibir el conjunto de símbolos religiosos e ideológicos en las aulas que acogen a ciudadanos multiculturales es sencillamente un obligado gesto de cortesía, además de una garantía de respeto a la diversidad de credos. De la misma manera que está prohibido hacer barbacoas en las salas de cine. Las aulas son recintos dedicados a formar intelectualmente a los ciudadanos, no a adoctrinarlos. Si un padre quiere impartir doctrina a su hijo, que utilice para ello su hogar o las múltiples y diversas agrupaciones destinadas a tales efectos.

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