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Autonomías

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 10 de noviembre de 2009, 05:08 h (CET)
Pasada ya una generación desde la forzosa proclamación de las autonomías –se aprobó un paquete que contenía carros, carretas y carretones, y era o eso, o el probable enfrentamiento civil-, podemos sintetizar el resultado de la infeliz ocurrencia de una forma más o menos simple: un desastre. Las realidad de las autonomías, vistas con la perspectiva de toda una generación en la que ha sucedido de todo, no puede ser más desalentadora: no sólo son unos reinos taifas de insoportable costo económico, sino también el cubil desde el que se está propiciando el enfrentamiento que los adventores de tal horror creyeron conjurar al instaurarlas. Lejos de haber sido el idílico autogobierno de las partes que descentralizaban para bien el todo de España, prestando especial atención a las peculiaridades de cada carácter regional, se puede considerar el impagable y sólido germen de disensión que nos arruina, divide y enfrenta.

No sé cuánto derecho tienen algunos a hacer lo que les dé la gana y dónde concluyen esos derechos, pero como que el costo humano, económico y social de toda esta terrible aventura autonómica no ha contribuido ni mucho menos a que los catalanes se sientan españoles, los vascos desistan de odiar a España, los gallegos hayan emprendido una subida al monte o que los habitantes de las demás regiones, todas ellas de segunda-B, tengan la imposibilidad de trabajar en las tierras catalanas, gallegas, vascas, mallorquinas o valencianas, y aun de saber sencillamente dónde se encuentran si no dominan los eufemísticamente llamados idiomas vehiculares.

Los desarraigos de quienes no siendo naturales de esas regiones, otrora integradas lingüística y socialmente en España, han tenido un costo humano extraordinariamente alto, como lo tiene el hecho de que un castellano, andaluz o extremeño se sienta más extranjero en esas partes de su propio país, verbigracia, que en Argentina, Chile o México, por citar sólo algunos casos. Se disimulará esta situación cuanto se desee y los políticos recurrirán a los artificios oratorios que mejor les cuadren –nunca faltaron argumentos ni para defender el genocidio-, pero la realidad es que todos, incluso los propios habitantes de esas comunidades de primera-A, estamos convencidos de que esto no es sino un simple escalón en la definitiva desintegración de España. Para los gallegos, vascos, catalanes, isleños de baleares y valencianos, sus autonomías son el germen de sus gobiernos soberanos, sus policías las de sus ejércitos independientes y sus niños, criaturas adoctrinadas en Historias falsas o falseadas, la ciudadanía contribuyente que sostendrá, en base al odio insuflado en sus almas contra España, las estructuras que los llamados nacionalistas han ido instaurando con el dinero que les ha proporcionado, curiosamente, el resto de los españoles.

Por ahora son el grueso de los llamados españoles, los habitantes de las regiones que se consideran España, los que corren con el oneroso gasto de esos que se llaman naciones soberanas a la cara o encubiertamente, y serán los ciudadanos de ambos lados los que andando el tiempo tendrán que soportar costos y sacrificios mucho mayores, para mayor gloria y beneficio de los radicales que dibujaron encubiertamente un porvenir taifa, primero, y soberano, después. Lo que parecía el derroche de un loco y casi folclórico despliegue de banderas, banderines y oriflamas, se ha develado como una costosa y casi insufragable duplicidad de las Administraciones, Cuerpos de Seguridad e infraestructuras nacionales, la cual, además de propender a la ruina de España, es ni más ni menos que el mecanismo de relojería que terminará por hacer saltar a España hecha añicos y encharcada en sangre.

Los resultados de estos treinta años de autonomías son tan lamentablemente desalentadores que uno, porque piensa, se hace cargo del arduo esfuerzo y la enorme dificultad que entraña deshacer el errático camino ya andado sin que la sangre mane a borbotones; sin embargo, más pronto que tarde habrá que hacerlo, porque el tiempo juega en contra de todos y multiplica los daños que habrá que enfrentar. O eso, o que ya nos dejemos de engañarnos, tomemos al toro por los cuernos y que cada autonomía tire por su calle y se busque su propio porvenir… con sus propios recursos. Dado lo insostenible de la situación financiera a que nos fuerzan las autonomías a consecuencia de la crisis que nos embarga, tal vez su mejor efecto sería clarificar nuestra situación general como país, examinar a fondo nuestras conciencias y hacer un punto y aparte: quienes deseen emprender una nueva etapa con una conciencia común a un lado y sin autonomías, y al otro, santas y buenas. Al fin y al cabo, sería el mejor partido que se le podría sacar a la crisis. Ligeros de equipaje, al liberarnos de estos lastres, sin duda llegaremos mucho más lejos.

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