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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La pasión de Henry Allen

Kathleen Parker
Kathleen Parker
martes, 10 de noviembre de 2009, 05:06 h (CET)
WASHINGTON - La denominada "pelea de sala de prensa" entre un editor y un redactor en The Washington Post hace poco ha servido de agradecida distracción de la pesadez de la reforma sanitaria.

Los dos caballeros llegaron a las manos por, nada menos, unas palabras. No necesariamente ad hominem, o por lo menos no exclusivamente, sino las palabras como calidad de la escritura. Así comenzó el enfrentamiento que condujo a un puñetazo.

Aún me dan palpitaciones.

El boxeador de una esquina era Henry Allen, un reconocido redactor y editor de la sección Style. Al otro extremo del puño de Allen estaba el redactor de la sección Style Manuel Roig-Franzia, co-autor de un “fotículo” (un juego de palabras entre foto, imagen y artículo) al que Allen llamó el segundo peor de la historia que él había visto en 43 años de profesión.

Roig-Franzia respondió sugiriendo que Allen no debía ser tan hijo de "(piiiiip)." Allen, con 68 primaveras y a una semana de a jubilación, devolvió la estocada. Los espectadores de la sensación, incluyendo al editor ejecutivo Marcus Brauchli, intervinieron - y la Tierra siguió girando sobre su eje de la forma acostumbrada.

Si no hay daños no hay castigo, ¿no? No del todo.

Ha causado mucho estupor. Las opiniones varían entre "No podemos tener ese tipo de cosas aquí" y "¿Fue genial, eh?" ¿No? Me siento como Miss Rosie Sayer en "La reina de África", obedeciendo de mala gana en presencia del abocetado Charlie Allnut.

En un chat, Gene Weingarten, del Post, aplaudía la pasión, ausente desde hace mucho en las salas de redacción norteamericanas. Los periodistas de una cierta veteranía recuerdan cuando las salas de redacción zumbaban de actividad en busca de la bombilla. Los enfrentamientos pueden haber sido infrecuentes, pero los ánimos estallaban a menudo a medida que los plazos de entrega se acercaban a cuenta de la palabra justa, por lo general bajo la mirada atenta de un editor cuyo propio plazo estaba a punto de agotarse.

La redacción no era sólo un lugar de trabajo. Era un punto de encuentro para los renegados de la vida ordenada que, sin embargo, se crecían ante las circunstancias. Para crear a la carta es una habilidad contradictoria. Crear de forma artística no es generalmente una función del encanto.

Así, Drehle Von David, ex editor del Post y redactor (ahora en Time), lamentaba la decisión de Allen de no regresar a las oficinas, llamándole "el talento más brillante y original que he visto en más de 30 años en el oficio de periodista".

"En lugar de permanecer en el edificio, Henry debería tener una estatua en el vestíbulo", decía en el Washington City Paper.

Mientras que algunos miembros del personal han hecho una porra para ver cuál habrá sido (BEG ITAL)el peor(END ITAL) artículo que ha llegado a manos de Allen, otros han tratado de descubrir el significado más profundo de la reyerta. Entre las teorías avanzadas está que Allen estaba reaccionando al asedio de los nuevos medios de comunicación.

"Lo que estamos viendo es una profesión entera que pierde su arrogancia", escribe Natalie Hopkinson en The Root, una web alojada por el Post.

Pifia.
Bien, hay una palabra que no es probable que haya pasado por las manos de Henry Allen. O las de Matt LaBash, un ferviente admirador de Allen y el tipo de escritor mordaz que modela las oraciones que gusta ver bien claras. La idea de que este estallido emocional vaticina o acentúa el final del periodismo tal como lo conocemos ha bastado para lanzar a LaBash a enviar una diatriba por el correo electrónico, que se sitúa más o menos en la categoría de Bruce Springsteen cantando "Feliz cumpleaños".

"Es el mejor escritor por un factor de cinco que la sección Style ha visto", escribió LaBash. "El problema del papel es que no hay bastantes Henry Allens, lo cual internet demuestra a diario."

Puede que, tal como vienen las cosas últimamente, estemos exagerando el análisis de una pelea entre dos caballeros bajo la influencia de la testosterona. Alex Jones, veterano crítico de medios y director del Centro Shorenstein de Prensa, Política y Legislación Pública de la Universidad de Harvard, destilaba el suceso hasta su verdad más evidente:

"Tal vez es que soy del Sur, pero si me llaman hijo de ‘(piiiip),’ no voy a devolverlo a menos que sepa que va a servir de algo por mí… y puede que hasta por ellas."

Lo que equivale a decir que Allen estaba defendiendo su honor, un acto tan poco familiar en las redacciones mutiladas de hoy que apenas lo reconocemos. Nadie insistirá en que los puños son la vía adecuada para resolverlo (ejem, ejem), pero resulta sutilmente tranquilizador que tales pasiones sobrevivan en un mundo de tertulianos aficionados al Twitter.

Con preocupación por el honor mancillado de Roig-Franzia, todavía es posible celebrar la energía de Allen. Como diría Miss Rosie: " Sr. Allen, es usted el hombre más valiente que jamás haya existido. Sólo está atrasado, eso es todo."

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