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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Crónicas de Egipto (II)

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 10 de noviembre de 2009, 04:58 h (CET)
Sin que hayamos coincidido físicamente, Fernando Sánchez Dragó y quien esto escribe hemos decidido conjurar las primeras heladas y esos vientos que acaban de desnudar a los árboles, yéndonos en el mágico y breve noviembre, el Mes de los Muertos, al país donde la muerte constituyó, sin paradoja alguna, la consecuencia más deseable de la vida: Egipto.

Los antiguos habitantes de las Dos Tierras contemplaban la normalidad de la muerte con alegría; la consideraban una culminación deseable, aunque no por ello dejaran de disfrutar intensamente de las cosas cotidianas. Y resulta curioso que sean precisamente los orondos y desacralizados habitantes del llamado “mundo desarrollado” quienes muestren un interés casi morboso por un concepto de la vida del que es muy dudoso que puedan tener un atisbo. En las sociedades monoteistas (judaica, cristiana o mahometana) la muerte equivale a dolor, nunca a la culminación natural de un proceso que desemboca en “otra cosa”, y por eso se oculta lo más que se puede y se rinde un culto absurdo a la juventud.

Esos miles y miles de turistas que llegan como maletas y como maletas se van, empaquetados en aviones y autocares, a los sitios donde hace miles de años se rindió culto al halcón, al escarabajo, al carnero, al buitre, al chacal... se vuelven tan ignorantes como como vinieron; con sus souvenirs faraónicos y la memoria de sus cámaras llenas de inscripciones cuyo contenido no entienden y las ruinas de unos templos donde se rendía culto a deidades elementales, como el sol, la luna, la noche, las estrellas, el viento; aunque se fueran amalgamando en sistemas con el paso de las generaciones y de las escuelas teológicas, formando una religión de muy difícil interpretación.

Lo neones, ruidos, humos, avenidas y edificios de hormigon creados para formar esa infraestructura que solo aspira agradar al pequeno burgues que no puede sobrevivir dos dias sin una ducha o uno sin dormir en una mullida cama, han dado al traste definitivamente con el poco encanto que le pudiera quedar a Luxor. Su templo es un anacronismo (otro mas), en medio de una ciudad que pretender ser “moderna y occidental” y solo ha conseguido ser fea (Pense: siempre nos quedara la orilla occidental, la de las impresionantes necropolis tebanas. Pues no: todo encanto, todo misterio se ha desvanecido desde que, al albur de la construccion de un puente que une las dos margenes, se haya salvado el ultimo obstaculo que quedaba para el asalto final.

Junto al templo de Deir-el-Bahari, dedicado a la reina faraon Hatshepsut, se alzaba un pueblo bastante siniestro (yo lo visite antano en diversas ocasiones) llamado El Qurna. Entre sus calles polvorientas se abrian, como guaridas de alimanas, las llamadas Tumbas de los Nobles; una verdadera necropolis que albergaba tesoros como el de la tumba del visir Rejmire. Los hoscos habitantes de este pueblo casi fantasma (y , desde luego, imbuido de los espiritus de aquellos difuntos) se habian dedicado desde tiempos remotos ,y hasta casi la actualidad, al pillaje de tumbas. Uno de los mas famosos “capos” de este pueblo de Ali Baba, fue Abd-el-Rasul; un personaje que parece sacado de un relato de las “Mil y una noches”, y que vivio en este pueblo durante la segunda mitad del siglo XIX. Cuando a traves de una delacion fue detenido y tuvo que confesar de donde provenia su fortuna, el mundo de la epoca conocio que la fuente era una enorme tumba oculta en un escarpado, donde sacerdotes de la XXI Dinastia alamacenaron las momias y los tesoros de numerosos reyes, reinas, principes y princesas, para evitar que fueran expoliados. El Rasul descubrio este tesoro en su juventud y tuvo la habilidad de ocultarlo durante buena parte de su vida, hasta que ciertas piezas arqueologicas aparecidas en los anticuarios de El Cairo levantaron sospechas y el chivatazo de un resentido miembro del clan hizo el resto.

El Consejo Supremo de Antigüedades Egipcias decidió acabar con El Qurna y hace pocos meses las "bulldozzer" no dejaron ni un solo edificio privado en pie; tan solo sobrevive la mezquita, pero dentro de poco tiempo correrá la misma suerte. Todo los habitantes, la mayoría contra su voluntad, han sido reubicados al borde del desierto.

Zahi Hawass, satrapa de la egiptología egipcia, ha decidido hacer una serie de “parques temáticos” de los lugares arqueológicos. Y ante la pasividad de todos lo va consiguiendo.

Espero hablar con Sánchez Dragó sobre nuestras experiencias recientes en Egipto. Me consta que ambos habremos tenido el contrapunto de visitar excavaciones, que son la única manera de no participar de “la gran charada” y ver algo interesante. Del interesante proyecto que acaba de comenzar en la necrópolis de Asasif (junto a Deir-el Bahari) el Instituto de Estudios del Antiguo Egipto, dirigidos por Francisco Javier Martín Valentín y Teresa Bedman, daré cuenta en un próximo artículo.

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