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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¡Ay, qué tiempos aquellos…!

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
sábado, 7 de noviembre de 2009, 09:17 h (CET)
En México, la utilización de medios audiovisuales de comunicación masiva para la movilización social tiene sus raíces en la Colonia, cuando la entonces novísima tecnología de la imprenta de tipos móviles, el no tan nuevo teatro y la música, fueron aplicados a la evangelización de los territorios conquistados. Durante la Independencia y la Reforma hay un uso estratégico de la propaganda con fines proselitistas. Las facciones en lucha echaron mano de los impresos –periódicos, folletos, hojas volanderas- para propalar sus ideas, convocar a sus adeptos y denunciar a sus enemigos: el 20 de diciembre de 1810 –tres meses después de su levantamiento-, Miguel Hidalgo funda El despertador americano como vehículo de las proclamas, exhortos, denuncias y llamados a las armas del movimiento.

Los realistas responden en especie y en 1811 establecen El telégrafo de Guadalajara como órgano de contra propaganda. Abundan las publicaciones lanzadas por ambos bandos para legitimar su propia posición y denostar la del contrario. El fenómeno va a ser constante a lo largo del convulsionado siglo XIX mexicano, con vehículos de propagada como el Diario político militar mejicano de Fernández de Lizardi o el Monitor constitucional de Vicente García Torres. Durante el Porfiriato el Estado recurre a medidas legales y políticas tanto para favorecer y alinear a la prensa amiga, como para perseguir y neutralizar a las publicaciones de oposición.

Durante el Segundo Imperio y la Reforma, Porfirio Díaz alentó y financió a diversos periódicos de oposición. Pero una vez en el poder se encontró con un periodismo adverso tan vigilante y combativo, que en palabras de don Daniel Cosío Villegas, “el gobierno estaba sujeto a un escrutinio inverosímil por su pertinencia y penetración. Su autoridad fue, en el mejor de los casos, una autoridad discutida. [El régimen] debía gastar mucha de su energía y de su tiempo, y algo de sus recursos, en defenderse y en atacar. Su acción y pensamiento se concentraban en la riña política del día, descuidando la acción administrativa. Esa fue la fuente del desprecio profundo de Porfirio Díaz por la palabra y por la pluma”.

Naturalmente, Díaz no escatimó esfuerzos para domesticar a la prensa, a la que asignó como función colaborar con el gobierno en su labor de regeneración y alejar del pueblo las ideas revolucionarias. Durante el Porfiriato, poco a poco se crea una prensa burocratizada, alimentada por toda suerte de canonjías, que apoya sin ambages la política oficial, proclama la paz y reprueba las tendencias oposicionistas, en tanto que la prensa de combate, “jacobina” o “metafísica”, es repudiada como regresiva y obstruccionista: prebendas y dinero para los periodistas afines, cárcel, persecución o “muerte en caliente” para los contestatarios.

Desde la ideología oficial, la palabra escrita debía insertar en las masas la idea de que la paz y el progreso eran valores supremos alcanzables sólo bajo la tutela del gobierno. Para ello el régimen se ocupó en seducir y adular a periodistas y editores simpatizantes, mientras que además de la fuerza, creó instrumentos jurídicos que le permitieran silenciar a los opositores. Desde el inicio de la dictadura se reforman los artículos 6º y 7º de la Constitución para que fueran los tribunales del orden común los que juzgaran los delitos de prensa. Además de sanciones con multas y cárcel, se recupera la disposición de que la imprenta pueda ser declarada como instrumento de delito y cómplices los operarios de los talleres. Este rigorismo tuvo efectos inmediatos. En 1883 la república contaba con cerca de 300 periódicos. En 1891 se habían reducido a 200. Sólo en el D.F., Veracruz, Tamaulipas, Yucatán, San Luis Potosí, Jalisco, Puebla, Sinaloa y Chihuahua, había periódicos diarios.

Una política semejante se aplicó al sector ilustrado, el más proclive a la crítica. Francisco Bulnes notó que “al restaurarse la República, sólo el 12% de los intelectuales dependía del gobierno. Diez años más tarde aumentó al 16%. Antes de la caída de Díaz, un 70% vive del presupuesto”. Javier Garcíadiego recuerda que “Díaz había logrado la despolitización de la sociedad mexicana. Sin embargo, la aparición de un grupo que a principios de siglo exigió la aplicación de los preceptos liberales, los efectos divisivos de la restauración de la vicepresidencia, las represiones a los obreros de Cananea y Río Blanco, la crisis económica de 1907, la entrevista al periodista Creelman, las ríspidas contiendas electorales de 1909 y el propio envejecimiento de Díaz, que hacía indefectible la competencia sucesoria, provocaron la repolitización de buena parte de los mexicanos, condición que facilitó la labor animadora de Madero”.

Los actores de la Revolución de 1910 comprendieron el valor estratégico del uso de los medios con fines de propaganda. Francisco I. Madero recurrió a la letra impresa para agitar a favor de la causa anti reeleccionista, y una vez en la Presidencia fue blanco de feroces campañas orquestadas a través de la prensa porfirista a la que el Apóstol se había negado a censurar. Francisco Villa dio facilidades para el uso del recién descubierto cinematógrafo en sus campañas y además cobró por ello. Venustiano Carranza operaba un aparato de propaganda extendido y complejo. Obregón gustaba de mantener una relación personal con los periodistas y escribía en los diarios de la época. Lázaro Cárdenas echó los cimientos para el sutil control oficial de los medios que sigue vigente en nuestros días…

En las películas de Joaquín Pardavé los personajes frecuentemente suspiran por “aquellos tiempos mejores”. Hoy tal vez sean los políticos, los asesores, los ingenieros sociales y los jefes de los grandes consorcios de comunicación, quienes se duelan: “¡Ay, qué tiempos aquellos, señor don Simón!”

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento
de Ciencias Sociales de la UPAEP – Puebla. México.

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