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¡Qué solos se quedan los vivos!

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 6 de noviembre de 2009, 03:25 h (CET)
La generación del 27 ha extinguido su última llama al sofocarse el aliento de Francisco Ayala, apenas unas horas después de que lo hiciera José Luís López Vázquez. Dos representantes dignísimos de una España que culturalmente está de cuerpo presente, aunque no junto a sus cadáveres porque no lo merece. Por suerte, la poesía vive, acaso porque no sea mayoritaria. Tal vez, por ello mismo se ha ido librando por ahora de los tejemanejes del márquetin y de los intereses políticos, lo que la permitido mantenerse pura. Sin embargo, no tuvo esa suerte el cine o el teatro, y si Francisco Ayala tiene muy dignos sucesores, no así sucede con López Vázquez, quien con su extinción deja vacías de talento las pantallas de cine español y casi absurdamente baldías las plateas de los cines en que esas películas se proyectan.

La poesía ha sobrevivido porque no es ningún fenómeno de masas, algo que no sucedió con eso que falazmente nombran como séptimo arte. Tal vez sean las masas los que acaban destruyéndolo todo, acaso porque vulgaricen lo sublime o quién sabe si porque en esas aguas confusas y tumultuosas es donde pescan los muy vivos, los golfos, los pillos y los de las cejas, a la siniestra sombra de SGAEs, subvenciones amañadas y ministras y gobiernos que compran a golpe de talonario las adhesiones de los más vendidos de ese mundillo degenerado que desconoce lo que es el talento y ni por asomo lo que es el esfuerzo.

A la hoy extinta Generación del 27, le siguen otras generaciones desbordantes de vitalidad; pero el cine murió sin que lo sepa, acaso al mismo tiempo que la política irrumpió torticeramente en la Cultura. Fueron las subvenciones y el nepotismo los que lo mataron, narcotizándolo primero con dinero, para ir anestesiando sus sentidos hasta que derivó en este horror que todavía y contranatural algunos defienden. Dos o tres joyas –no más- nos quedan todavía como representantes de una época tan miserable como gloriosa para arte interpretativo, y éstos, por su avanzada edad o por simple asco, están ya retirados de la interpretación. ¡Qué solos se quedan los vivos! Solos, sí; pero muy vivos. Sin talento, sin capacidad, se aferran en cuerpo y alma a la ubre de los intereses políticos, se recrean y regodean inventando orbes paralelos con burdas y estúpidas imitaciones de repartos de premios hollywoodenses, condecorando el interés o la influencia de éste o aquél, según convenga para meta en el tajo al nene o la nena, y otorgando premios de mucho tamaño y dorado oropeliano a actores que tienen serias dificultades para interpretarse a sí mismos.

El mundo del arte, sobradamente está contrastado a lo largo de la Historia, tiene su fragua en la calamidad, en el drama personal y en la carestía de medios. Nunca se hicieron buenos soldados en camas blandas, y nunca se harán con subvenciones o premios falseados buenos actores o regulares escritores. Por más que haya escuela de interpretación, por más que un gran maestro quiera inculcar en un alumno el arte dramático, de nada sirve la semilla que cae sobre baldío: es semilla perdida. El actor nace, cree en sí mismo y en su arte por encima de cualquier cosa, y se forja precisamente en la necesidad y el sufrimiento. Así como los mejores pintores de la Historia se hicieron entre el hambre y compartiendo lo poco que tenían o sirviendo a maestros que les dieran gratuitamente la oportunidad de desarrollar lo que eran, López Vázquez se hizo como cómico, trabajando duramente por nada o acaso nada más que por unas pesetas que no llegaban a ninguna parte. Así fue él, tal cual lo fueron sus maestros, los memorables Isbert, Bódalo, Prada y tantos otros, quienes por encima de lo que eran sólo tenían sus credos más íntimos. De ellos, lamentablemente, ya no quedan sino esos dos o tres memorables actores que ya están retirados.

Los actores en ejercicio de hoy están vivos, pero muertos. Su falta de talento es tan evidente como que viven sólo de medrar en el campo que sea vendiendo incluso su alma por un siempre falso aplauso político. Levantarían el puño en un acto de apoyo al gobierno lo mismo que ponen el cazo para recibir su salario judiano, pero incluso este papel tan excelentemente retribuido lo interpretan fatal. No creen en sí mismos, sino en vivir del cuento, y se interpretan en un papel que ha confundido sus vidas reales con la ficción que habitan, no siendo ya siquiera ellos mismos. En estos días en que no sin sonrojo les hemos visto hacer el paseíllo ante las cámaras de los telediarios para hacer de figurones, se ha podido sentir el patetismo de sus existencias en su manifestación más cruda. Ninguno de ellos, ni siquiera los que fueron algo o alguien en vida del dictador o en los primeros años de la transición, merecieron por su obra lo que el público les regaló ni merecen hoy seguir viviendo de aquel cuento tan pobre como timorato. Si analizáramos uno por uno los nombres de los cejilleros, comprobaríamos dolorosamente que no fueron ni son nadie, que no representan nada que tenga que ver con ninguna clase de Cultura.

Allá cada quién, claro, y que en estos tiempos de corrupción galopante se afirmen a la ubre que mejor les alimente, si pueden. A nadie puede molestarle que se corrompan estos supuestos actores o cantantes en una sociedad tan agusanada como la nuestra; pero, por favor, que dejen descansar en paz al maestro, quien sí fue lo que fue y probablemente lo siga siendo en la Historia, porque entró en ella por su propio mérito y su propio pie. Ninguno de estos don nadies, por chupar cámara, debieran tratar de robar al maestro sus laureles, aprovechando que ha muerto y no puede evitarlo. Sin embargo, así son los carroñeros, y lo que la naturaleza da no hay artificio que pueda cambiarlo. Por eso hoy las salas de cine se vacían cuando se proyecta una película española: ¡Dios mío, qué solos se quedan los vivos!

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