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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Bella, ciao

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 5 de noviembre de 2009, 02:50 h (CET)
Decepcionados, hastiados y un poco asqueados de la colosal corrupción que nos rodea, un día algunos decidimos echarnos al monte de la contestariedad, renunciando a los posibles beneficios de la sociedad friki. Una vida incómoda por de más la del partisano social, pero con el dulzor de la bohemia y la gratificación moral de que estamos haciendo lo correcto y que nuestro sacrificio tiene el valor del heroísmo que se niega a vender el alma por un plato de lentejas, así nos cueste el éxito. No es una mala vida, adempero, sino sólo una vida ardua. Aquí, en el monte, se puede ser libre de veras y usar el lenguaje correcto, quienes son compañeros de fatigas no esperan otra cosa de la vida que la experiencia de mantenerse firmes en sus credos y no contamos con los vendidos cejilleros de turno, los atracadores armados con Montblances o con adictos a los estupefacientes del fútbol o la canción marquetiniana-melódica de mucho lanzamiento televisivo.

Hace frío en el monte, y a veces la soledad carga mucho. De vez en cuando hacemos alguna incursión en las ciudades próximas para hacer sabotaje alzando la voz de la Justicia o denunciando atropellos flagrantes y que los sufridos ciudadanos sepan que las libertades de veras no han muerto todavía, a pesar de las oscuras circunstancias y los tétricos tiempos que viven; incluso en ocasiones editamos octavillas que difundimos por columnas libres o en círculos de rebeldía contra la corrupción, descubriendo las tramposas maniobras de esos taimados políticos vendedores de sueños, de enredosa oratoria, interés espurio y alma negra. Sin embargo, en esta soledad que sabemos acompañada por otras soledades tan leales como solemnes de otros que también se echaron al monte escarmentados y/o escandalizados de la sociedad friki, tenemos la certeza de que no cabe la traición entre nosotros y que podemos confiar al camarada todas nuestras inquietudes, incluso hasta el extremo de que cuando cunde la desazón por una batalla que sabemos perdida de antemano, nos sentamos en las calmas y frías noches del monte en torno a la hoguera y a corazón abierto entonamos el Bella Ciao con que nos despedimos de aquella inútil vida de servilismo social y de un amor natural que mantenemos puro en el formol de la idea, pues que sabemos que la prosaica realidad se hubiera encargado de descuartizarlo en el patíbulo del divorcio, de la traición o de la rutina.

Bella Ciao es para nosotros más que una canción: es un conjuro de unión romántica, la representación de nuestra renuncia y los altos fines de nuestros objetivos. Por amor renunciamos al amor, y cambiamos besos por espinas, caricias por desgarros y la calidez de un hogar convencional por una fría y húmeda covacha en una cárcava. En las claras mañanas, cuando atiesamos el esqueleto para reintegrarnos a una vida dura pero salubre, podemos ver desde esta altura los llanos en que la sociedad se ubica, allá abajo, en lo hondo de aquellas solaneras que a nosotros nos parecen abismos. Si hay bruma debemos esperar un poco; pero apenas el sol de la eternidad calienta el aire y la disipa, se muestra a nuestros ojos la sociedad a la que renunciamos, y podemos contemplara sin los desvaríos de los sentidos, así, íntegramente y en toda su perspectiva. Podemos ver sus oropeles y cómo cuelgan de los jardines plásticos bellas manzanas de las Hespérides de cera; pero también sentimos, si nos retiramos un poco y nos negamos a reparar en los detalles, un zumbido como de colmena o de termitero, y hasta sentir un hedor nauseabundo de cuerpo en descomposición.

Allá, el gobierno más necio e incompetente que pudo tener España, si es que no el más perverso; acá, la podrida oposición que es incapaz de poner orden en sus filas, acaso porque ambos partidos sean devotos del mismo diablo cojuelo; por acuquí, una clase política irreversible y totalmente corrupta, por acullá, los negros intereses de quienes, paso a paso y ley a ley, están montando el imperio del demonio más siniestro, el de la degradación de todos los valores humanos; y por todas partes, un comercio que convierte al hombre en una máquina ajena, en ganado ajeno, en seres esclavos nacidos para el goce y disfrute de quienes están más arriba en su siniestra cadena alimentaria, bien porque tengan más poder o menos empacho en mentir y engañar para hacerse con él. También podemos atisbar, aunque cada día sean menos, el esplendor de los inocentes y escuchar los espantosos balidos de los corderos que sacrifican, los niños inmolados en los vientres de sus madres o la infancia convertida por ley en el disfrute de los pérfidos corruptos. Y nos duele. Después de la romántica serenata de la noche anterior, de la desgarradora confesión a alma desnuda de nuestras penas de amor por el amor idealizado en el recuerdo, esto nos entristece tanto, pero tanto, que mudamos autocompasión por rabia y desesperanza por coraje, y nos determinamos a un nuevo artículo o a un nuevo golpe de mano, aunque sepamos que es una batalla que tenemos perdida antes incluso de librarla. Demasiado grande es nuestro enemigo y demasiados servidores tiene ese diablo. Sin embargo, ellos, los inocentes, los corderos, merecen nuestro sacrificio y, con el Bella Ciao en los labios, descendemos al llano, sorteamos defensas… y publicamos.

Algún resultado tiene nuestro esfuerzo, alguno. Nuestra hoguera nocturna ha crecido mucho en los últimos años y cada noche refleja, anaranjeados por las llamas como por un fulgor eviterno, numerosos rostros nuevos. El monte se está llenando de partisanos que luchan contra la sociedad friki y los políticos corruptos; una multitud que crece día a día y que nos hace sentir cada noche menos solos, por más que sigamos atascados en ese amor ideal que sólo se puede dar más allá de la carne. Y en esta tesitura, cada noche, bajo el diamantino llanto de las estrellas que orlan y enjoyan un universo de fes universales, el Bella Ciao se está convirtiendo en el número uno del hit parade de los hombres que sueñan con el Hombre. Aún queda un rincón para la verdad y la libertad, aunque la corrupción haya decretado la extinción de este derecho. Bella, ciao; por amor renunciamos a tu amor, hasta que el Amor sea posible.

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