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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El poder por el poder

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
jueves, 5 de noviembre de 2009, 02:25 h (CET)
La ambición del poder por el poder produce ceguera de mente. Es lo que le está ocurriendo a muchos políticos. No les importa oprimir a quien sea, venderse al mejor postor, entrar en el juego de la deslealtad, dejarse embadurnar de sobornos. Han perdido la conciencia del deber al servicio de la justicia y se inventan sus propias ficciones para seguir enganchado al tren de los lujos y de los derroches. El conocimiento ya no es poder. El hombre que puede, es político. La politización manda y gobierna por doquier, hasta en derechos que son inherentes a cada persona, sacrifica identidades culturales que son propias de la ciudadanía, resta libertades tan innatas como pueden ser las creencias religiosas y la justicia; una justicia que debiera emanar del pueblo, cuando en ocasiones parece que emana del pedestal político. Habría que cuidar muy mucho los derechos que otorgan los poderes; el poder no puede ser entendido de otro modo más que en base al respeto de los derechos objetivos e inviolables de todo ser humano.

El egoísmo y la codicia de poder, frutos de hoy en día, son víboras que nos acosan y ahogan descaradamente. Los poderosos quieren seguir pensando por nosotros. Viviendo por nosotros. El chantaje está a la orden del día. Al poder hay ponerle límites. La corrupción que vive España en estos momentos es bochornosa. A mogollón. Se ha perdido toda ética y la manipulación en beneficio propio es lo que impera. Al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición del poder por hacer carrera política; o sea, por hacer poder. Pensando en poder más, en lugar de servir mejor. Así tenemos lo que tenemos. Mientras una España se empobrece y agranda su riada de desempleados, otros viven de enriquecimientos ilícitos. Los efectos de tantos desórdenes se empiezan a notar, con el incremento del número de personas que no pueden soportar el aluvión de problemas que se les han venido encima y lo agravan, refugiándose en los paraísos artificiales de las adicciones.

El poder en el mundo es cosa suprema, pero haría falta darle claridad, desligarlo de los intereses particulares y partidistas. Hacen falta políticas de Estado, políticas de mundo, poderes transparentes, poderes justos… El poder por el poder, jamás. De lo contrario, se cumplirá la advertencia de la ONU, de que “uno de cada tres habitantes de las ciudades del mundo en desarrollo viven en asentamientos de emergencia, y a menos que se afronte el problema, cuatrocientos millones de personas más se añadirán a ese grupo para 2020”. Desde luego, si seguimos injertando en el planeta el poder de la codicia, del orgullo y la vanidad, vamos a continuar fomentando la exclusión, con la consabida degradación del hombre. Hay poderes que matan y estos hay que corregirlos más pronto que tarde.

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