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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El agujero negro de nuestro sistema político

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 5 de noviembre de 2009, 02:23 h (CET)
Es muy difícil, por no decir imposible, que los ciudadanos de a pie nos tengamos que conformar con las excusas que nos dan los partidos políticos por los maldadosos que albergan entre sus filas. No resulta de recibo que se nos quiera satisfacer, simplemente, con decir que “esto no debiera de haber ocurrido” o que “se tomarán medidas para que no vuelva a suceder en el futuro” porque, desgraciadamente para los españoles, hace ya muchos años que tenemos el convencimiento íntimo de que, entre los políticos, lo más habitual no es buscar el bienestar, favorecer las justas aspiraciones o remediar las injusticias que puedan existir entre aquellos a los que han prometido representar, sino, por el contrario, la práctica, la realidad sin tapujos y la experiencia de los años que vivimos gobernados por ellos ( cuando parecía que sólo era la dictadura del general Franco la que albergaba “aprovechados”), nos han enseñado que, en muchos casos, hasta los representantes de los partidos que, teóricamente, están en contra del sistema capitalista, en cuanto consiguen acceder a un cargo público ( y ya no digamos si tienen la lotería de ocupar consejerías de obras, sean públicas o privadas), parece que se olvidan de sus ideales, abjuran de sus deberes para aquellos a los que prometieron luchar por la igualdad, por mejorar sus salarios o por mantenerlos en sus empleos; para practicar, al pie de la letra, aquella máxima que habla de que “ la caridad empieza por uno mismo” pensando, probablemente, que la ocasión sólo se suele presentar una vez en la vida y que vida nada más hay una, por lo cual conviene no perder ripio y hacer lo necesario para que, cuando se cese en el cargo, los riñones estén bien forrados para no tener que pasar necesidades durante el resto de su existencia, sin necesidad de dar golpe; pasando a formar parte del elenco de “capitalistas” al que tanto criticaron cuando sólo eran militantes de base.

Pero, cuando la indignación de la población llega a cotas insospechadas, es en el momento en que, desde las altas esferas de la política, desde aquel grupo de favorecidos por la fortuna o desde aquellos advenedizos que han medrado, –no a consecuencia de sus méritos, sino valiéndose de influencias u otros ardides poco ortodoxos o abusivos –; se pretende imponer a la población más cargas fiscales, más moderación en sus gastos, más contención de salarios, menos disfrute del ocio o más recortes en sus economías domésticas; máxime si, en un ejercicio de su incapacidad, tolerancia o doble moral, se permite que sucedan casos como los que estos días, como si fueran setas, van surgiendo de la podredumbre interna de los partidos políticos que, a pesar de inculparse mutuamente, no porque les importe un bledo que los otros roben, si no por conseguir algún rédito político a costa de enfangar al adversario; nos revelan que, España, está en manos de una colección de aprovechados que, con buenas palabras, engaños y falacias nos quieren llevar “al huerto”, mientras el país está azotado por la crisis y los obreros en paro no dejan de multiplicarse, aunque haya algunos dirigentes, descarados y embusteros, que pretenden decirnos que lo peor ya ha pasado y que, a partir de ya, todo van a ser rosas y venturas.

Es preciso que la clase política tome conciencia de que, el pueblo español, no va a consentir más que se nos zarandee como si fuéramos marionetas, se nos fría a impuestos, se nos recorten los derechos, se nos machaque a prohibiciones y se pretenda tenernos pendientes de la caña con la zanahoria en la punta, para irnos arrastrarnos, como si de pollinos se tratase, al corral en el que pretenden mantenernos encerrados mientras ellos, como suele suceder en los regímenes totalitarios, empezando por el del señor Fidel Castro, amasan fortunas y viven a cuerpo de rey. Debo confesarles que yo fui de los que en las pasadas elecciones europeas no quise votar por ninguna formación política y, con la misma intención me voy a mantener ante las próximas legislativas si, en España, no cambian las cosas, si la mentalidad de quienes nos gobiernan no acepta que los gobernantes no gobiernan para los de su partido, sino para toda la nación y, si no se pone por delante el bien de toda España, a todas aquellas necesidades, ideales o proyectos partidistas, por muy importantes que fueren para sus intereses particulares. No existen razones, ni democráticas ni de otro orden, para mantener en sus puestos a quienes convierten la gobernación en un ejercicio de abuso del poder.

Se hace imprescindible que, desde las más altas instituciones del Estado, se tome conciencia de que la gobernación de la nación no puede fiarse a personas incapacitadas para comprender que, por encima de todo, está el bienestar, el trabajo y los derechos de todos los españoles y que no hay régimen que se sostenga, aunque se tilde de democrático, si quienes tienen en su manos el gobierno no son capaces de infundir a los gobernados confianza, fe en su honradez y seguridad en sus objetivos. Es preciso que se arbitren medidas que estén dirigidas a que, la representación del pueblo, quede debidamente fiscalizada antes de que los candidatos pasen a ocupar sus empleos en la Administración, de modo que deban ser sometidos, previamente, a un exhaustivo test de honorabilidad y se tomen medidas para que, tanto ellos como sus familiares más cercanos, deban hacer una declaración pública de sus bienes que, cada año, debiera ser comprobada por funcionarios de Hacienda, (para que no puedan volver a ocurrir hechos como los que estos días están alarmando, indignando y desalentando a la población española). Es evidente que se está a comenzando a percibir un fuerte rechazo por parte de la población, que expresa de viva voz y por escrito, su desagrado a tanto politicastro, corrupción y prepotencia, por parte de unas personas que han tomado la política como una forma de enriquecerse a costa del Estado.

No soy partidario de acudir a la desobediencia civil ni me gustan las manifestaciones ni posturas rebeldes a cargo de los ciudadanos pero, señores, de alguna manera deberíamos hacer entender a quienes tiene a su cargo el destino de la nación, que todo tiene un límite y que, cuando se pide a los españoles que nos sacrifiquemos, que paguemos más en solidaridad con los parados o que nos esforcemos por sacar adelante nuestro país; lo que no puede admitirse es que se malgaste el dinero público en beneficio de particulares que nos estafan; que se dilapide nuestros impuestos en regalos a naciones extranjeras, como viene ocurriendo en la actualidad (cuando se derrochan cientos de millones en regalos a los tiranos de Hispanoamérica) o en subvenciones a protegidos de la farándula, para que les apoyen en las elecciones. Alianza de Civilizaciones, viajes injustificados, dotaciones para obras absurdas, miles de millones en proyectos irrealizables y mucha endogamia en el reparto de prebendas, han convertido a nuestro país en el centro de la malversación pública, amén de ser el paraíso de delincuentes, terreno de mafiosos, jauja para personajillos que viven del cuento, espacio abonado para bandas de atracadores y lugar privilegiado para toda clase de “modas libertinas” apoyadas en el relativismo, emanado del adoctrinamiento que el gobierno extiende a través de la enseñanza por medios espurios, como sucede con esta asignatura, llamada EpC., verdadero atentado contra las buenas costumbres. Esto señores tiene que acabar. Si se mantiene, puede dar lugar a la ingobernabilidad del país y al rechazo del pueblo español hacia sus instituciones. De ello al caos político y, de él a la anarquía, apenas hay un paso.

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