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Profecías

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 4 de noviembre de 2009, 02:31 h (CET)
Llegado este punto del año en que el sol comienza a alcanzar su máxima declinación, no son pocos los que nos tornamos introspectivos –será por la disminución de las horas solares- y propendemos al saldo y balance de lo que ha representado para nosotros mismos el año que termina. Para algunos, este somero análisis, y según resultados, se traduce en la determinación de implantar nuevas actitudes o compromisos para el nuevo año, quizás anticipo de una nueva forma de vida que casi siempre queda sintetizada en el quiero y no puedo a que la tozuda realidad obliga –demasiado tiempo lleva en su oficio como para ser derrotada por un propósito-; y para otros, confiarse en los dibujos que los astros más próximos a nuestro planeta configurarán en el cielo, o aun en las profecías contemporáneas o remotas que los visionarios de turno han tendido a nuestro porvenir, acaso esperando que la suerte caiga de nuestro lado como a quien le toca el gordo de la lotería, así, como si lloviera.

Siendo como soy un creyente a carta cabal de la Ciencia de la Astrología –que no de los horóscopos ni de ésos que van por la vida con estrafalarios atuendos de astrólogos-, debido a que nuestra naturaleza es bastante más compleja que la simplicidad mecánica a la que tratan de reducirnos quienes carecen de cualquier fe o tienen la visión global del topo, debo apuntar que las configuraciones celestes no son buenas, ni mucho menos, y que no nos espera un 2010 nada brillante. Sin embargo, no quiero en esta ocasión detenerme en esto, ni aún en las predicciones de esos autotitulados videntes contemporáneos que, en el mejor de los casos, sólo son proyectivistas con miopía más que profetas, y, en su generalidad, más vivos del más acá que dotados del más allá. Quiero referirme a los otros profetas, a los que por algún medio incomprensible han sabido anticiparse a su tiempo en decenios, incluso en siglos, sin que ni los más rigoristas detractores puedan refutarlo.

Los aciertos de estos iluminados, así de Oriente como de Occidente, son de una firmeza aplastante, y ante tales casos, para quienes no tenemos esa especialísima cualidad, es tan fácil recurrir para justificarlo a la inspiración divina como a un don tan incomprensible que no sabemos dónde emplazarlo o a qué disciplina ligarlo. De alguna manera es como si hubieran podido ver el porvenir a través de una peculiar mirilla, o, como creían los mayas respecto de los viajes astrales de sus sacerdotes, como si hubieran podido ascender por el eje de la eternidad para contemplar la rueda del tiempo.

Ante lo sorprende de estas anticipaciones tan veraces e incontestables, el recurso de la divinidad es como una muletilla de superstición más que un acto de fe; sin embargo, en tal caso la divinidad habría de ser por fuerza múltiple y diversa, pues que estos vaticinios se han verificado con idéntico rigor en profetas de casi todos los credos y todos los lugares, así pertenecientes a culturas animistas como politeístas o monoteístas, cuando no sencillamente agnósticos o aun ateos. Bien podrían ser los muchos semblantes del mismo Dios, quien se asoma a cada cultura de la forma en que puede ser entendido, o bien algo un poco del más acá, una suerte de capacidad especial de estas personas tan especiales como para proyectar que el orden, por simple entropía, degenera en desorden, en corrupción y vicio de una forma continua hasta el establecimiento del caos y la degeneración absoluta, como en ese hervor que defiendo en mi Teoría del Puchero. Un desconcierto creciente hasta que es el propio caos el que provoca un Apocalipsis que genera un nuevo orden que da inicio a una nueva etapa. Sobrados casos hay de todo esto en otras eras de la Historia y aún más de la Protohistoria, y todas aquellas culturas hoy extintas no tenían credos que se parecieran a los nuestros, pero sí profetas que supieron adelantarse a su tiempo.

Sea como fuere, lo cierto que es que los profetas creíbles de las más diversas culturas concitan sus cataclismos y peores augurios para nuestros días, cosa por de más tan particularmente extraña como inquietante. Son demasiadas las voces que gritan como para que podamos desistir de escucharlas, y, bien sea por la mano de un Dios que también hace saldo y balance, bien por causas naturales o bien por la deriva de las sociedades contemporáneas, la cosa pinta en bastos. Haríamos mal en no escuchar estos pregones, por más que nuestro futuro no sea algo remediable, o, de otro modo, tan diversos vaticinios de tan diversas culturas no coincidirían tan sorpresivamente.

Me basta con mirar a mi alrededor para saber que esto no tiene solución, que los males peores de todos los tiempos montan su imperio hoy y ahora entre nosotros, que nos hemos declarado libre y soberanamente adversarios de la vida y de nuestros semejantes, y que nos hemos declarado devotos de la nada, la muerte y el egoísmo en su manifestación más cruenta. Hoy la pedofilia está legalizada, el aborto es libre, la explotación de nuestros semejantes es aceptada como algo normal, seguimos haciendo guerras injustas y produciendo millones de víctimas, estamos acabando con nuestro medioambiente y extinguiendo los recursos que nos sostienen, el hambre y la muerte asola a tres cuartas partes de la humanidad, somos demasiados aunque preservamos las vidas de los criminales sobre las víctimas y se ha elevado a la corrupción y a la perversión al rango de derecho al tiempo que se ha denostado la virtud como algo punible. Se han invertido las escalas de valores, y lo que siempre fue bueno es ahora malo, y viceversa. A aquello lo llamaron los antiguos de cualquier credo, Dios; a esto, diablo. Nos hemos hecho, pues, devotos del diablo, y en la muy próxima batalla final que libren el Bien y el Mal, en ese el Armagedón que próximamente librarán el Gog y el Magog, capitaneados por el diablo los unos y los otros por el Cristo justiciero, el Mahdi, el Kalki, el Krisnah, el Quetzalcóatl o el Maitreia, es más que seguro que no podremos estar del lado de los buenos. No sé si ese 2012 que está ahora tan de moda será la guinda que colme nuestra pervertida sociedad; pero tengo por cierto que el camino que seguimos sólo desemboca en un precipicio y que vamos tan deprisa que ya es imposible parar. Precisamente el mismo abismo por el que ya estamos cayendo…, y, ante cuya tesitura, sólo se nos ocurre dar un paso adelante.

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