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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Confrontando una montaña de deudas

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
miércoles, 4 de noviembre de 2009, 02:30 h (CET)
WASHINGTON - La imagen del gobierno de un país desarrollado importante no extinguiendo su deuda - es decir, informando a sus acreedores de que no va a amortizar la totalidad del importe adeudado - era, hasta hace poco, una proposición absurda. Argentina y Rusia han estafado a sus acreedores, pero sin duda Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña y similares no hacen esas cosas. Bueno, todavía es muy arriesgado decirlo, pero ya no es completamente inimaginable. Los gobiernos de los países ricos se han endeudado tanto que es concebible que un día, el doble supuesto que subyace a su creciente deuda (que los agentes de crédito van a seguir prestando y que los gobiernos van a seguir amortizando) podría venirse abajo. ¿Qué sucede entonces?

La cuestión es tan desconocida que el pasado ofrece muy pocas pistas de cara al futuro. La psicología es fundamental. Poniendo un ejemplo paralelo: el dólar. El miedo es a que los extranjeros (y también los estadounidenses) pierdan confianza en su valor y prescindan de él en favor del yen, el euro, el oro o el petróleo. Si demasiados inversores hacen eso, la estampida que cabría esperar podría desencadenar mareas de ventas de títulos y deuda pública estadounidense. Se llevan décadas pronosticando una crisis así. No ha sucedido aún. El descenso acusado del valor de la divisa ha sido paulatino, ya que el dólar conserva la confianza referencial sustentada en la estabilidad política, la actitud voluntarista, la riqueza y la baja inflación de América. Pero algo podría provocar la ruptura de esa confianza-- mañana o dentro de 10 años.

La misma lógica se aplica al marcado crecimiento de la deuda pública. Hemos ingresado en territorio desconocido, y somos prisioneros de la psicología. Piense en Japón. Durante el ejercicio 2009, su déficit presupuestario -- el desfase entre gasto y recaudación fiscal – ronda el 10 por ciento más o menos de su producto interior bruto (PIB). La deuda pública total -- el endeudamiento necesario para sufragar todos sus déficits -- se aproxima al 200 por ciento del PIB. Eso es dos veces el tamaño de su economía. La escarpada montaña de deudas plasma años de crecimiento económico lento, múltiples planes "de estímulo," una sociedad envejecida y el impacto de la recesión mundial. Hacia el año 2019, el cociente entre deuda y PIB podría alcanzar el 300 por ciento, según un informe de JPMorgan Chase.

Nadie sabe cómo interpretar estas cifras. Si alguien hubiera pronosticado hace 20 años que la deuda de Japón aumentaría de manera tan espectacular, el pronóstico sin duda habría inspirado esta alarma: Japón pagará asfixiantes intereses a medida que los asustados agentes de crédito exijan elevadas primas para compensar el riesgo de que el gobierno pueda no pagar o financie su deuda por la vía inflacionaria. En lugar de eso, ha ocurrido lo contrario. Los inversores japoneses - hogares, bancos, aseguradoras -- han absorbido el 94 por ciento de la deuda, según informa JPMorgan. Los tipos de interés a 10 años de la deuda pública japonesa han descendido del 7,1% en 1990 al 1,4% en la actualidad.

A primera vista es posible explicar esto. Japón tiene un considerable margen de ahorro privado para comprar bonos; la modesta deflación -- precios en descenso -- hace aceptables tipos de interés bajos; y los inversores siguen teniendo confianza en que la deuda nueva y el vencimiento de la antigua sean financiadas.

La situación de América es similar. A pesar de los enormes déficits, los tipos de interés a 10 años de los títulos del Tesoro han oscilado en torno al 3,5%. En tiempos de crisis financiera, los inversores han buscado el aparente refugio de la deuda pública. Pero la conclusión correcta a extraer (BEG ITAL)no(END ITAL) es que los gobiernos más importantes (como Japón o Estados Unidos) pueden endeudarse tanto como quieran con facilidad. Es que pueden endeudarse tanto como quieran fácilmente hasta que la confianza que despiertan se evapore -- y desconocemos cuándo, cómo o si esto puede suceder.

Las sociedades ricas de todas partes se enfrentan a un dilema parecido. La deuda está creciendo de forma descontrolada partiendo de niveles ya elevados. La Oficina Presupuestaria del Congreso reconoce que los presupuestos proyectados por la administración Obama incrementarán el cociente deuda entre PIB del 41% en 2008 al 82% en 2019. Los tipos de interés más elevados agravarán la carga de la deuda. Anticipándose a tipos más altos, la Oficina sitúa el importe de los intereses anuales de la deuda federal en los 799.000 millones de dólares en 2019, muy por encima de los 170.000 millones de dólares del ejercicio 2009. Ni siquiera el importe de la deuda consolidada está claro; añadir las deudas de las financieras públicas Fannie Mae y Freddie Mac (garantizadas en la práctica por el gobierno) a la deuda del Tesoro eleva considerablemente el montante total.

Pero contener la deuda a base de recortes del gasto o subidas de los impuestos implica medidas impopulares y dolorosas que, perversamente, pueden debilitar a la economía y empeorar el déficit. En Japón, el impuesto sobre el valor añadido actual (impuesto nacional sobre la venta) del 5% tendría que elevarse al 12%, dice JP Morgan, junto con recortes acusados del gasto. Enfrentándose a decisiones de este calado, algún país avanzado podría decidir que un descubierto parcial o completo, aunque grave, resultaría política y económicamente menos perjudicial que las alternativas.

Privados del crédito internacional o nacional, los países en situación de impago en el pasado han sufrido profundas crisis económicas, hiperinflación, o ambas cosas. Las probabilidades pueden ir en contra de una sociedad rica que tienta a la suerte, pero hasta la remota posibilidad pone de manifiesto la precariedad y la novedad de la tesitura actual. Los debates a cuenta de si necesitamos o no más "estímulos" (y deudas) eclipsan la realidad más extendida de que las deudas contraídas limitan cada vez más el espacio económico de maniobra de los gobiernos.

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