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Abu Ghraib para niños

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 3 de noviembre de 2009, 02:13 h (CET)
Hay menores que se las traen y que de angelitos no tienen ni el nombre, pero que con toda seguridad son el resultado de una infancia que ha sido cualquier cosa menos eso: infancia. Si hay algo que podemos tener claro en ésta nuestra España de estos días, es que nuestras autoridades se están especializando en crear monstruos de todo pelaje; pero sin duda los niños, a pesar de las tropelías que hayan cometido, son inocentes, si es que víctimas de este repugnantemente orden friki y arteramente tramposo que ha convertido a la infancia en un filón para los indeseables que comercian con ellos.

Mueve a la náusea que cada tanto nos asalten imágenes o noticias sobre los abusos que se comenten contra estos chicos y chicas en los centros de internamiento en que están recluidos como si fueran hampones, habiendo llegado muchos de ellos al suicidio. Apaleamientos brutales, maltrato continuo, vejaciones, torturas, abusos sexuales y una larga lista de tropelías –mucho más duro de sufrir que de relatar- están a la orden del día en estos centros que se supone garantes de su bienestar y de su seguridad, pero que en realidad cuentan con la cobertura y apoyo de esta infecta cohorte de políticos que sostiene y protege a esos inhumanos funcionarios de la porra, el vicio abyecto y la tortura. Sin duda el Sistema, en esta aberrante Sociedad del Roquefort que sufrimos, está creando las putas por venir o los delincuentes que harán las delicias de los policías brutales y las empresas de seguridad, porque estos chicos y chicas, cuando salgan después de toda una vida siendo vejados y torturados por el Sistema, tendrán el alma anegada de odio contra la sociedad y el Sistema que lo ha permitido, y, lo que es más grave, se odiarán a sí mismos y buscarán su destrucción, escapar de este infierno que es la vida a costa de lo que sea. Si fueran islámicos radicales, sin duda muchos de ellos se inmolarían matando; pero como por lo común carecen de ideología y han sido torturados por la sociedad en pleno, sólo odiarán a todo y a todos, y en esa tesitura, la carne, su carne, no es más que estopa sola y salada, susceptible de hacer con ella lo que sea. Ni Dios lo evitó, y, por ello mismo, incluso a Dios odiarán, echándose en los brazos del diablo.

Estos centros correccionales o estos hospicios o centros de asistencia y auxilio social para menores, debieran estar acondicionados y disponer de celadores especialmente dotados de humanidad para procurar un futuro más halagüeño y compensador a estos chiquillos que ya han sufrido en su corta vida más de lo que muchos adultos lo harán en toda su existencia; pero, lejos de eso, se ponen como cuidadores a auténticos monstruos que más y mejor estarían en infiernos peores que esos centros u otros penitenciarios, y ahí abusan de ellos de todas las formas imaginables, apareciendo a menudo las fotografías o videos de estos chicuelos en las páginas pornográficas de Internet, o son hostigados con una crueldad tal, que ven en la muerte por su propia mano una opción más dulce que soportar su misma existencia. Lo infamemente grave, lo salvajemente atroz, es que incluso en las pocas veces -comparadas con las que verdaderamente suceden- que saltan a la opinión pública imágenes de maltratos o abusos a los chiquillos en esos Abu Ghraib, siempre haya alguna despreciable especie de político que levanta su voz en defensa de los torturadores, quién sabe si porque cada tanto ese mismo político se da un garbeo por una de esas instituciones para satisfacer su instinto, o tal vez nada más para que le envíen a su domicilio para gozar de ella a una de esas criaturas estigmatizadas por la Sociedad del Roquefort que ha creado ése y otros políticos como ése.

Poca confianza puede tener un ciudadano sensato y medianamente informado en eso que tenemos por Justicia, pero lo que se impone, de todas, todas, es una intervención de oficio con el mayor rigor, aprehender a todos esos torturadores y enviarles al penal más siniestro, que sin duda será mejor que estos supuestos centros de protección de menores, porque son el infierno mismo.

La sociedad ha fracasado dos veces con estos chiquillos: una, consintiendo que la perversión legal e ilegal les convirtiera en las criaturas antisociales en que han dado; y dos, permitiendo que su vida y su humanidad sea vejada por esos diablos de porra y vicio. Hablarán los políticos de acciones sociales con voz mema y verbo barroco, pero son ellos los únicos responsables de que estas cosas sucedan, por acción o inacción. Y como que me da, a la vista de cómo se está desarrollando las cosas en este mi pobre país, que algo tienen contra la vida en general y contra la infancia en particular: violencia en los juegos, doméstica y social, degeneración, modelos frikis, mayoría de edad sexual a los trece añitos, capacidad de abortar a los dieciséis y, al mismo tiempo, no pueden sacar un libro de la biblioteca pública hasta los dieciocho. Sin embargo, y pese a todo, no creo que deban desaparecer estos centros y sus crueles torturadores, sino, ítem más, deberían multiplicarse, pero acogiendo como huéspedes a ser tratados a toda esta sarta de políticos, jueces y fiscales. Abu Ghraib, entonces, tendría una encomiable razón de ser. ¡Qué asco, de verdad! Y aquí no pasa nada.

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