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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Tempranillo y Cía

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 2 de noviembre de 2009, 06:34 h (CET)
Los bandoleros del XIX tenían por costumbre emboscarse en los angostos pasos de Sierra Morena, en los escarpados recodos de los Montes de Toledo o en los tramos más abruptos de las vías reales para asaltar las diligencias a punta de trabuco naranjero y atracar a los pasajeros. Eran arrojados, hombre sin miedo y con cierta ideología, muchos de ellos sobrevivientes de la Guerra de la Independencia que escaparon de las garras del infausto Fernando VII el Indeseable, o nada más que hombres de diferentes categorías expulsados de la sociedad por el feudalismo remanente y los señoritos facinerosos que aún controlaban España de punta a término. Por esto, precisamente, algunos de ellos fueron loables y afamados, e incluso alguno como El Sacristán, procedente de Valdilecha, o El Tempranillo, tenían su lugar de reunión en hosterías bien conocidas por todos, donde organizaban sus partidas y repartían los frutos de sus correrías. Eran años de carcundas y liberales, cociéndose ya lo que con el correr del tiempo serían las dos Españas, las mismas que desde aquel innoble rey (y su padre) no han dejado de buscarse la sangre.

Los bandoleros de hoy son de otra manera. A estos contemporáneos no les mueve ninguna marginalidad o ideología ni buscan la supervivencia, sino que se emboscan en la agreste impunidad de una Justicia corrupta, en la espesura de una Política indeseable y en los quebrachos de este “vale todo” en el que ha dado España para atracar a la ciudadanía con total impunidad y sin que haya tropas realistas o de la Guardia Civil que les persigan, acosen o cuelguen de una soga –como chorizos que son- en la plaza pública. Los bandoleros de hoy no usan trabuco naranjero ni navaja albaceteña, no llevan redecilla en el cabello ni tienen vello en el pecho como si lo cultivaran, sino que ni siquiera tienen cara, amparándose tras una cohorte de señoritas telefonistas, amenazantes cobradores patibularios y una legión de sanluises abogados diestros en la extorsión y la amenaza. No provienen de familias humildes ni tienen más ideología que el dinero, no reparten, no se la juegan, no ponen en riesgo ni siquiera su cara o su nombre para evitar poder ser identificados y escupidos; pero son más temibles que El Tempranillo, Curro Jiménez y el Pernales juntos y mezclados: son las compañías de telefonía y las de recobro, ambas guarnecidas en el sanctasantórum de una pútrida Justicia que trabaja día y noche para ellos, protegiéndoles.

Los ciudadanos que han osado aventurarse por las vías reales del crédito, poco importa que hayan saldado su cuenta o que sencillamente no hayan pagado, lo tienen crudo. Basta con que sus nombres estén en los listines de las empresas crediticias, telefónicas o de servicios para que, cuando se den baja –si tienen salero y lo consiguen, que ésa es otra- o salden sus cuentas, cuando ya tengan olvidado el asunto un par de años después, les vengan los dulces abogados o los barriobajeros cobradores con sus amenazas, conminándoles a que paguen taz a taz lo que no deben, pero de lo que no tienen resguardos, finiquitos o documentos que acrediten que están en paz con Dios y con el diablo. No importa; si no pagan, o les obligan a hacerlo un juez, en un porque sí que no admite defensa –es automático y basta con que lo digan los bandoleros extorsionadores-, incluso recurriendo a la expropiación de sus haberes o al secuestro de sus cuentas corrientes, además, claro, de entrar por la puerta grande en el RAI, el ASNEF y todos esos círculos de mafiosos con cubierta legal. Y, si no pagan todavía, puede ser que un par de matones a sueldo le rompan las piernas a los falsos deudores que no lo son, les acosen a los niños o les hagan la vida imposible de las formas más arteras, siempre con la complicidad del sistema judicial.

Así está España. No sólo es imposible darse de baja de un servicio como la telefonía, sino que tampoco importa lo más mínimo que se paguen las deudas, porque en cualquier recodo del porvenir, seguro, terminarán por aparecer sorpresivamente los bandoleros y forzarán a que se pague lo que no se debe. No sólo el osado incauto pagará dos veces sus deudas, gracias a los intereses de usura vigentes en nuestro país para beneficio de los bandidos apandados, sino que cuando lo haga y pase un tiempito, tendrá que hacerlo otras dos o tres veces, porque los intereses –dixit los bandoleros- han seguido corriendo.

El bandolero no tiene que demostrar que le deben, sino que basta con que lo diga en un juzgado para que un juez decrete la persecución del ciudadano sin que tenga éste el menor derecho a defensa. Son los mismos jueces que pasan del 3% catalán, del latrocinio existente en todos y cada uno de los ayuntamientos españoles, los que amparan y protegen a los políticos corruptos y los que se ceban con el pillo de medio pelo, con la señora que da un cachete a su niño o con la anciana que para sobrevivir en sus últimos días hace un viaje como camello. Una masa bien organizada vestida del negro de sus propias almas que no debieran tener a una señora con los ojos vendados y una balanza como símbolo, sino que deberían tomar el de sus mentores los bandoleros actuales: un empresario de telefonía o de empresas de recobro armado con un trabuco naranjero de Montblanc.

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