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Etiquetas:   La tronera  

La Revolución Francesa y la madre que parió al mundo en jalogüin

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 1 de noviembre de 2009, 09:49 h (CET)
Aquí me tienen, tratando de sacarle todo el jugo a la vida a pesar de la chorrada invasiva del jalogüin de los cataplines. Dispongo de cuatro días seguidos de fiesta y el 25% de ellos, el día de hoy, se lo han medio cargado cuatro adolescentes semi beodos que pululaban por mi barrio. Que como era jalogüin tenía que darles unas monedas o unos caramelos. Y como yo no estaba en casa sino disfrutando de la vida relajada y feliz con unos amigos me han embadurnado la puerta de casa.

Algo estamos haciendo muy mal cuando trastocamos tanto el sentido de las cosas. No se trata de que copiemos con estúpida y adocenada mentalidad las fiestas de papá yanqui, sino que no por ello dejamos de ser macarras y pueblerinos. Pueblerinos de la peor especie, de la especie aquella que contaba Gila: "Como era el forastero le tiramos de cabeza contra el pilón y encima se enfadó; joé, si no sabe divertirse que no venga".

Ha pasado una tarde sabatina serena y amena, entretenida y divertida. Unas cañas, unos pinchos y conversación sabia con un buen amigo: De primero, unos recuerdos amables de tiempos pasados, que ya vamos mayores; después, amplio intercambio de felices esperanzas futuras; de postre, breve comunicación de afecciones varias y problemas personales. Socializarse, en definitiva. Quién
lo iba a decir de mí hace unos años.
Y al volver a casa me encuentro la ciudad anochecida e invadida de monstruos mutantes, de brujas asilvestradas, de franquesteines de papel charol y vampiros de cartón piedra. Nos hemos vuelto locos o el poder de Jólivuz. País, vaya. Paisanos, joé. El caso es que semáforos y rotondas, mira que hay docenas de rotondas en mi ciudad, aparecen sembradas de invasores más extraños que E.T. en tiempos de hambruna.

Y van atropelladamente berreando por las avenidas cual ciervo frustrado en la Reserva Nacional de Fuentes Carrionas. Pero en plena ciudad, sin montañas, sin reserva y sin bosque. Y con asnos rebuznantes en vez de ciervos en busca de pareja. Mi calle aparece secuestrada por pandas de adolescentes con el seso sorbido por alguna película sangrienta que creen estar desfilando por Hollywood Boulevard o algo así. Van llamando de puerta en puerta y en medio de exigentes voces ordenan a los reposados residentes que les proporcionen caramelos o en su defecto unas cuantas monedas de curso legal. De esta pesadilla de jalogüin barriobajero el más beneficiado es el quiosquero de mi calle, se pone las botas en una tarde. ¿No habrá inventado esta tortura americanizada el muy ilustre y noble gremio de quiosqueros del reino?

Y cuando una puerta no se les abre los muy cabritos (habrá que esperar a que crezcan) porque el dueño no quiera o porque no esté en casa (en mi caso se trata de ambas circunstancias) le embadurnan la fachada con alguna guarrindongada. Pa joder, más que nada.

Hemos perdido el norte y equivocado el rumbo social. Creemos que todo el monte es orégano y que todos los días son carnaval. Y tonto el que no se divierta, que la Diversión, la sacrosanta diversión, es un Derecho Humano consagrado por la Revolución Francesa que hemos de ejercer aún a pesar de los demás.

A estos infantes predelincuentes les han hablado toda la vida de derechos y de su ejercicio cueste lo que cueste. Somos tan burros que nadie ha caído en la cuenta de que quizá convenía haberles nombrado alguna que otra escasa vez sus obligaciones. O los derechos de los demás, que viene a ser lo mismo, vaya. Pero para hablarnos de obligaciones, de esfuerzo, de entrega y de sacrificio no está ahora mismo el pueblo español. Hay que olvidar los cuatro millones y medio de parados, viva jalogüin y viva Zapathuero.

Al final me he preparado un sanfrancisco, me he puesto una peli antigua y la he visto abrazado a "Misanta". Y que se joda el mundo, la madre que lo parió.

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