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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

¿Por qué reprimimos hablar y pensar sobre la muerte?

Ana Sáez Ramírez
Vida Universal
sábado, 31 de octubre de 2009, 09:47 h (CET)
Una visión diferente ante el Día de Todos los Santos

Para celebrar el Día de los Todos los Santos, una tradición muy arraigada en toda España, es habitual visitar los cementerios donde pensamos que descansan nuestros familiares fallecidos. Pero este año queremos ofrecer una alternativa diferente con este artículo basado en el libro «Nuestra acompañante la muerte. Cada cual muere por sí mismo. Vivir y morir para seguir viviendo», en el que podemos leer este interesante párrafo: Para muchas personas, el final de su existencia terrenal, la muerte, tiene el gélido hálito de lo inconcebible, inexplicable e incluso horrible. El pensamiento de que uno ha de morir se expulsa con gusto de la conciencia. Sin embargo, tarde o temprano le llega a cada uno la hora en que ha de confrontarse con ella, sobre todo cuando la persona se ocupa demasiado con su pasado; pues precisamente la conciencia, que habla entonces de modo apremiante, no resulta ser un blando cojín donde descansar.

Quien es aún joven, en la mayoría de los casos no tomará en cuenta la brevedad o extensión de su vida terrenal, sobre todo si es de la opinión que reflexionará sobre ello sólo cuando llegue el momento. Pero ¿Quién sabe acaso cuándo el “compadre de la guadaña” le mostrará que la manecilla de su “reloj de vida” ha alcanzado las doce y que para él la encarnación ya ha acabado? Nadie sabe ni el año ni la hora, pero una cosa es segura, que esa hora llegará y con ella las preguntas, ¿cómo encaro mi muerte?, ¿Qué es para mí la muerte?, ¿Qué actitud tengo ante este proceso?, ¿Qué idea relaciono con ella? o ¿Me he preparado para esto?

Ante estas preguntas habría que decir sin complejos que quien niega a Dios, la Vida, se ha cerrado a la luz. Se ha establecido en el reino de las sombras, en la ignorancia espiritual, en la irrealidad, esa persona por lo tanto no percibe más la vida como tal, sino que está espiritualmente ciego, es decir, espiritualmente muerto, de lo que se deduce que no existen los muertos, sino únicamente los espiritualmente muertos.

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