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Manguncia y la Sociedad del Roquefort

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 30 de octubre de 2009, 02:14 h (CET)
En Física se sabe que los átomos, cada cierto tiempo, emiten espontáneamente una radiación alfa o beta y, tomando o dejando un protón o un electrón, se transforman en otro tipo de átomos; y se sabe también que en una masa conformada por el mismo tipo de átomos, aunque se ignore cuáles de ellos específicamente serán los que se transformen cuando se emita la radiación, se puede determinar la cantidad exacta de átomos que darán el salto. Algo así sucede con nuestra clase política. Después de muchos años valiendo todo –especialmente después de los sucesivos affaires del nefasto Felipe González y su cohorte de pillos- y sin que pasara nada, se ha producido una radiación Chori de alto poder y la masa política en pleno está mutando, dividiéndose entre quienes han sido pillados con las manos en la pasta y los que están a punto de serlo... si se les investiga. No hay inocentes, o éstos son una excepción que confirma la regla. Demasiadas riquezas hay por todas partes, demasiadas inmorales mansiones y demasiados haberes tiene toda esta tropa, cuando sus salarios no alcanzan ni para llegar con soltura a fin de mes. Vean los números declarados por los miembros del Gobierno, verbigracia.

Nadie quiso ver lo que estaba sucediendo y lo que muchos gritábamos: bastaba –y basta- con que se les pida a quienes tienen que justifiquen cómo han conseguido sus haberes. ¿Qué más sencillo?... Pero nadie lo hizo ni lo hace, y los políticos, que son los sheriffs y los bandidos a la vez, alardean de poder, se recrean en la prepotencia y se retiran cada día a sus palacios, mansiones o castillos con el beneficio de su latrocinio, a seguir urdiendo cómo legislar, otorgar licencias o maniquear la ley para llenar la bolsa de sus haberes negros. Ellos, los políticos, son lo que son porque obtuvieron el beneficio de la dejación de las otras autoridades que debían vigilarles –quienes a lo mejor están también en el ajo y es probable que muy prontito les llegue el turno-, los cuales evitaron convenientemente investigaciones o intervenciones de oficio. La corrupción de la clase política ha sido siempre un clamor –especialmente, ya digo, desde los años del infausto Felipe González y adláteres-, pero todos los que podían evitarlo han mirado para otro lado, y, al final, ha sucedido lo que ya es un hecho: España es un dominio azul, agusanado y maloliente dominado por la Sociedad del Roquefort, y su capital es Manguncia.

Los gusanos (y helmintos, y sanguijuelas, y gusarapos, y orugas, y lombrices..., cada cual según su especialidad) están por todas partes, y por todas partes devoran el tejido y los entresijos patrios: están en la política licitando, legislando, recalificando, colocando a contrapago a los ninios de quien abona el peaje en las Administraciones, etcétera; están en las teles, infeccionándonos con sus podredumbres morales, su bajeza intelectual y su sórdida ridiculez, entonteciendo a la ciudadanía; están en la Cultura, baboseando a la mano que les nutre, promociona y regala programas televisivos, pervirtiendo laureles o endiosando asnos con cejilla o sin ella; y están -¡válgame el Cielo!- hasta en la Justicia, erigiéndose algunos en divos de la limpieza internacional mientras tienen su casa manga por hombro y llena de mugre, y ni persiguen ni evitan que estos verdaderos peligros sociales nos roan el presente y el porvenir. El pasado ya nos lo deglutieron, porque nos sacaron a empellones de un Sistema pérfido… para meternos de lleno en este Sistema agusanado, indignantemente peor. Pero lo verdaderamente trágico es que, tal y como están las cosas, en la Sociedad del Roquefort son los propios gusanos los que deben eliminar a los gusanos, y como que no, como que no les hace ninguna gracia atentar contra sus coleguis choris, y les protegen encarecidamente con ese eufónico “presunción de inocencia”, cuando apestan a cantimpalo que no hay quien lo soporte.

La desvergüenza –y el tomarnos por tontos- ha llegado hasta tal extremo que incluso el mismo Gobierno ha hecho públicos los haberes de sus miembros, y resulta que oficialmente son pobres de solemnidad, o por lo menos de eso presumen algunos de ellos. Otros, tienen más deudas que haberes -¿qué banco habrá sido tan suicida como para haberles concedido tales créditos, y, lo que es más intrigante, a cambio de qué garantías o beneficios?-; y los demás, tienen, pero esconden al fisco el verdadero valor de sus propiedades. Todo un modelo de recto proceder, en fin. ¿Cómo va a ser extraño, así, por el amor del Cielo, que incluso las mamás de las portavoces se subleven contra el partido de sus entretelas por una mordida como Dios manda en un ayuntamiento costero, en un genuino y anélido golpe de anillo roquefortiano?... Naturalmente no tiene problemas toda esta trupé porque gobiernan desde Manguncia a la Sociedad del Roquefort que ellos mismos han impulsado, y sólo se han rodeado de quienes, por estar aún más podridos y siendo más malolientes, disimulan su inmundicia y su hedor.

¿Qué manos limpias podrían poner orden en este caos?... Ninguna, claro, porque el político que no está en el meollo de la corrupción sabía de sobra de su existencia, y hay demasiados vínculos y débitos entre ellos como para ignorar que, si alguno comienza a tirar de la manta y algunos otros lo imitan, si les fuerzan quedará al descubierto que bajo los hermosos enlucidos y el bello chapado de los muros, la casa patria está corroída hasta la estructura por esta infecta legión. Si toda solución a la Sociedad del Roquefort ha de venir de los compadres de los corruptos, es más que seguro que tendremos a Manguncia como capital de España por muchos años.

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