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Con un par

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 29 de octubre de 2009, 01:29 h (CET)
No me gusta ni un poquitín. Es más, considero a doña Esperanza Aguirre una mujer que está en las antípodas de mi pensamiento social o político y en la viceversa de lo que considero conveniente para mi país y su futuro... en condiciones normales; pero, como la situación es lo sea menos normal, no puedo por menos que reconocer su aplomo, su dignidad y su enorme capacidad para obrar a cara descubierta. Es una mujer de los pies a la cabeza, de ésas que en situaciones de crisis profunda, como la que vivimos en España en casi todos los sentidos, es más precisa que nunca.

No; no me gusta su política ni su ideología, pero es que me gusta mucho menos el demagogo Presidente que tenemos, y aún menos todavía el llamado líder de la oposición o ese Tutankamón de pega que tenemos como alcalde de Madrid, tan dado él a dilapidar lo que no es suyo, a lo grandilocuentemente absurdo y a ese constante pregonar con verbo barroco y sin contenido lo listo que es. Ése que derrocha 600 millones para causas perdidas de antemano, que promete su dimisión si no lo consigue y que, no habiéndolo conseguido, ni dimite, ni devuelve lo malgastado ni afloja en su verborrea incontinente de mucho bla-blá y ninguna enjundia.

A mi juicio adolece de tantos dones doña Esperanza que no bastaría con un artículo para referirlos, pero se le ha de aplaudir por su determinación a cortar por lo sano si es necesario, a su gobernar sin contemplaciones cuando gobierna y a su saber plantarse ante quien debe hacerlo sin que le tiemble el pulso o la voz. No gustarán sus maneras, acaso no gustarán sus credos, pero quienes la rodean, aliados y adversarios, saben a qué atenerse, que no hay melindres en sus actuaciones ni dudas en sus actos. Si ha de cortar cabezas, las corta; si ha de decir blanco, con pocos rodeos lo pronuncia; y si ha de mover ficha, suele dar jaque cuando menos. Comparada con Gallardón, es la reina de Saba, y con Rajoy, sencillamente alguien, cosa que el dirigente del PP está por demostrar que lo sea. Con Zapatero, ni lo menciono para no ofender. Tal vez cuando Zapatero sea algo.

Para que no queden dudas sobre mi posición, no hay en todo el espectro político ningún personaje que crea lo suficientemente digno de ocupar el puesto de Presidente, entre otras cosas porque no creo en la democracia, sino en la deontocracia. Sin embargo, y puesto que ninguno de los presidenciables me satisface, especialmente en esa izquierda que será lo que sea menos izquierda, no vería con malos ojos que esta señora tan antipáticamente firme metiera en vereda a este país de pillos, tramposos y charlatanes. Al menos en su Gobierno madrileño todos –oposición y su propio partido- saben que no pueden moverse sin justificación sobrada, y, quien lo hace, está al tanto de antemano sobre a qué se atiene. No le tiembla el pulso, es firme con los transgresores, inflexible con los corruptos detectados y de una rigidez encomiable con las dobleces de quienes se acercan a su Gobierno con intereses espurios.

Mal que me pese, no es éste un momento para débiles. En realidad nunca lo fue, aunque lo haya sido. España no puede salir de la crisis con un Gobierno sin brújula y con una oposición desbordada. Se necesita una determinación que de ninguna manera tiene Zapatero y ni por asomo se le ve a Rajoy. Tal vez, ahora más que nunca, de todas las opciones posibles ninguna sea buena, y tanto más por cuanto estamos embargados por una clase política desacreditada por sus propios actos y en un proceso de descomposición que amenaza con sumergirnos a todos en el Tercer Mundo; pero sin duda se necesita de una mano firme y un carácter enérgico como el que ostenta esta doña Esperanza a quien las circunstancias están convirtiendo en una solución viable. Tal vez no la mejor, pero solución, al menos transitoriamente.

A menudo en los actos de gobierno se trata sólo de subir un escalón de cuatro años, y la contrahuella del peldaño que debemos superar en las actuales circunstancias requiere como condición sine qua non que no sea alguien que tenga los pies y las manos atadas, como es el caso del Presidente actual –por manifiesta incompetencia- o del actual dirigente de la oposición –por incapacidad demostrada-. Se necesita ahora más que nunca firmeza para hacer funcionar la guillotina política, para limpiar los campos patrios de corruptos y de delincuentes de los negocios, y reinstalar a España en un orden de honestidad y firmeza que hemos perdido desde que Felipe González llegó al poder y desvirtuó lo que era la honradez, la política, la izquierda y la conciencia. Es hora, quizás, de que por la doble condición de mujer y política honesta, Esperanza Aguirre tenga la oportunidad, con un par, de dirigir este país que no sabe ya adónde se dirige.

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