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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

De nobeles y coladas

Ruth Marcus
Ruth Marcus
miércoles, 28 de octubre de 2009, 01:10 h (CET)
WASHINGTON - "Apuesto a que no estaba doblando la colada."

Carol Greider, ganadora del Premio Nobel de Medicina en 2009, acerca de lo que estaba haciendo a las 5 de la mañana cuando sonó el teléfono, y lo que se le ocurrió al saber del premio del Presidente Obama.

¿Hay alguna mujer que no lea estas líneas y sonría con reconocimiento? La evaluación irónica de Greider lo plasma todo del estado de la mujer moderna: Premios Nobel, pero también – por no decir inevitablemente, por lo menos de forma aplastante – lavanderas, cocineras de almuerzos escolares, casamenteras, secretarias.

Esto no es tan denuncia como una observación. De hecho, creo que en cierta medida las mujeres son reticentes a ceder el dominio doméstico a la vez que se convierten en mayoría de la masa laboral.

"La nación de una mujer lo cambia todo," es el título del nuevo informe de Maria Shriver y el Center for American Progress. Lo cambia - y no lo cambia. "La batalla de los sexos terminó. Fue un empate", escribe Shriver. "Ahora estamos inmersos en la Negociación entre sexos".

Es cierto, pero partiendo de un comienzo desigual, y con un reconocimiento desigual de esa disparidad. "Ambos sexos coinciden en que las mujeres siguen soportando una carga desproporcionada en el cuidado de los niños y los parientes ancianos, aun cuando ambas partes de una relación tienen empleo," escriben John Halpin y Ruy Teixeira en un capítulo del informe.

He aquí un trasfondo interesante, no obstante: El 55 por ciento de las mujeres estaba muy de acuerdo (y el 85 por ciento en total acuerdo) con la afirmación de que "en hogares donde ambos cónyuges tienen empleo, las mujeres asumen más responsabilidades en el hogar y la familia que sus compañeros". Sólo el 28 por ciento de los hombres estaba muy de acuerdo, y el 67 por ciento estuvo de acuerdo. Es una brecha de percepción bastante grande.

Ya puede animar al Presidente Obama a ser el gran negociador. "La familia Obama es hoy, evidentemente, nada típica", decía a Savannah Guthrie en la NBC. "Hace cinco años, hace seis años, sin embargo, teníamos un montón de negociaciones, porque, sabe, Michelle estaba tratando de averiguar, bueno, si las niñas enferman, ¿por qué es ella la que tiene que restar tiempo a su trabajo para ir recogerlas de la escuela, en lugar de hacerlo yo? Si, ya sabe, las niñas necesitan ropa, ¿por qué es su tarea y no la mía?"

El presidente dijo que había tratado de "aprender a ser lo suficientemente reflexivo e introspectivo como para no tener que escuchar siempre que es injusto. ... Pero, sabe, no hay duda de que... los hombres son todavía un poco obtusos en esta materia y la necesidad de ser golpeados en la cabeza de vez en cuando."

Yo no soy contraria a algún porrazo estratégico. Pero creo que hay otra dinámica más sutil en juego, una que puede ser sugerida en el ejemplo de la colada de Greider. Queremos que nuestros maridos se suban las mangas - sin que se les pida. Al mismo tiempo, se resisten a ceder el control en el frente interno. ¿De verdad quiere Michelle que Barack recoja la ropa de su hija? Nos aferramos a nuestras múltiples tareas tanto como nos quejamos de ellas.

Greider, sospecho, podría contratar a alguien fácilmente para hacer la colada. Sin embargo, hay algo reconfortante en el mantenimiento de una conexión con las tareas del hogar mundano incluso cuando se está encabezando la liga de los laboratorios de investigación. Tal vez las mujeres más jóvenes no se sientan así de ligadas a las labores domésticas. Pero para las mujeres de mi generación sigue existiendo el impulso de estar a la altura de las normas de nuestras madres caseras incluso al coger la puerta cada mañana.

Personalmente, lavar la ropa no me llena esa necesidad - aunque en las ocasiones en que no hay ayuda disponible y mi marido ha puesto una lavadora, me he visto incapaz de abstenerme de, digamos, doblar creativamente sus camisas.

Para mí, la conexión está en la cocina: Me siento mejor con una bandeja de carne en el congelador. A más loco mi horario, más probable es que acabe despierta a horas intempestivas cocinando a primera hora del Greider Standard Time la cena a la que no voy a poder sentarme. Yo podría delegar más en mi marido, pero entonces yo también tendría que aceptar que pasta con pesto de bolsa igual a cena. Si quiere que alguien más arrime el hombro, hay que hacerse a la idea de que será una carga.

Mis hijas, espero, estarán más familiarizadas con las negociaciones con sus maridos, menos marcadas por el simbolismo feminista. Por otro lado, nunca está de más saber cómo preparar una bandeja - o doblar una camisa con refinamiento de Nobel.

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