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La tribu

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 28 de octubre de 2009, 01:09 h (CET)
Con la excepción de los responsables de todas las administraciones que padecemos, que creen que lo están haciendo estupendamente, la mayor parte de los ciudadanos estamos convencidos de que la educación en España deja mucho que desear. El fracaso escolar no puede ocultarse, en la evaluación de nuestros centros no abunda la excelencia, cada vez ocupamos puestos más bajos en el ámbito europeo.

No parece que estén dando resultado medidas tan progresistas como bajar el listón de exigencias, pasar de curso sin aprobar todas las asignaturas, ofrecer compensaciones económicas a quienes agotan el tiempo de educación obligatoria sin aprovechamiento o querer reducir el número de suspensos con incrementos salariales a los profesores, no por enseñar más, sino por suspender menos.

Los profesores han sido despojados de su autoridad, pasan la mayor parte de su tiempo en las aulas tratando de imponer al menos silencio, temen a los padres de los alumnos a los que hay que castigar, porque en lugar de colaborar para su corrección lo que hacen es amenazarles e incluso agredirles. No es extraño que muchos suspiren por jubilarse, hartos de aguantar a los niños y a sus padres.

Dice José Antonio Marina que para educar a un niño se necesita toda la tribu. De acuerdo, pero pienso que la tribu en la que cada cual tenía asignado un papel, que todos reconocían, en la que todos transmitían a los que iban naciendo el rico caudal acumulado de experiencias, saberes, habilidades y valores, ya no existe. Ahora lo que hay una masa amorfa de individuos cuyo papel más definido es el de consumidores de todo lo que le ofrece la publicidad. El trabajo, para la mayoría, no es sino el medio para poder consumir, no un medio la realización personal, sino de rendimiento económico, a lo que se dedican todas las energías. No hay historia, ni saberes, ni valores por los que luchar ni transmitir.

Todos nos sentimos con muchos derechos y pocas obligaciones. Convencidos de que el llamado estado del bienestar tiene que resolver todos nuestros problemas, esperamos que garantice nuestro puesto de trabajo, nuestro salario, la educación de nuestros hijos, la asistencia sanitaria, la pensión de jubilación o el cuidado de nuestros mayores y nuestros enfermos.

Como esperamos tanto del Estado, hemos ido dejando en manos de nuestros políticos nuestras propias vidas. Pero a ellos lo que más les interesa es disfrutar del poder y sus privilegios y se han aplicado con entusiasmo a irnos sometiendo a través de una táctica indolora. Nos han convencido de que somos libres para disfrutar sin límite ni responsabilidad. Nos aseguran que ellos se ocupan de todo, de que no es necesario pensar por nuestra cuenta, sólo adherirnos a las ideas que nos imponen con el pomposo nombre de Educación para la ciudadanía o a las que ofrecen cada día, desde todos los medios de comunicación, los forjadores de opinión.

¿Dónde está la tribu en la que los padres ejerzan de padres? ¿Dónde está la tribu en la que los maestros sean respetados? ¿Dónde esta la tribu en la que cada uno se sienta reconocido en su propio papel? ¿Dónde están los jóvenes deseosos de aprender a ser personas? ¿Cuándo los jóvenes llegan a adultos y se integran en la tribu?

He leído en algún lado: “piensa, es gratis”. Efectivamente, la mejor de nuestras facultades es la de utilizar nuestra cabeza para pensar, para razonar, para interrogarnos sobre nosotros mismos, para aprender de la sabiduría acumulada a lo largo de, al menos, veinticinco siglos de pensamiento. Aprender a pensar es aprender a ser. Esto es lo que tendría que impulsar la educación pero que, a mi parecer, no se hace, no se quiere hacer. La gente que piensa siempre es peligrosa para los que mandan, pues pueden empezar por cuestionar el fundamento mismo de su autoridad. Por eso ellos prefieren que los jóvenes beban, se diviertan, gocen del sexo irresponsable y ¡claro! los voten agradecidos por tantos “beneficios”.

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