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El Aleph

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 27 de octubre de 2009, 01:30 h (CET)
Que la Historia es cíclica ya quedó sobradamente demostrado, y lo está, también, que su ritmo se acelera a marchas forzadas, sucediéndose los fenómenos a una velocidad que crece exponencialmente gracias al acotamiento de las distancias por virtud de las mejoras continuas en las comunicaciones. Desde que el primer bruto descubrió el fuego o mejoró la técnica de trabajo del sílex hasta que otro bruto de otro clan lo imitó, pasaban decenios, siglos e incluso es posible que algún que otro milenio. Hoy, lo que sucede en las antípodas por la mañana nos lo almorzamos en Occidente a mediodía como si tal cosa, verificándose que cualquier suceso acaece ahí al lado, aquí mismo y ahora. El es Aleph del que nos hablaba Borges: vivir en una espacio tal en el que todo está a la vez, sin sucederse ni superponerse, al mismo tiempo y visto desde todos los ángulos posibles. Así, sin temor a error, podríamos considerar que somos vecinos del ayatolá de turno y de la matanza de turno del colegio tal norteamericano, que la guerra colonial se lleva a cabo dos pueblos más allá o el genocidio de África en la esquina, y que nuestro horizonte está conformado por el K4 y el río Paraguay, la Amazonía y los aullanes, el Kalahari y New York, y todo cuanto demás hay.

El tiempo no es sino un flujo de información, y aquí la tenemos toda, traída bien fresquita en resmas ciclópeas por las agencias de noticias. Todo sucede al mismo tiempo, y no ha concluido un suceso, cuando ya nos sobrecoge su posible desenlace. Demasiada información para cualquier ser vivo que nos está produciendo un empacho de realidad tal que a todos es posible que nos vuelvan locos. No es nada fácil centrarse en los excesos que está perpetrando Occidente en Afganistán mientras uno espera en la fila del desempleo, o considerar el alcance del desquicio del acelerador de hadrones de Suiza cuando uno se las ve y se las desea para que no le corten el teléfono, o aun qué demonches pensará quien dilapida fortunas en los asuntos más absurdos cuando uno está rodeado de un millón de familias en pleno que no tienen qué poner en sus platos, cómo solucionarán las vestimentas de los niños para los helores por venir o de qué forma se las ingeniarán este invierno en casa para no perecer de frío.

La Historia ha pisado el acelerador de la información, y los conflictos nos rodean al mismo tiempo que nos cercan los excesos y las carencias de cuantos semejantes hay en este planeta de locos, manicomio redondo que Dios inventó para que nosotros lo orates, por más que corramos, no podamos escapar de nuestro reclusorio. Es excesivo el amor preciso para consolar tanto dolor como nos anega, como es excesivo el resentimiento a que nos empujan tantas barbaries como acaecen. El hombre nació como una criatura más doméstica, más de andar por casa, que como juez de cuanto se verifica en las cuatro imposibles esquinas de este planeta perdido en la soledad inconsolable del universo. Ya no se trata de saber las cuatro reglas para sobrevivir, ni siquiera de terminar una carrera universitaria y sellarla con cuatro cinco másteres, porque incluso lo que se contempla en los dictados académicos debemos manejarlo: emociones, misterios de la vida, sucesos que nos empujan al materialismo o a la fe más recalcitrante. Sería necesario un freno, pero el caballo de la Historia no tiene más bridas que la hecatombe, y éstas son bastante más potentes que un ABS: suelen consistir en chocar contra el propio muro del futuro que los hombres han edificado.

Nos asaltan ojos carneriles desprovistos de esperanza desde las vallas publicitarias, pidiéndonos con su silencio estigmatizado de dolor un imposible auxilio, y lo hace también el golfo político de turno con sus vanas promesas del establecimiento del Paraíso en nuestra patria, y nos asaltan desde la televisión con amores y catástrofes, y desde la radio con armonías y mensajes trucados… Más alto, más lejos, más fuerte…, el Aleph está aquí, se ha quedado entre nosotros.

Y de todo, hay de algo de lo que nos estamos olvidando: de nosotros mismos, de los nuestros. Hemos llegado lejos, muy lejos, pero no sabemos para qué ni por qué. Un día, quizás, seamos consciente de esto, y ese día apaguemos el televisor, la radio, saldremos a la calle, pasaremos de largo del quiosco de periódicos y nos reuniremos con nuestros amigos en el parque para tomar una cerveza, para echar un párrafo, para abrazarnos con nuestra novia y susurrarnos mil memas incomposturas, o nada más para contemplar cómo juegan nuestros hijos con otros hijos de mil razas y procedencias. Ese día, tal vez, comenzaremos a entender el misterio de la vida, la cual debería desarrollarse a paso de hombre, permitiéndonos el recreo de gozar con la amistad, con una puesta de sol o nada más que descubriendo que bajo la piel de ese prójimo hay un hombre o unamujer con una hermosa historia, así con hache minúscula, pero, por ello mismo, tal vez la más grande del mundo. No remederiaríamos los problemas del planeta, pero sí los de nuestro vecni y, acaso, eso fuera suficiente. Quien salva a un hombre, salva el mundo. La fórmula uno, después de todo, sólo es cosa de los dioses.

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