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El pacificador
Daniel Sanabria
Si existiera un detector de pensamientos y lo hubieran utilizado con Quique Sánchez Flores el pasado sábado en el Calderón, hubiera pasado alguna de estas dos cosas: el detector, tras rebasar el límite de kilowatios permitidos, habría saltado por los aires en una fuerte explosión, o bien habría registrado un tardío arrepentimiento del técnico madrileño por estampar su firma sobre el contrato que le ligará al Atlético de Madrid hasta final de temporada.
Y es que justo cuando parece que el Atleti ha tocado fondo y sólo puede volar hacia arriba, se supera a sí mismo y echa un órdago a grandes con cuatro pitos en la mano: el número final. En casa, ante un rival inferior, con dos penaltis a favor, dos jugadores más y un gol de diferencia en el marcador, encaja un gol en el último minuto con De Gea, teórico portero suplente, como cooperador necesario. El listón está tan alto que ni siquiera Isinbayeva podría saltarlo con su pértiga.
Pero como el Atleti es el único equipo del mundo con una caja de pandora de sorpresas infinitas, en Marbella, tierra de nefastos recuerdos para el club rojiblanco, cuenta con el escenario ideal para superar el desastre de Mallorca: la tierra donde fue alcalde un ex presidente que llevó al club a una intervención judicial y ante un rival que apunta a la tercera división. Aunque parezca imposible, el Atleti aún puede superar el número del pasado sábado. Esta noche tiene una oportunidad única.
Sólo hay una persona sobre la faz de la tierra que puede impedir semejante descalabro: Quique Sánchez Flores, que aunque haya firmado como entrenador, el pluriempleo que le va a perseguir dentro del Atleti debería estar penado por hacienda: técnico, psicólogo, orador, mediador y pacificador. Cinco personas en una para lograr revertir una situación que cada vez es más difícil definir en palabras. Ni crisis, ni recesiones. Lo del club del Manzanares es un Atleticidio en toda regla.
No lleva ni cuatro días como técnico rojiblanco y Quique ya ha tenido que lidiar con los caprichos del grupo ultra del Atlético de Madrid. Después de eso, sólo le falta pacificar la guerra permanente entre Enrique Cerezo y Gil Marín, el desconsuelo general que reina en el vestuario y, sobre todo, a una afición que ya acude al Calderón con tantos deseos de silbar a la directiva como de animar a su equipo. Suerte, Quique.
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